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MENSAJE DEL PAPA BENEDICTO XVI
CON OCASIÓN DE LA XX EDICIÓN
DE LOS JUEGOS OLÍMPICOS INVERNALES

 

Al venerado hermano
Cardenal SEVERINO POLETTO
Arzobispo de Turín (Italia)

Con gran solicitud pastoral usted ha pedido a algunos presbíteros que pongan en marcha iniciativas espirituales apropiadas con ocasión de la XX edición de los Juegos olímpicos invernales, que tendrán lugar en febrero de 2006 en Turín y en otras localidades de la región, implicando a las poblaciones de las diócesis de Turín, Susa y Pinerolo. Con motivo de este importante acontecimiento acudirán de todas las partes del mundo numerosos atletas, dirigentes deportivos y asistentes, así como muchos agentes de los medios de información. Además, en la solemnidad de la Inmaculada Concepción de la santísima Virgen María, usted, venerado hermano, presidirá una especial celebración eucarística en el palacio de deportes de Turín, durante la cual se presentará la antorcha que todo este año ha permanecido encendida en el santuario diocesano de la Consolata. Precisamente por eso, en preparación de las Olimpíadas, la fecha del 8 de diciembre reviste también el significado de una fiesta, denominada "Una luz para el deporte".

Para los cristianos, la referencia a la luz remite al Verbo encarnado, luz del mundo que ilumina al hombre en todas sus dimensiones, incluida la deportiva. No hay nada humano, excepto el pecado, que el Hijo de Dios, al encarnarse, no haya valorizado. "Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre", como recordó también, hace cuarenta años, el concilio Vaticano II en la Gaudium et spes (n. 22). Entre las diferentes actividades humanas, está la deportiva, que también debe ser iluminada por Dios, mediante Cristo, para que los valores que expresa se purifiquen y eleven, tanto a nivel individual como colectivo.

Aseguro desde ahora mi recuerdo en la oración, a fin de que los próximos Juegos olímpicos constituyan para los creyentes una circunstancia oportuna para reflexionar, como el apóstol san Pablo sugería a los cristianos de Corinto, sobre las indicaciones que el deporte puede ofrecer con vistas a la lucha espiritual (cf. 1 Co 9, 24-27). Ojalá que las próximas manifestaciones olímpicas sean también para todos un signo elocuente de amistad y contribuyan a consolidar entre los pueblos relaciones de entendimiento solidario.

¿Cómo no reconocer cuán necesario es todo esto en nuestros días, en los que la humanidad está marcada por muchas tensiones y anhela construir un futuro de auténtica paz? Invoco la intercesión celestial de María Inmaculada, para que la luz de Cristo, que ella refleja perfectamente con toda su existencia, ilumine el corazón de los que, de diferentes modos, participarán en las Olimpíadas. A ellos, así como a usted, venerado hermano, a monseñor Alfonso Badini Confalonieri, obispo de Susa, a monseñor Piergiorgio Debernardi, obispo de Pinerolo, y a las respectivas comunidades diocesanas, imparto de corazón la implorada bendición apostólica.

Vaticano, 29 de noviembre de 2005

 

© Copyright 2005 - Libreria Editrice Vaticana

 

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