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DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LOS NUEVOS OBISPOS NOMBRADOS DURANTE EL AÑO

Sala Clementina
Jueves 10 de septiembre de 2015

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Queridos hermanos en el episcopado: La paz esté con vosotros.

En el contexto de estas jornadas para profundizar y compartir promovidas por la Congregación para los Obispos y la Congregación para las Iglesias Orientales, me es grato saludaros con las mismas palabras con las que Cristo Resucitado se dirigió a sus discípulos, reunidos en el Cenáculo al anochecer de «aquel día, el primero de la semana» (cf. Jn 20,19-23).

Pasada finalmente la noche de la cruz, y también el tiempo del silencio de Dios, viene el Resucitado atravesando las puertas del miedo de los discípulos, poniéndose en medio de ellos, mostrando los signos de su sacrificio de amor, confiándoles la misión que había recibido del Padre, soplando sobre ellos el Espíritu Santo para que llevaran al mundo el perdón y la misericordia del Padre, fruto primigenio de su pasión. Los discípulos se reencontraron entonces consigo mismos. Durante un breve pero oscuro intervalo, se habían disgregado por el escándalo de la cruz: aturdidos, avergonzados por su propia debilidad, habiendo olvidado su identidad de seguidores del Señor. Ahora, el ver el rostro del Resucitado recompone los fragmentos de sus vidas. Reconocer su voz les hace encontrar la paz que faltaba en sus corazones desde que lo habían abandonado. Animados por el soplo de sus labios, comprenden ahora que la misión que reciben no los podrá abatir.

Vosotros sois obispos de la Iglesia, llamados y consagrados recientemente. Acabáis de vivir un encuentro irrepetible con el Resucitado. Él, atravesando los muros de vuestra impotencia, os ha alcanzado con su presencia. Conocía vuestras negaciones y abandonos, las huidas y traiciones. No obstante, él ha llegado en el sacramento de la Iglesia y ha soplado sobre vosotros. Es un aliento que se ha de custodiar, un soplo que altera la vida —que nunca volverá a ser como antes—, aunque también tranquiliza y consuela como brisa ligera de la que nadie se puede adueñar. Os pido que no domestiquéis esa fuerza, sino que la dejéis trastornar constantemente vuestra vida.

Obispos testigos del Resucitado

Sois testigos del Resucitado. Este es vuestro primer e insustituible cometido. No es el discurso empalagoso de los débiles y perdedores, sino la única riqueza que la Iglesia transmite, aunque sea a través de manos frágiles. A vosotros se os ha confiado la predicación de la realidad que sostiene todo el edificio de la Iglesia: Jesús ha Resucitado. El que ha subordinado la propia vida al amor no podía permanecer en la muerte. Dios Padre ha resucitado a Jesús. También nosotros resucitaremos con Cristo.

No se trata de una proclamación obvia ni fácil. El mundo, al menos en apariencia, está tan contento con su presente, con lo que es capaz de asegurar todo lo que parece útil para sofocar la pregunta sobre lo definitivo. De este modo, los hombres han olvidado la eternidad, mientras administran, distraídos y absortos, lo que existe, dejando para más adelante lo que está por venir. Muchos se han resignado tácitamente al hábito de navegar a ojo, hasta el punto de descartar la realidad misma del puerto que les espera. Muchos han sido cautivados de tal manera por el cínico cálculo de la propia supervivencia, que se han hecho indiferentes y, en tantas ocasiones, impermeables incluso a la posibilidad de la vida que no muere.

Sin embargo, estamos llenos de preguntas cuyas respuestas no pueden venir sino del futuro definitivo. En efecto, son tan difíciles que no sabríamos cómo responder a ellas si excluimos «aquel día, el primero de la semana», si prescindimos del horizonte de eternidad que este nos abre, y si nos limitamos a la lógica mutilada del presente cerrado, en el que permanecemos prisioneros sin la luz de este día. ¿Cómo podríamos afrontar el engorroso presente si se desvanece en nosotros el sentido de pertenencia a la comunidad del Resucitado? ¿Cómo podríamos dar al mundo lo más valioso que tenemos? ¿Seríamos capaces de recordar la grandeza del destino humano si se debilitase en nosotros la valentía de subordinar nuestra vida al amor que no muere?

Pienso en retos dramáticos como la globalización, que acerca lo que está lejos y, por otra parte, separa lo que está cerca; pienso en el fenómeno de las migraciones, que hace época y trastorna nuestros días; pienso en el ambiente natural, jardín que Dios dio como hogar para el ser humano y de otras criaturas, y que está amenazado por la miope y a menudo depredadora explotación; pienso en la dignidad y el futuro del trabajo humano, del cual están privadas generaciones enteras, reducidas a estadísticas; pienso en la desertificación de las relaciones, en la difundida falta de responsabilidad, en el desinterés por el mañana, en la creciente y terrible cerrazón; pienso en la desorientación de tantos jóvenes y en la soledad de muchos ancianos. Estoy seguro de que cada uno de vosotros podría completar este catálogo de problemáticas.

No quisiera concentrarme en una agenda de tareas como estas, porque no quisiera asustaros ni asustarme. Estáis todavía de luna de miel. Como Obispo de Roma que, después de un laborioso discernimiento, ha prestado su débil voz para que el Resucitado os agregase al colegio episcopal, me apremia solamente entregaros, una vez más, la alegría de Evangelio.

Se alegraron los discípulos al encontrar resucitado al «Pastor que aceptó morir por su rebaño». Alegraos también vosotros mientras os desvivís por vuestras Iglesias particulares. No os dejéis robar un tesoro como este. Recordad que el Evangelio siempre os protege y. por lo tanto, no temáis ir por todas partes y de dedicar tiempo a los que el Señor os ha confiado.

Como he tenido ocasión de profundizar en la Evangelii gaudium, ningún ámbito de la vida de los hombres se ha de excluir del interés del corazón del Pastor (cf. nn. 14-15; Redemptoris missio, 33). Estad atentos al peligro de descuidar las múltiples y concretas situaciones de vuestra grey; no renunciéis a los encuentros; no escatiméis la predicación de la Palabra viva del Señor; invitad a todos a la misión.

Obispos pedagogos, guías espirituales y catequistas

Para aquellos que son de casa, que frecuentan sus comunidades y se acercan a la Eucaristía, os invito a ser obispos pedagogos, guías espirituales y catequistas, capaces de tomarlos de la mano y hacerles subir al Tabor (cf. Lc 9,28-36); a guiarlos al conocimiento del misterio que profesan, al esplendor del rostro divino escondido en la Palabra, que han estado acostumbrados a escuchar tal vez perezosamente, sin advertir su poder. A los que ya caminan con vosotros, ofrecedles espacios y montad tiendas en las que el Resucitado revele su propio esplendor. No ahorréis energías para acompañarlos en la subida. No permitáis que se resignen a quedarse en el llano. Limpiad con delicadeza y cuidado la cera que lentamente se deposita en sus oídos, impidiendo que escuchen a Dios que dice: «Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto» (Mt 17,5).

Es la alegría la que arrastra, que encanta, que cautiva. Sin la alegría, el cristianismo degenera en fatiga, en pura fatiga. Cuidad a vuestros sacerdotes para que despierten este encanto de Dios en la gente, de modo que sientan siempre el deseo de estar con él, tengan nostalgia de su compañía y no anhelen otra cosa que regresar a su presencia.

Hay demasiadas palabras vacías que llevan a los hombres lejos de sí mismos, relegados a lo efímero y limitados a lo provisorio. Aseguraos de que Jesús, el amado de Dios, sea el alimento sólido que se come y asimila continuamente.

Obispos mistagogos

En segundo lugar, quiero recordar a «las personas bautizadas que no viven las exigencias del Bautismo». Tal vez se ha dado por supuesto durante mucho tiempo que la tierra donde ha caído la semilla del Evangelio no necesita cuidados. Algunos se han alejado porque se han decepcionado de las promesas de la fe o porque les ha parecido muy exigente el camino para alcanzarlas. Muchos han salido dando un portazo, echándonos en cara nuestras debilidades y buscando convencerse, sin haberlo logrado del todo, de que se habían dejado engañar por esperanzas que al final han sido desmentidas.

Sed obispos capaces de cruzarse en su camino, haceos también vosotros caminantes aparentemente extraviados (cf. Lc 24,13–35), preguntando qué es lo que ha sucedido en la Jerusalén de sus vidas y dejando discretamente que desahoguen su corazón enfriado. No os escandalicéis de sus dolores o desilusiones. Iluminadlos con la llama humilde, custodiada con temblor, pero siempre capaz de alumbrar con su claridad a todos los que se le acercan, pero que nunca deslumbra.

Dedicad tiempo para encontrarlos en el camino de su Emaús. Ofrecedles palabras que les revelen lo que todavía no son capaces de ver: las potencialidades escondidas en sus propias desilusiones. Guiadlos en el misterio que llevan en los labios sin reconocer ya su fuerza. Alienten su corazón, más que con palabras, con la escucha humilde y orientada a su verdadero bien, hasta que abran sus ojos e inviertan la ruta y regresen a Aquel del que se habían alejado.

Os ruego que recordéis que ya conocían al Señor. Pero que, en todo caso, deben redescubrirlo, porque entre tanto sus ojos se han oscurecido. Ayudadlos a reconocer a su Señor para que tengan la fuerza de regresar a Jerusalén. La fe de la comunidad se enriquecerá y confirmará con el testimonio de su retorno. Velad para que no se filtre peligrosamente en vuestras comunidades la soberbia de los «hijos mayores», que incapacita para alegrarse con aquel que «estaba perdido, y lo hemos encontrado» (Lc 15,24).

Obispos misioneros

Como Pastores misioneros de la salvación gratuita de Dios, id en busca también de quienes no conocen a Jesucristo o siempre lo han rechazado. Tomad su mismo camino, deteneos con ellos y mirad, sin miedo o sumisión, a qué árbol se han subido (cf. Lc 19,1-10). No hay que tener miedo de invitarles a bajar enseguida, porque el Señor quiere entrar hoy mismo en su casa. Hacedles entender que la salvación pasa todavía bajo el árbol de sus vidas, y apresuraros a encaminaros hacia su hogar, a veces lleno de cosas ya vacías de sentido.

No es cierto que podemos prescindir de estos hermanos alejados. No nos está permitido quitarnos la preocupación por su suerte. Además, ocuparnos de su auténtico y definitivo bien podría abrir una brecha en el muro perimetral con el que tutelan celosamente su propia autarquía. Al ver en nosotros al Señor que los interpela, tal vez tendrán la valentía de responder a la invitación divina. Si eso ocurriera, nuestras comunidades se enriquecerían con todo lo que ellos tienen para compartir, y nuestro corazón de pastores se alegrará de poder decir una vez más «hoy ha llegado la salvación a esta casa». Que ese horizonte prevalezca en vuestras miradas de pastores en el inminente Año Jubilar de la Misericordia que nos preparamos a celebrar.

Imparto sobre vosotros y vuestras Iglesias la Bendición Apostólica con gran afecto y gratitud, y bendigo también a los Señores Cardenales Marc Ouellet y Leonardo Sandri, a las Congregaciones que presiden y a todo el equipo de sus colaboradores.

 



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