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DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
AL TERCER GRUPO DE OBISPOS POLACOS
EN VISITA "AD LIMINA"


Sábado 17 de diciembre de 2005

 

Queridos hermanos en el ministerio episcopal:

Con alegría os doy la bienvenida a todos vosotros, que constituís el tercer grupo de obispos de Polonia, venidos en visita "ad limina Apostolorum".

En los discursos anteriores traté numerosos temas relacionados con la tarea de la evangelización en el mundo moderno. También anuncié que en la tercera parte de mi mensaje centraría mi reflexión en la función de los fieles laicos en la Iglesia.

1. Comencemos, pues, por el ámbito más fundamental en la estructura de la Iglesia: el ámbito de la parroquia. En el decreto conciliar sobre el apostolado de los laicos leemos: "La parroquia ofrece un modelo preclaro de apostolado comunitario al congregar en unidad todas las diversidades humanas que en ella se encuentran, insertándolas en la universalidad de la Iglesia. Acostúmbrense los laicos a trabajar en la parroquia íntimamente unidos con sus sacerdotes, a presentar a la comunidad de la Iglesia sus propios problemas y los del mundo, así como aquellas cuestiones que se refieran a la salvación de los hombres, para, aportando las diversas opiniones, examinarlos y resolverlos; y a colaborar, según sus posibilidades, en todas las iniciativas apostólicas y misioneras de su familia eclesial" (Apostolicam actuositatem, 10).

La exigencia primera y más importante es que la parroquia constituya una "comunidad eclesial" y una "familia eclesial". Aun cuando se trate de parroquias muy numerosas, es necesario hacer todo lo posible para que no se conviertan en una masa de fieles anónimos. Naturalmente, en la realización de esta tarea es insustituible la función de los sacerdotes y, de modo especial, de los párrocos.
Ellos, en primer lugar, deben conocer a las ovejas de su redil, mantener los contactos pastorales con todos los ambientes y esforzarse por conocer las necesidades espirituales y materiales de los feligreses.

Es importante también la participación activa de los laicos en la formación de la comunidad. Pienso, ante todo, en los consejos pastorales y en los consejos de asuntos económicos (cf. Código de derecho canónico, can. 537). Aunque sólo tengan voto consultivo, y no deliberativo, pueden ayudar eficazmente a los pastores a discernir las necesidades de la comunidad y a descubrir las maneras de afrontarlas. La colaboración de los consejos con los pastores debe realizarse siempre con espíritu de solicitud común por el bien de los fieles.

Es necesario también un continuo contacto de los pastores con las diversas comunidades de apostolado que actúan en el ámbito de la parroquia. Tampoco se puede olvidar la necesidad de colaboración entre las comunidades mismas. Nunca debe haber rivalidades entre ellas; al contrario, debe existir entre ellas una cooperación mutua y cordial para afrontar las tareas apostólicas. Especialmente los líderes de esos grupos deben tener presente que, actuando sobre el terreno y en una comunidad parroquial, están llamados a realizar un programa de pastoral común, bajo la dirección de los pastores responsables.

Con respecto a la evangelización, ya he hablado de la necesidad de la catequesis de los adultos. Aunque se base en la sagrada Escritura y en el magisterio de la Iglesia, debe centrarse luego en la experiencia sacramental y, de modo especial, en el esfuerzo por vivir el misterio de la Eucaristía. Los padres conciliares no dudaron en reconocer que la Eucaristía es "fuente y cumbre de toda la evangelización" (Presbyterorum ordinis, 5; cf. Sacrosanctum Concilium, 10).

Como escribió mi amado predecesor Juan Pablo II, "la Iglesia ha recibido la Eucaristía de Cristo, su Señor, no sólo como un don entre otros muchos, aunque sea muy valioso, sino como el don por excelencia, porque es don de sí mismo, de su persona en su santa humanidad, así como de su obra de salvación" (Ecclesia de Eucharistia, 11). Por eso, los pastores de la Iglesia deben hacer todo lo posible para que el pueblo que les ha sido encomendado sea consciente de la grandeza de ese don y se acerque con la mayor frecuencia posible a este Sacramento del amor tanto en la celebración eucarística y en la Comunión como en la adoración.

En la carta apostólica Novo millennio ineunte, Juan Pablo II recordó que la eucaristía dominical es "el lugar privilegiado donde la comunión se anuncia y se cultiva constantemente" (n. 36). Sé que en la Iglesia en Polonia la participación de los fieles en la santa misa dominical es numerosa. Con todo, los pastores, impulsados por sus obispos, hagan todo lo posible para que el número de los participantes en la liturgia dominical no disminuya, sino que crezca.

Queridos hermanos, os pido encarecidamente que animéis a vuestros sacerdotes a formar a los niños y jóvenes que se acercan al altar del Señor como monaguillos y lectores. También deben tener solicitud pastoral con respecto a las muchachas que participan activamente en la liturgia, de acuerdo con su función. Este servicio pastoral puede dar muchos frutos para las vocaciones sacerdotales y religiosas.

2. En el siglo pasado, especialmente después del Concilio, se desarrollaron en la Iglesia varios movimientos que tienen como fin la evangelización. Esos movimientos no pueden existir, por decirlo así, "al lado de" la comunidad universal de la Iglesia. Por eso, una de las tareas del obispo diocesano consiste en mantener un contacto directo con ellos, estimulándolos a actuar de acuerdo con el carisma reconocido por la Iglesia y, al mismo tiempo, a evitar encerrarse ante la realidad de su entorno.

Muchos de estos movimientos han mantenido un contacto constante con las Iglesias no católicas y pueden dar una contribución importante a la construcción de relaciones ecuménicas: la oración común y las obras realizadas juntamente alimentan la esperanza de que se pueda acelerar el acercamiento también en el campo de la doctrina y de la vida de la Iglesia. Sin embargo, es preciso que también aquí los obispos se esfuercen por hacer que se entienda correctamente el ecumenismo. Debe consistir siempre en la búsqueda de la verdad y no de fáciles componendas que puedan llevar a los movimientos católicos a perder su identidad.

Además de los movimientos eclesiales, existen muchas asociaciones de laicos que se unen en un ámbito determinado, o según la profesión que desempeñan, y se dirigen a los obispos para solicitar una pastoral específica, que corresponda a su realidad. Queridos hermanos, os invito a sostener esas iniciativas, dando a cada uno la posibilidad de desarrollar su espiritualidad sobre la base de sus desafíos diarios.

Entre estos laicos Juan Pablo II dedicó una atención particular a los que "ocupan puestos de primer plano en la vida de la sociedad" (¡Levantaos! ¡Vamos!, Plaza & Janés, Barcelona 2004, p. 107), pero que al mismo tiempo desean vivir su vida de fe y dar un testimonio cristiano. El Concilio los exhortó con estas palabras: "Los que son o pueden llegar a ser idóneos para el difícil y al mismo tiempo tan noble arte de la política deben prepararse para él y procurar ejercerlo olvidándose de su propio interés y del beneficio venal. Deben actuar con integridad de costumbres y con prudencia contra la injusticia y la opresión, contra el dominio arbitrario y la intolerancia de un solo hombre o un solo partido político; se deben consagrar con sinceridad y equidad, más aún, con amor y fortaleza política, al bien de todos" (Gaudium et spes, 75).

En la realización de esta tarea, los políticos cristianos necesitan contar con la ayuda de la Iglesia. Aquí se trata, en particular, de la ayuda a tomar conciencia de su identidad cristiana y de los valores morales universales que se fundan en la naturaleza del hombre, a fin de que se comprometan, con una conciencia recta, a promoverlos en los ordenamientos civiles, con vistas a la edificación de una convivencia que respete al hombre en todas sus dimensiones.

Con todo, nunca se ha de olvidar que es "de gran importancia, sobre todo en una sociedad pluralista, que se tenga un recto concepto de la relación entre comunidad política e Iglesia, y que se distinga claramente entre aquello que los fieles cristianos hacen, individual o colectivamente, en su nombre en cuanto ciudadanos, guiados por la conciencia cristiana, y lo que hacen en nombre de la Iglesia juntamente con sus pastores" (ib., 76).

3. Para concluir, quisiera referirme a otra dimensión del compromiso de los laicos en la Iglesia. En el mundo actual, juntamente con la globalización y el rápido intercambio de informaciones, en muchos ambientes existe una mayor sensibilidad ante las necesidades de los demás y una disponibilidad a prestar ayuda donde se produzca alguna desgracia.

Juntamente con las iniciativas internacionales y nacionales, se están desarrollando también varias formas de voluntariado, que tienen como fin la ayuda a los necesitados presentes en su ambiente. En los centros de acogida, en los dormitorios para los que no tienen casa, para las personas dependientes, para las madres solas y víctimas de la violencia, colaboran personas dispuestas a dedicar gran parte de su tiempo al servicio de los demás. También ayudan a los enfermos, a las personas solas, a las familias numerosas y a las que viven en la indigencia, a las personas con discapacidades físicas o mentales. Se organizan centros de intervención en casos de crisis, unidades operativas al servicio de las personas que atraviesan cualquier tipo de dificultad que la vida puede reservar. Es inapreciable la labor de estas personas, que se inspiran en el ejemplo del samaritano evangélico. Es preciso sostenerla y animarla.

Sé que en Polonia se está desarrollando también el voluntariado que se propone como finalidad la defensa de la vida humana. Merecen gratitud todos los que llevan a cabo una obra de educación, de preparación para la vida matrimonial y familiar, y defienden el derecho a la vida de todo ser humano desde la concepción hasta la muerte natural. Muchos comprometen en esa actividad sus medios materiales, otros su tiempo; otros colaboran con su oración. Todos ellos esperan el aliento y el apoyo moral de los obispos, de los sacerdotes y de toda la comunidad de los creyentes. ¡Ojalá que nunca les falte!

Las misiones son otro campo de la vida de la Iglesia en el que trabajan los voluntarios. Son cada vez más numerosos los laicos que parten hacia los países de misión, para colaborar allí según su preparación profesional y sus talentos, y al mismo tiempo para dar un testimonio de amor cristiano a los habitantes de las regiones más pobres del mundo. Es una actividad digna de admiración y de reconocimiento. Os exhorto, queridos hermanos, a aceptar con apertura y benevolencia, aunque siempre con la debida prudencia, a los laicos que están dispuestos a trabajar en las misiones. La gran obra misionera de toda la Iglesia debe ser sostenida espiritual y materialmente por todos, según la vocación cristiana de cada uno, en virtud del compromiso que brota del bautismo, a llevar a todos los pueblos el mensaje evangélico del amor de Cristo.

Queridos hermanos, en los documentos del Concilio y de mis predecesores en esta Sede apostólica encontraréis muchos otros pensamientos valiosos sobre el tema de la actividad de los laicos en la Iglesia y en el mundo. Vale la pena volver a reflexionar sobre este magisterio. Vosotros, amados hermanos, sabéis discernir bien las necesidades de las comunidades encomendadas a vuestra solicitud pastoral y crear las mejores condiciones para una buena colaboración de los laicos con el clero en la misma obra de la evangelización, de la santificación y de la edificación del reino de Dios.
Que os sostenga en esta obra María, Madre de la Iglesia.

¡Que Dios os bendiga!

© Copyright 2005 - Libreria Editrice Vaticana

 

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