 |
MENSAJE DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
A LOS PARTICIPANTES EN LA SEGUNDA EDICIÓN
DEL «KIRCHENTAG» ECUMÉNICO DE LAS IGLESIAS EN ALEMANIA
Queridos hermanos y hermanas en Cristo:
Desde Roma saludo a todos los que se han reunido en la Theresienwiese de Munich
para la celebración litúrgica de apertura del segundo Kirchentag ecuménico.
Recuerdo de buen grado los años que viví en la hermosa capital de Baviera, como
arzobispo de Munich y Freising. Por tanto, dirijo un saludo especial al
arzobispo de Munich y Freising Reinhard Marx, y al obispo regional luterano
Johannes Friedrich. Saludo a todos los obispos alemanes y de numerosos países
del mundo y, de modo especial, también a los representantes de las demás
Iglesias y comunidades eclesiales y a todos los cristianos que participan en
este evento ecuménico. Asimismo, saludo a los representantes de la vida pública
y a todos aquellos que están presentes a través de la radio y la televisión. Que
la paz del Señor resucitado esté con todos vosotros.
«Para que tengáis esperanza»: con este lema os habéis reunido en Munich. En un
tiempo difícil queréis enviar una señal de esperanza a la Iglesia y a la
sociedad. Os estoy muy agradecido por esto. En efecto, nuestro mundo necesita
esperanza, nuestro tiempo necesita esperanza. Pero, ¿la Iglesia es un lugar de
esperanza? En los últimos meses nos hemos tenido que confrontar repetidamente
con noticias que quieren quitar la alegría a la Iglesia, que la oscurecen como
lugar de esperanza. Como los siervos del dueño de casa en la parábola evangélica
del reino de Dios, también nosotros queremos preguntar al Señor: «Señor, ¿no
sembraste semilla buena en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña?» (Mt 13, 27).
Sí, con su Palabra y con el sacrificio de su vida el Señor ha sembrado realmente
la semilla buena en el campo de la tierra. Brotó y brota. No debemos pensar sólo
en las grandes figuras luminosas de la historia, a las que la Iglesia ha
reconocido el título de «santos», o sea completamente impregnados de Dios,
resplandecientes a partir de él. Cada uno de nosotros conoce también a personas
normales, a las que no menciona ningún periódico o no cita ninguna crónica, que
a partir de la fe han madurado, alcanzando una gran humanidad y bondad. Abraham,
en su apasionado diálogo con Dios para evitar la destrucción de la ciudad de
Sodoma logró que el Señor del universo le asegurara que si encontraba diez
justos no iba a destruir la ciudad (cf. Gn 18, 22-33). Gracias a Dios, en
nuestras ciudades hay mucho más de diez justos. Si estamos un poco atentos, si
no percibimos sólo la oscuridad, sino también lo que es claro y bueno en nuestro
tiempo, vemos cómo la fe hace a los hombres puros y generosos y los educa en el
amor. De nuevo: La cizaña existe también en el seno de la Iglesia y entre
aquellos a los que el Señor ha acogido a su servicio de modo especial. Pero la
luz de Dios no ha declinado, la semilla buena no se ha visto sofocada por la
semilla del mal.
«Para que tengáis esperanza»: Esta frase quiere ante todo invitarnos a no perder
de vista el bien y a los buenos. Quiere invitarnos a ser nosotros mismos buenos
y a volver a ser buenos para siempre; quiere invitarnos a discutir con Dios en
favor del mundo, como Abraham, tratando nosotros mismos de vivir con pasión de
la justicia de Dios.
¿La Iglesia, por tanto, es un lugar de esperanza? Sí, pues de ella nos llega
siempre y de nuevo la Palabra de Dios, que nos purifica y nos muestra el camino
de la fe. Lo es, puesto que en ella el Señor sigue dándose a sí mismo, en la
gracia de los sacramentos, en la palabra de la reconciliación, en los múltiples
dones de su consolación. Nada puede ofuscar o destruir todo esto. De esto
deberíamos estar contentos en medio de todas las tribulaciones. Hablar de la
Iglesia como lugar de la esperanza que viene de Dios conlleva al mismo tiempo un
examen de conciencia: ¿Qué hago con la esperanza que el Señor me ha donado?
¿Realmente me dejo modelar por su Palabra? ¿Me dejo cambiar y curar por él?
¿Cuánta cizaña en realidad crece dentro de mí? ¿Estoy dispuesto a extirparla?
¿Agradezco el don del perdón y estoy dispuesto a perdonar y a curar a mi vez en
lugar de condenar?
Preguntémonos una vez más: ¿Qué es verdaderamente la «esperanza»? Las cosas que
podemos hacer por nosotros mismos no son objeto de la esperanza, sino más bien
una tarea que debemos realizar con la fuerza de nuestra razón, de nuestra
voluntad y de nuestro corazón. Pero si reflexionamos sobre todo lo que podemos y
debemos hacer, observamos que no podemos hacer las cosas más grandes, que nos
llegan sólo como un don: la amistad, el amor, la alegría, la felicidad. Quiero
hacer otra consideración: todos queremos vivir, y la vida tampoco podemos
dárnosla nosotros mismos. Sin embargo, hoy ya casi nadie habla de la vida
eterna, que en el pasado era el verdadero objeto de la esperanza. Puesto que las
personas no se atreven a creer en ella, hay que esperar obtenerlo todo de la
vida presente. Dejar de lado la esperanza en la vida eterna lleva a la avidez
por una vida aquí y ahora, que casi inevitablemente se convierte en egoísta y,
al final, es irrealizable. Precisamente cuando queremos adueñarnos de la vida
como de una especie de bien, esta se nos escapa. Pero volvamos atrás. Las cosas
grandes de la vida no podemos realizarlas nosotros, sólo podemos esperarlas. La
buena nueva de la fe consiste precisamente en esto: existe Alguien que puede
dárnoslas. No se nos deja solos. Dios vive. Dios nos ama. En Jesucristo se hizo
uno de nosotros. Me puedo dirigir a él y él me escucha. Por esto, como Pedro, en
la confusión de nuestros tiempos, que nos persuaden a creer en muchos otros
caminos, le decimos: «Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida
eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios» (Jn 6,
68-69).
Queridos amigos, a todos los que estáis reunidos en la Theresienwiese en Munich,
os deseo que os inunde de nuevo la alegría de poder conocer a Dios, de conocer a
Cristo, y de que él nos conoce. Esta es nuestra esperanza y nuestra alegría en
medio de las confusiones del tiempo presente.
Vaticano, 10 de mayo de 2010
BENEDICTUS PP XVI
© Copyright 2010 - Libreria
Editrice Vaticana
|