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DISCURSO DEL PAPA BENEDICTO XVI
A LOS SOCIOS DEL CÍRCULO DE SAN PEDRO

Jueves 7 de julio de 2005

 

Queridos amigos: 

Me alegra acogeros y os saludo de corazón. Extiendo mi cordial saludo a vuestros familiares y a los que cooperan con vosotros en las diversas actividades del Círculo de San Pedro. En particular, saludo a vuestro presidente, el marqués Marcello Sacchetti, al que agradezco las palabras que me ha dirigido amablemente en nombre de todos vosotros, así como a vuestro consiliario, monseñor Franco Camaldo, recientemente llamado a este encargo. La misión que cumplís con admirable empeño es valiosa. Además del servicio litúrgico, os preocupáis por ir al encuentro de los pobres y llevar alivio a los enfermos y a los que sufren. Al obrar así, imitáis al "buen samaritano" y testimoniáis de manera concreta el impulso misionero y el amor evangélico, que debe distinguir a todo auténtico discípulo de Cristo. Como cada año, habéis venido hoy a entregar al Papa el óbolo de San Pedro, que constituye un signo ulterior de vuestra generosa apertura a los hermanos en dificultades. Al mismo tiempo, es una significativa participación en el esfuerzo de la Sede apostólica por responder a las necesidades cada vez mayores de la Iglesia, especialmente en los países más pobres.

Queridos hermanos y hermanas, es la primera vez que me encuentro con vosotros desde que Dios me llamó a desempeñar en la Iglesia el ministerio petrino, pero conozco bien y desde hace tiempo vuestro servicio, animado por una  fidelidad convencida y una dócil adhesión al Sucesor de Pedro.
Os pido que me acompañéis, ante todo, con la oración. Haced que la oración sea el alimento diario de vuestra vida, con frecuentes pausas de meditación y de escucha de la palabra de Dios, y con la participación activa en la santa misa. Es importante que la existencia del cristiano se centre en la Eucaristía. A esto nos invita el Año de la Eucaristía que, por voluntad de mi amado predecesor el siervo de Dios Juan Pablo II, se está celebrando en todas las comunidades eclesiales. En efecto, no debemos olvidar nunca que el secreto de la eficacia de todos nuestros proyectos es Cristo, y nuestra vida debe estar animada por su acción renovadora. Debemos poner bajo su mirada todas las expectativas y las necesidades del mundo. Queridos amigos, es preciso presentar en particular a Jesús, a quien adoramos en la Eucaristía, los sufrimientos de los enfermos que vais a visitar, la solicitud por los jóvenes y ancianos con los que os encontráis, los temores, las esperanzas y las perspectivas de toda la existencia. Así, con esta actitud interior, os será más fácil realizar vuestra vocación cristiana y salir al encuentro de cuantos viven en condiciones de pobreza o abandono, testimoniándoles la presencia consoladora de Cristo.

Queridos amigos, os expreso mi aprecio por el servicio que prestáis a la Iglesia y os encomiendo a vosotros y a vuestras familias a la protección celestial de la Virgen María y de vuestros santos protectores. Por mi parte, os aseguro que oro por vosotros, aquí presentes, por cuantos os apoyan en las diversas iniciativas, y por aquellos con quienes os encontráis en vuestro apostolado, a la vez que con afecto imparto a todos una especial bendición apostólica.

 

© Copyright 2005 - Libreria Editrice Vaticana

 

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