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DISCURSO DEL PAPA BENEDICTO XVI
DURANTE LA VISITA AL DISPENSARIO "SANTA MARTA"


Viernes 30 de diciembre de 2005

 

Queridos amigos: 

Con gran afecto os saludo a todos vosotros, que trabajáis en este Dispensario, que lleva el nombre de santa Marta, hermana de María y de Lázaro, y modelo de gran disponibilidad con respecto al Maestro divino. Os agradezco vuestra acogida tan familiar, así como las cordiales palabras que, en nombre de todos, me ha dirigido un representante vuestro. Saludo a sor Chiara y a las demás religiosas, a los médicos, a los voluntarios y a cada una de las familias que aquí encuentran una valiosa ayuda.

El servicio que prestáis se inspira en el ejemplo de santa Marta, la cual atendía a Jesús, que siendo hombre tenía necesidades humanas:  tenía hambre y sed, estaba cansado del viaje, necesitaba momentos de descanso, estar algún tiempo  alejado  de las multitudes y de la ciudad de Jerusalén.
Como ella, también vosotros os esforzáis por servir a Jesús en las personas con quienes os encontráis.

Mi visita asume un significado particular, porque tiene lugar en el tiempo de Navidad:  en estos días nuestra mirada se fija en el Niño Jesús. Al venir aquí, lo encuentro precisamente a él en los niños que atendéis con tanto cariño. Son objeto de vuestra atención, como el Mesías recién nacido está en el centro de las atenciones de María y José en el pesebre. En cada uno de ellos, como en la cueva de Belén, Jesús llama a la puerta de nuestro corazón, nos pide que le hagamos un espacio en nuestra vida.

Dios es así:  no se impone, no entra nunca con la fuerza; al contrario, como un niño, pide ser acogido. En cierto sentido, también Dios se presenta necesitado de atención; espera que le abramos el corazón y lo atendamos. Y cada vez que tratamos con amor a "uno solo de estos hermanos míos más pequeños", como dijo el Señor, es a él a quien prestamos servicio (cf. Mt 25, 40).

Hoy celebramos la fiesta de la Sagrada Familia de Nazaret. Al encontrarme entre vosotros y al ver vuestra entrega en favor de los niños y sus padres, deseo subrayar la vocación fundamental de la familia a ser el primero y principal lugar de acogida de la vida.

La concepción moderna de la familia, entre otras causas por reacción al pasado, da gran importancia al amor conyugal, subrayando sus aspectos subjetivos de libertad en las opciones y en los sentimientos. En cambio, existe una mayor dificultad para percibir y comprender el valor de la llamada a colaborar con Dios en la procreación de la vida humana. Además, las sociedades contemporáneas, a pesar de contar con muchos medios, no siempre logran facilitar la misión de los padres, tanto en el campo de las motivaciones espirituales y morales como en el de las condiciones prácticas de vida.

Es sumamente necesario, tanto en el ámbito cultural como en el político y legislativo, sostener a la familia; e iniciativas como la de vuestro dispensario resultan muy útiles al respecto. Se trata de realidades pequeñas, pero importantes, y gracias a Dios abundan en la Iglesia, que las pone siempre al servicio de todos.

Queridos hermanos y hermanas, antes de marcharme os invito a orar conmigo por todas las familias de Roma y del mundo, especialmente por las que atraviesan situaciones difíciles, sobre todo porque se ven obligadas a vivir lejos de su tierra de origen. Oremos por los padres que no logran asegurar a sus hijos lo necesario para la salud, para la instrucción y para una existencia digna y serena. Por todos invoquemos juntos la maternal protección de María:  Ave María...

Y ahora os imparto de corazón la bendición apostólica a vosotros y a vuestros seres queridos, deseando a todos un Año nuevo lleno de paz y de todo bien.

 

© Copyright 2005 - Libreria Editrice Vaticana

 

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