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FUNERAL DEL CARDENAL ANTONIO INNOCENTI

HOMILÍA DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI

Basílica de San Pedro
Miércoles 10 de septiembre de 2008

 

Señores cardenales;
venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio;
queridos hermanos y hermanas: 

Os habéis reunido en torno al altar del Señor para acompañar con la celebración del sacrificio eucarístico, en el que se revive el misterio pascual, al querido cardenal Antonio Innocenti en su último viaje. Al dirigiros a cada uno mi cordial saludo, expreso mi agradecimiento en particular al cardenal Sodano que, como decano del Colegio cardenalicio, ha presidido la santa misa de exequias. Todos recordamos con afecto a nuestro querido hermano y esto hace que nuestra oración sea aún más ferviente y sentida. Sobre todo nos anima la fe en el Señor resucitado, que es fuente de vida eterna para todos los que creen en él y lo siguen con amor.

El cardenal Innocenti tuvo una larga vida, consagrada al servicio del Señor:  ya en los primeros años de su adolescencia comenzó su seguimiento de Jesús, entrando en el seminario episcopal de Fiésole. Nos complace pensarlo a la luz de la hermosa frase del Sirácida, contenida en el inicio de la primera lectura:  "Hijo, si te llegas a servir al Señor, prepara tu alma para la prueba. Endereza tu corazón, manténte firme, y no te aceleres en la hora de la adversidad" (Si 2, 1-2).

Como le sucedió a Jesús, toda la vida de los que están llamados a seguirlo más de cerca es un combate espiritual, que se libra y se vence correspondiendo generosa y alegremente a la gracia de Dios y a su inquebrantable fidelidad. "Confíate a él, y él, a su vez, te cuidará" (Si 2, 6), exhorta el Sirácida. Y prosigue:  "Los que teméis al Señor, confiaos a él" (Si 2, 8). Pero, al mismo tiempo, sugiere actitudes de sabiduría:  "Todo lo que te sobrevenga, acéptalo, y en los reveses de tu humillación sé paciente, porque en el fuego se purifica el oro; y los aceptos a Dios, en el honor de la humillación" (Si 2, 4-5).

Fe y sabiduría de vida, íntimamente unidas, caracterizan el estilo del discípulo del Señor y, de modo particular, de su ministro ordenado, hasta llegar a la conformación plena, que el apóstol san Pablo confesaba de sí mismo:  "Mihi vivere Christus est" (Flp 1, 21). Con la extraordinaria concisión que le inspiraba el Espíritu Santo, san Pablo resume en estas palabras la forma perfecta  de la existencia cristiana:  consiste en  estar  con  Jesús, estar en él hasta el punto de que esta comunión rebasa el umbral de la separación entre la vida terrena y el más allá, de forma que la muerte misma del cuerpo ya no es una pérdida, sino "una ganancia" (Flp 1, 21).

Naturalmente, se trata de una meta que de algún modo tenemos siempre por delante, pero que, sin embargo, ya podemos anticipar, como el Apóstol, en esta vida, especialmente gracias al sacramento de la Eucaristía, vínculo real de comunión con Cristo muerto y resucitado. Si la Eucaristía llega a ser la forma de nuestra existencia, entonces para nosotros verdaderamente vivir es Cristo y morir equivale a pasar plenamente a él y a la vida trinitaria de Dios, donde también será plena la comunión con nuestros hermanos.

"El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él. (...) El que come este pan vivirá para siempre" (Jn 6, 56.58). Estas palabras del Señor, que han resonado en esta liturgia, son luz de fe y de esperanza, y confieren a nuestra oración de sufragio un fundamento sólido y seguro, el fundamento sobre el que el cardenal Innocenti construyó su vida.

Originario de Poppi, en la diócesis de Fiésole, provincia de Arezzo, recibió la ordenación sacerdotal en 1938 y, después de una significativa experiencia pastoral en el mundo del trabajo, fue enviado a Roma para especializarse en teología y derecho. Al volver a su diócesis, enseñó en el seminario y acompañó al obispo en las visitas pastorales durante la segunda guerra mundial. En ese dramático período se distinguió por su abnegación y su generosidad en ayudar a la gente y salvar a los que estaban destinados a la deportación. Por eso también él fue arrestado y condenado al fusilamiento; sin embargo, cuando ya se encontraba delante del pelotón de ejecución, fue revocada la orden.

Después de la guerra completó sus estudios teológicos en Roma. El sustituto de la Secretaría de Estado, mons. Giovanni Battista Montini, lo invitó a frecuentar la Academia eclesiástica pontificia. Así entró en el servicio diplomático de la Santa Sede. Prestó su servicio en varios países de África, de Europa y del Oriente próximo, sin olvidar nunca su profunda y genuina inspiración sacerdotal, prodigándose en favor de los hermanos, infundiendo valor y alimentando en todos la fe y la esperanza cristiana.

Nombrado representante pontificio en Paraguay, recibió la ordenación episcopal en 1968. A continuación fue llamado nuevamente a Roma para asumir el cargo de secretario de la Congregación para los sacramentos y el culto divino. Sucesivamente, en 1980, fue  enviado como nuncio apostólico a España, donde acogió dos veces a mi venerado predecesor Juan Pablo II en visita pastoral. Este mismo Papa, en mayo de 1985, lo creó cardenal y desde ese momento nuestro querido hermano se insertó aún más profundamente en la vida de la Iglesia de Roma. Con un título nuevo y más elevado, siguió prestando su apreciada colaboración al Sumo Pontífice como prefecto de la Congregación para el clero, presidente de la Comisión pontificia para la conservación del patrimonio artístico e histórico de la Iglesia, y de la Comisión pontificia "Ecclesia Dei".

Me complace concluir esta breve reflexión refiriéndome al lema episcopal del cardenal Antonio Innocenti:  "Lucem spero fide". Palabras muy apropiadas en este momento; palabras que, como explicaba a las personas cercanas a él, siempre llevó en su corazón desde que, siendo adolescente, recibió el don de la vocación sacerdotal. Ahora que ha cruzado ya el último umbral, pidamos para que la fe y la esperanza dejen espacio a la realidad "mayor de todas", la caridad, "que no acaba nunca" (1 Co 13, 8.13).

Demos gracias por el don de haberlo conocido y por todos los beneficios que, en él y mediante él, ha concedido el Señor a la santa Iglesia. A la vez que invocamos por este hermano nuestro la intercesión materna de la santísima Virgen María, encomendemos su alma elegida al Padre de la vida, para que la acoja en su reino de luz y de paz.

 

© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana

 

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