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MENSAJE DEL SANTO PADRE
BENEDICTO XVI CON OCASIÓN DEL XX ANIVERSARIO DEL ENCUENTRO INTERRELIGIOSO
DE ORACIÓN POR LA PAZ
Al venerado hermano
Monseñor
DOMENICO SORRENTINO
Obispo de
Asís-Nocera Umbra-Gualdo Tadino
Este año se celebra el vigésimo aniversario del Encuentro interreligioso de
oración por la paz, convocado por mi venerado predecesor Juan Pablo II y que
tuvo lugar el 27 de octubre de 1986 en esa ciudad de Asís. Como es sabido, no
sólo invitó a aquel encuentro a los cristianos de las diversas confesiones, sino
también a exponentes de las diferentes religiones. La iniciativa tuvo amplio eco
en la opinión pública: fue un mensaje vibrante en favor de la paz y se
convirtió en un acontecimiento que dejó huella en la historia de nuestro tiempo.
Por tanto, se comprende que el recuerdo de lo que entonces sucedió continúe
suscitando iniciativas de reflexión y compromiso. Algunas se han programado
precisamente en Asís, con motivo del vigésimo aniversario de aquel
acontecimiento. Pienso en la celebración organizada, en colaboración con esa
diócesis, por la Comunidad de San Egidio, siguiendo la línea de encuentros
análogos realizados anualmente por la misma. En los días del aniversario tendrá
lugar, además, un Congreso organizado por el Instituto teológico de Asís, en el
que las Iglesias particulares de esa región se reunirán en torno a la Eucaristía
concelebrada por los obispos de Umbría en la basílica de San Francisco. Por
último, el Consejo pontificio para el diálogo interreligioso organizará un
encuentro de diálogo, oración y formación en la paz para jóvenes católicos y de
otras confesiones y religiones.
Estas iniciativas, cada una con su carácter específico, subrayan el valor de la
intuición que tuvo Juan Pablo II y muestran su actualidad a la luz de los
acontecimientos acaecidos en estos veinte años y de la situación por la que
atraviesa en estos momentos la humanidad. El suceso más significativo en este
espacio de tiempo ha sido, sin duda, la caída, en el este de Europa, de los
regímenes de inspiración comunista. Con ella terminó la "guerra fría", que había
generado una especie de repartición del mundo en esferas de influencia
contrapuestas, suscitando la creación de aterradores arsenales de armas y de
ejércitos preparados para una guerra total.
Fue un momento de esperanza general de paz, que llevó a muchos a soñar en un
mundo diferente, en el que las relaciones entre los pueblos se desarrollarían
sin la pesadilla de la guerra, y el proceso de "globalización" se realizaría en
un contexto de confrontación pacífica entre pueblos y culturas, en el marco del
derecho internacional compartido, inspirado en el respeto de las exigencias de
la verdad, la justicia y la solidaridad.
Por desgracia, este sueño de paz no se ha hecho realidad. Más aún, el tercer
milenio comenzó con escenarios de terrorismo y violencia que no dan signos de
desaparecer. Además, el hecho de que los conflictos armados se desarrollen sobre
todo con el telón de fondo de tensiones geopolíticas existentes en muchas
regiones puede dar la impresión de que no sólo las diferencias culturales sino
también las diferencias religiosas son motivo de inestabilidad o amenaza para
las perspectivas de paz.
Precisamente desde este punto de vista, la iniciativa impulsada hace veinte años
por Juan Pablo II resulta una profecía. Su invitación a los líderes de las
religiones mundiales a dar un testimonio conjunto de paz sirvió para aclarar,
sin posibilidad de equívocos, que la religión sólo puede ser promotora de paz.
Como enseñó el concilio Vaticano II en la declaración
Nostra aetate sobre
las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas, "no podemos
invocar a Dios, Padre de todos, si nos negamos a comportarnos fraternalmente con
algunos hombres, creados a imagen de Dios" (n. 5).
A pesar de las diferencias que caracterizan a los diversos caminos religiosos,
el reconocimiento de la existencia de Dios, al que los hombres pueden llegar
incluso sólo a partir de la experiencia de la creación (cf. Rm 1, 20), no
puede por menos de disponer a los creyentes a considerar a los demás seres
humanos como hermanos. Por tanto, a nadie le es lícito servirse de la diferencia
religiosa como presupuesto o pretexto para una actitud beligerante hacia los
demás seres humanos.
Se podría objetar que la historia registra el triste fenómeno de las guerras
de religión. Sin embargo, sabemos que esas manifestaciones de violencia no
pueden atribuirse a la religión en cuanto tal, sino a los límites culturales con
que se vive y se desarrolla en el tiempo. Ahora bien, cuando el sentido
religioso alcanza su madurez, genera en el creyente la percepción de que la
fe en Dios, Creador del universo y Padre de todos, no puede por menos de
fomentar relaciones de fraternidad universal entre los hombres. De hecho, en
todas las grandes tradiciones religiosas se registran testimonios del íntimo
vínculo que existe entre la relación con Dios y la ética del amor.
Los cristianos nos sentimos confirmados en esto y ulteriormente iluminados por
la palabra de Dios. Ya el Antiguo Testamento manifiesta el amor de Dios a todos
los pueblos, que él, en la alianza establecida con Noé, reúne en un gran abrazo,
simbolizado por el "arco en las nubes" (Gn 9, 13. 14. 16) y que, en
definitiva, según las palabras de los profetas, pretende congregar en una sola
familia universal (cf. Is 2, 2 ss; 42, 6; 66, 18-21; Jr 4, 2;
Sal 47). Después, en el Nuevo Testamento, la revelación de este designio
universal de amor culmina en el misterio pascual, en el que el Hijo de Dios
encarnado, con un conmovedor acto de solidaridad salvífica, en la cruz se
ofrece en sacrificio por toda la humanidad.
Así Dios muestra que su naturaleza es el Amor. Es lo que quise subrayar
en mi primera encíclica, que comienza precisamente con las palabras "Deus
caritas est" (1 Jn 4, 8). Esta afirmación de la Escritura no sólo
ilumina el misterio de Dios, sino también las relaciones entre los hombres,
todos llamados a vivir según el mandamiento del amor.
El encuentro promovido en Asís por el siervo de Dios Juan Pablo II subrayó el
valor de la oración en la construcción de la paz. En efecto, somos
conscientes de que el camino hacia este bien fundamental resulta difícil y a
veces humanamente casi imposible. La paz es un valor en el que confluyen muchos
componentes. Ciertamente, para construirla son importantes los caminos de ámbito
cultural, político, económico. Ahora bien, en primer lugar, la paz se debe
construir en los corazones. Ahí es donde se desarrollan los sentimientos que
pueden alimentarla o, por el contrario, amenazarla, debilitarla y ahogarla. Por
lo demás, el corazón del hombre es el lugar donde actúa Dios.
Por tanto, junto a la dimensión "horizontal" de las relaciones con los demás
hombres, es de importancia fundamental la dimensión "vertical" de la relación de
cada uno con Dios, en quien todo tiene su fundamento. Esto es precisamente lo
que quiso recordar con fuerza al mundo el Papa Juan Pablo II con la iniciativa
de 1986. Pidió una oración auténtica, que comprometiera toda la existencia. Por
este motivo, quiso que estuviera acompañada por el ayuno y que se expresara con
la peregrinación, símbolo del camino hacia el encuentro con Dios. Y explicó:
"La oración supone de parte nuestra la conversión del corazón" (Saludo a las
delegaciones en la basílica de Santa María de los Ángeles de Asís, n. 4:
L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 2 de noviembre de 1986, p.
2).
Entre los aspectos más característicos del encuentro de 1986, conviene subrayar
que este valor de la oración en la construcción de la paz fue testimoniado
por representantes de diferentes tradiciones religiosas, y esto no sucedió a
distancia, sino en el marco de un encuentro. De este modo, los orantes de
las diferentes religiones pudieron mostrar, con el lenguaje del testimonio, que
la oración no divide sino que une, y que constituye un elemento determinante
para una eficaz pedagogía de la paz, basada en la amistad, en la acogida
recíproca, en el diálogo entre hombres de diferentes culturas y religiones. Esta
pedagogía es hoy más necesaria que nunca, especialmente teniendo presentes a las
nuevas generaciones. Muchos jóvenes, en las zonas del mundo marcadas por
conflictos, son educados en sentimientos de odio y venganza, en contextos
ideológicos en los que se cultivan las semillas de antiguos rencores y se
preparan los corazones para futuras violencias. Es necesario abatir estas
barreras y favorecer el encuentro. Por tanto, me alegra que las iniciativas
programadas en este año en Asís vayan en esta dirección y que el Consejo
pontificio para el diálogo interreligioso haya pensando en hacer una aplicación
particular para los jóvenes.
Para que no haya equívocos con respecto al sentido de lo que Juan Pablo II quiso
realizar en 1986, y que se ha calificado con una expresión suya como "espíritu
de Asís", es importante no olvidar el cuidado que se puso entonces para que el
encuentro interreligioso de oración no se prestara a interpretaciones
sincretistas, fundadas en una concepción relativista. Precisamente por este
motivo, desde el primer momento, Juan Pablo II declaró: "El hecho de que
hayamos venido aquí no implica intención alguna de buscar entre nosotros un
consenso religioso o de entablar una negociación sobre nuestras convicciones de
fe. Tampoco significa que las religiones puedan reconciliarse a nivel de un
compromiso unitario en el marco de un proyecto terreno que las superaría a
todas. Ni es tampoco una concesión al relativismo de las creencias religiosas" (ib.,
n. 2).
Deseo reafirmar este principio, que constituye el presupuesto del diálogo entre
las religiones que recomendó hace cuarenta años el concilio Vaticano II en la
Declaración sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas
(cf.
Nostra aetate, 2).
Aprovecho de buen grado la ocasión para saludar a los exponentes de las demás
religiones que participan en algunas de las conmemoraciones de Asís. Al igual
que nosotros, los cristianos, también ellos saben que en la oración se puede
hacer una experiencia especial de Dios y encontrar estímulos eficaces para
trabajar por la causa de la paz. En este aspecto también es preciso evitar
confusiones inoportunas. Por eso, también cuando nos reunimos para orar por la
paz es necesario que la oración se desarrolle según los distintos caminos que
son propios de las diversas religiones.
Esta fue la opción que se hizo en 1986,
y sigue siendo válida también hoy. La convergencia de personas diversas no debe
dar la impresión de que se cae en el relativismo que niega el sentido mismo de
la verdad y la posibilidad de alcanzarla.
Juan Pablo II escogió para su iniciativa audaz y profética el sugestivo
escenario de esa ciudad de Asís, universalmente conocida por la figura de san
Francisco. En efecto, el Poverello encarnó de modo ejemplar la
bienaventuranza proclamada por Jesús en el evangelio: "Bienaventurados los que
trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios" (Mt 5,
9). El testimonio que dio en su época lo convierte en punto de referencia
natural para quienes cultivan también hoy el ideal de la paz, del respeto de la
naturaleza, del diálogo entre las personas, entre las religiones y las culturas.
Ahora bien, si no se quiere traicionar su mensaje, es importante recordar que
la elección radical de Cristo fue la que le ofreció la clave para comprender la
fraternidad a la que están llamados todos los hombres y en la que de algún
modo participan también las criaturas inanimadas, desde el "hermano sol" hasta
la "hermana luna".
Quiero recordar, por tanto, que en este vigésimo aniversario de la iniciativa de
oración por la paz de Juan Pablo II se celebra también el octavo centenario
de la conversión de san Francisco. Las dos conmemoraciones se iluminan
recíprocamente. En las palabras que le dirigió el Crucifijo de San Damián
—"ve,
Francisco, y reconstruye mi casa"—, en su elección de una pobreza radical, en el
beso al leproso con el que expresó su nueva capacidad de ver y de amar a Cristo
en los hermanos que sufren, comenzó la aventura humana y cristiana que sigue
fascinando a tantos hombres de nuestro tiempo y hace que esa ciudad sea meta de
innumerables peregrinos.
Le confío a usted, venerado hermano, pastor de esa Iglesia de Asís-Nocera Umbra-Gualdo
Tadino, la misión de dar a conocer estas reflexiones a los participantes en las
diferentes celebraciones previstas para conmemorar el vigésimo aniversario de
aquel acontecimiento histórico, que fue el Encuentro interreligioso del
27 de octubre de 1986. Le ruego que transmita a todos también mi afectuoso
saludo, participándoles mi bendición, que acompaño con el deseo y la oración del
Poverello de Asís: "El Señor os conceda la paz".
Castelgandolfo, 2 de septiembre de 2006
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