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DISCURSO DEL SANTO PADRE
BENEDICTO XVI A LOS PRESIDENTES DE LAS COMISIONES EPISCOPALES PARA LA
FAMILIA Y LA VIDA DE AMÉRICA LATINA
Sábado 3 de diciembre de 2005
Queridos hermanos en el episcopado:
1. Me complace recibiros con ocasión del tercer encuentro de los presidentes de
las comisiones episcopales para la familia y la vida de América Latina. Deseo
expresar mi gratitud por las palabras que me ha dirigido el señor cardenal
Alfonso López Trujillo, presidente del Consejo pontificio para la familia. Soy
testigo, junto con toda la Iglesia, de la solicitud con que el Papa Juan Pablo
II se entregó a este tema tan importante. Por mi parte, asumo esta misma
preocupación, que afecta en gran medida al futuro de la Iglesia y de los
pueblos, ya que, como afirmaba mi predecesor en la exhortación apostólica
Familiaris consortio,
«el futuro de la humanidad se fragua en la familia. Por consiguiente es
indispensable y urgente que todo hombre de buena voluntad se esfuerce por salvar
y promover los valores y exigencias de la familia». Y añadía: «Corresponde
también a los cristianos el deber de anunciar con alegría y convicción la
"buena nueva" sobre la familia que tiene absoluta necesidad de escuchar
siempre de nuevo y de entender cada vez mejor las palabras auténticas que le
revelan su identidad, sus recursos interiores, la importancia de su misión en la
ciudad de los hombres y en la de Dios» (n. 86). La mencionada exhortación, junto
con la Carta a las familias
Gratissimam sane
y la encíclica
Evangelium vitae
constituyen como un luminoso tríptico que debe inspirar vuestra tarea de
pastores.
2. Quiero agradecer, de modo especial, vuestra solicitud pastoral en el intento
por salvaguardar los valores fundamentales del matrimonio y de la familia,
amenazados por el fenómeno actual de la secularización, que impide a la
conciencia social llegar a descubrir adecuadamente la identidad y misión de la
institución familiar, y últimamente por la presión de leyes injustas que
desconocen los derechos fundamentales de la misma.
Frente a esta situación, contemplo con complacencia cómo crece y se consolida la
labor de las Iglesias particulares en favor de esta institución humana, que
hunde sus raíces en el designio amoroso de Dios y representa el modelo
insustituible para el bien común de la humanidad. Son muchísimos los hogares que
dan una respuesta generosa al Señor, y, además, abundan las experiencias
pastorales, signo de una nueva vitalidad, en las que, a través de una mejor
preparación para el matrimonio, se fortalece la identidad de la familia.
3. Vuestro deber de pastores es presentar en toda su riqueza el valor
extraordinario del matrimonio que, como institución natural, es "patrimonio de
la humanidad". Por otra parte, su elevación a la altísima dignidad de sacramento
debe ser contemplada con gratitud y estupor, como ya lo expresé recientemente al
afirmar que "el valor de sacramento que el matrimonio asume en Cristo significa,
por tanto, que el don de la creación fue elevado a gracia de redención. La
gracia de Cristo no se añade desde fuera a la naturaleza del hombre, no le hace
violencia, sino que la libera y la restaura, precisamente al elevarla más allá
de sus propios límites" (Discurso en la Ceremonia de
apertura de la Asamblea Eclesial de la Diócesis de Roma, 6 de junio de
2005).
4. El amor y la entrega total de los esposos, con sus notas peculiares de
exclusividad, fidelidad, permanencia en el tiempo y apertura a la vida, está en
la base de esa comunidad de vida y amor, que es el matrimonio (cf.
Gaudium et spes, 48). Hoy es preciso anunciar con renovado entusiasmo
que el evangelio de la familia es un camino de realización humana y espiritual,
con la certeza de que el Señor está siempre presente con su gracia. Este anuncio
a menudo es desfigurado por falsas concepciones del matrimonio y de la familia
que no respetan el proyecto originario de Dios. En este sentido, se han llegado
a proponer nuevas formas de matrimonio, algunas de ellas desconocidas en las
culturas de los pueblos, en las que se altera su naturaleza específica.
También en el ámbito de la vida están surgiendo nuevos planteamientos, que ponen
en tela de juicio este derecho fundamental. Como consecuencia, se facilita la
eliminación del embrión o su uso arbitrario en aras del progreso de la ciencia
que, al no reconocer sus propios límites y no aceptar todos los principios
morales que permiten salvaguardar la dignidad de la persona, se convierte en una
amenaza para el ser humano mismo, quedando reducido a un objeto o a un mero
instrumento. Cuando se llega a estos niveles se resiente la misma sociedad y se
estremecen sus fundamentos con toda clase de riesgos.
5. En América Latina, como en todas partes, los hijos tienen el derecho de nacer
y crecer en el seno de una familia fundada sobre el matrimonio, donde los padres
sean los primeros educadores de la fe de sus hijos, y éstos puedan alcanzar su
plena madurez humana y espiritual. Verdaderamente, los hijos son la mayor
riqueza y el bien más preciado de la familia. Por eso es necesario ayudar a
todas las personas a tomar conciencia del mal intrínseco del crimen del aborto
que, al atentar contra la vida humana en su inicio, es también una agresión
contra la sociedad misma. De ahí que los políticos y legisladores, como
servidores del bien social, tienen el deber de defender el derecho fundamental a
la vida, fruto del amor de Dios.
6. Es indudable que para la acción pastoral, en una materia tan delicada y
compleja, y en la que intervienen diversas disciplinas y se tratan cuestiones
tan fundamentales, se requiere una cuidadosa preparación de los agentes
pastorales en las diócesis. Así, los sacerdotes, como colaboradores inmediatos
de los obispos, han de poder recibir una sólida preparación en este campo, que
les permita afrontar con competencia y convicción la problemática suscitada en
su labor pastoral. En cuanto a los laicos, sobre todo los que dedican sus
energías a este servicio de las familias, necesitan también una válida y elevada
formación, que les ayude a testimoniar la grandeza y el valor permanente del
matrimonio en la sociedad actual.
7. Queridos hermanos, como bien sabéis, está ya próximo el V Encuentro mundial
de las familias, en Valencia, España, y que tendrá como tema: La transmisión
de la fe en familia. A este respecto, deseo expresar mi cordial saludo al
arzobispo de aquella ciudad, mons. Agustín García-Gasco, el cual participa en
este Encuentro y que, con el Consejo pontificio para la familia, lleva a cabo la
ardua tarea de su preparación. Os animo a todos para que numerosas delegaciones
de las Conferencias episcopales, diócesis y movimientos de América Latina,
puedan participar en tan importante evento eclesial. Por mi parte, apoyo
decididamente la celebración de este Encuentro y lo pongo bajo la amorosa
protección de la Sagrada Familia.
A vosotros, queridos pastores, y a todas las familias de América Latina imparto
de corazón mi bendición apostólica.
© Copyright 2005 - Libreria
Editrice Vaticana
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