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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LAS HIJAS DE LA CARIDAD DE SAN VICENTE DE PAÚL
AL INICIO DE SU ASAMBLEA GENERAL

 

A la madre
JUANA ELIZONDO
superiora general de la Compañía de las Hijas de la Caridad
de San Vicente de Paúl

1. En el momento en que comienzan los trabajos de la asamblea general de la Compañía de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, me complace expresar a las participantes mis mejores deseos y asegurarles mi oración ferviente.

En este año en que se celebra el 50 aniversario de la canonización de Catalina Labouré, realizada por el Papa Pío XII el 27 de julio de 1947, invito a cada una de las Hijas de la Caridad a tomar a su santa hermana como modelo de caridad, humildad y sencillez, las tres virtudes evangélicas que caracterizan fundamentalmente el espíritu de la Compañía. Favorecida por una manifestación de la Virgen Inmaculada, en la capilla de la calle Bac, en París, en la que se reúne vuestra asamblea, Catalina transmitió al mundo un mensaje de amor y confianza de la Madre de Cristo, que ha beneficiado a numerosos pobres de corazón y que vosotras contribuís a difundir ampliamente. Que santa Catalina Labouré, a través de su existencia modesta y silenciosa al servicio de los más necesitados, siga siendo también hoy una guía fraterna para cada una de vosotras en su vocación y en su compromiso de seguir a Cristo, evangelizador de los pobres.

2. Para valorar y promover la vitalidad apostólica de la Compañía, en la fidelidad a sus fundadores, habéis elegido como tema la inculturación del carisma en un mundo en transformación. Las Hijas de la Caridad, presentes en 86 países, trabajan en medio de la diversidad de las sociedades del mundo y, a través de su servicio a los más necesitados, están comprometidas en el proceso de inculturación del mensaje evangélico.

En efecto, el amor a los pobres exige el respeto a sus culturas, que manifiestan el alma de sus comunidades humanas, así como el reconocimiento y la acogida de los valores que constituyen su riqueza. De esta actitud brotará una relación fraterna con todos. San Vicente de Paúl dio ejemplo de esto cuando envió a sus misioneros a anunciar el Evangelio cruzando los mares. Así, podrá llevarse a los pueblos, según las situaciones, el conocimiento del misterio divino y del mensaje evangélico, cuyas semillas están llamadas a desarrollarse en sus propias sociedades. Se trata de un desafío considerable para la nueva evangelización, que exige de las personas consagradas «plena conciencia del sentido teológico de los retos de nuestro tiempo. Estos retos han de ser examinados con cuidadoso y común discernimiento, para lograr una renovación de la misión» (Vita consecrata, 81).

3. Exhorto vivamente a las participantes en la Asamblea general a considerar y analizar con lucidez las transformaciones del mundo donde la Compañía está llamada a trabajar, así como las nuevas formas de pobreza que originan. Así, el instituto responderá cada vez mejor, con disponibilidad e inventiva, a los llamamientos urgentes de los pobres y de la Iglesia. Las hermanas deben estar atentas de modo particular a las personas que se encuentran en situaciones de mayor pobreza, a los hombres y mujeres heridos en su cuerpo o en su espíritu, y cuya dignidad se desprecia. En medio de quienes son considerados y tratados como los últimos de la sociedad, tienen como vocación ser el rostro de amor y de misericordia de Cristo y de su Iglesia, por su servicio corporal y espiritual (cf. ib., 82).

Conozco y aprecio la valentía apostólica y la perseverancia de numerosas hermanas en los países que hoy se hallan afectados por la violencia y hundidos en la miseria, o también en medio de todos los olvidados de las sociedades más desarrolladas. A pesar de las dificultades, avanzad con seguridad por los caminos de los pobres. El Señor os precede y os espera.

4. El carisma de san Vicente es de gran actualidad, y, juntamente con los demás miembros de su familia espiritual, os corresponde vivirlo en el lugar a donde os envíen. Hijas de la Caridad, tened la audacia de vuestros fundadores, para que la Iglesia esté cada vez más presente en el mundo de los pobres y los pobres estén verdaderamente en la Iglesia. En vuestras provincias y en vuestras casas acoged la riqueza de los pueblos a los que servís, para descubrir en ellos los dones de Dios. Así, con la gracia del Señor, podréis llegar a ser signos sensibles del amor de Dios a los pobres y suscitaréis comunidades adecuadas a las realidades locales, para la realización de la misión de la Iglesia. Como afirmaba san Vicente de Paúl, «los medios que os ayudarán a realizar bien esta obra son la renuncia a todo (...) y el abandono, para que seáis completamente de nuestro Señor» (A las religiosas enviadas a Cahors, 4 de noviembre de 1658).

5. Animo, por tanto, a las Hijas de la Caridad a profundizar las exigencias de su adhesión a lo que es el núcleo de su vocación apostólica en la Iglesia, tal como las enunciaba san Vicente de Paúl: «La finalidad principal de las Hijas de la Caridad es imitar la vida de Jesucristo en la tierra, servir a los pobres corporal y espiritualmente, es decir, ayudarles a conocer a Dios y a emplear los medios para salvarse» (Conferencia, 16 de marzo de 1642). A ejemplo de san Vicente, que quería llevar la buena nueva de Cristo hasta los confines de la tierra, es preciso que tengan como horizonte de su compromiso las amplias perspectivas de la misión universal de la Iglesia. Entregándose totalmente a Dios en comunidad, para el servicio a los pobres, descubrirán la verdadera fecundidad de su vocación, independientemente de la ineficacia aparente de sus obras.

6. Hijas de la Caridad, que vuestro estilo de vida sencillo y fraterno, así como vuestro compromiso misionero entre los pobres, sean una fuente de inspiración para las jóvenes a través de una proyección personal y comunitaria, que permita reflejarse en vosotros a Aquel que constituye el fundamento de vuestra vida. Esto requiere a veces grandes renuncias y una profunda conversión del corazón. También hoy el celo evangélico que animó a san Vicente sigue siendo una llamada atrayente para las jóvenes que quieran trabajar generosamente al servicio de sus hermanos más necesitados. La fidelidad innovadora y decidida a las intuiciones de vuestros fundadores, así como la confianza inquebrantable en la Providencia, constituirán para vosotras y para quienes os rodean un fuerte llamamiento a la misión y una bendición para el futuro. ¡No tengáis miedo de invitar a seguir a Cristo por el camino de los pobres!

7. Ahora que hemos entrado en el tiempo de la preparación inmediata para el gran jubileo del año 2000, como prenda de estímulo para los trabajos de vuestra asamblea y para la vida apostólica del instituto, encomiendo a todas las Hijas de la Caridad a la protección materna de la Virgen Inmaculada, Madre de la Iglesia y Madre de la Pequeña Compañía, así como a la intercesión de san Vicente de Paúl, santa Luisa de Marillac y santa Catalina Labouré, y de todo corazón les envío la bendición apostólica.

Vaticano, 2 de mayo de 1997

JOANNES PAULUS PP. II



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