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DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
AL SEÑOR EL HADJ ABOUBACAR DIONE
NUEVO EMBAJADOR DE GUINEA ANTE LA SANTA SEDE*

Jueves 16 de junio de 2005

 

Señor embajador: 

Me alegra dar la bienvenida a su excelencia con ocasión de la presentación de las cartas que lo acreditan como embajador extraordinario y plenipotenciario de la República de Guinea ante la Santa Sede. Apreciando las amables palabras que me ha dirigido recordando a mi venerado predecesor el Papa Juan Pablo II, le agradezco los cordiales deseos que me ha transmitido de parte de su excelencia el general Lansana Conté, presidente de la República, así como del Gobierno y del pueblo de Guinea. Asimismo, le ruego que asegure a su excelencia el presidente de la República mis deseos de felicidad y prosperidad para su persona y para todos los guineanos.
Señor embajador, me ha comunicado la adhesión de su país a los ideales de paz y fraternidad, particularmente entre los pueblos de su región, tan probados durante los últimos años. En efecto, sólo mediante un diálogo confiado pueden suavizarse las tensiones y los conflictos, con vistas al bienestar de todos. Para responder duraderamente a las aspiraciones de los pueblos a la verdadera paz, don que nos viene de Dios, tenemos también el deber de comprometernos a construirla sobre los fundamentos sólidos, que son la verdad, la justicia y la solidaridad.

Entre las consecuencias de la violencia que sufre su región, por desgracia se asiste al desarrollo del drama de las poblaciones desplazadas, que crea situaciones de urgencia humanitaria. Su país ha respondido generosamente a esta necesidad, en especial dando hospitalidad a un número importante de refugiados, con frecuencia a costa de grandes sacrificios. Ante todo, es el drama de hombres y mujeres a los que es necesario aliviarles los sufrimientos y devolverles la esperanza. Pero hay que erradicar las causas de estos dramas, puesto que hieren gravemente la dignidad humana de seres que Dios ha creado. Deseo que los gobiernos de las naciones no olviden a los refugiados que, en muchos países de África, esperan con impaciencia que se preste atención a su situación y que la comunidad internacional se comprometa con firmeza en favor de la paz y de la justicia.

El establecimiento de la paz comienza dentro de cada país, mediante la búsqueda de relaciones de amistad y colaboración entre las diferentes comunidades étnicas, culturales y religiosas. La fe auténtica no puede engendrar violencia; al contrario, favorece la paz y el amor. A pesar de las dificultades, la Iglesia católica está comprometida a proseguir sus esfuerzos para impulsar la comprensión y el respeto entre los creyentes de las diferentes tradiciones religiosas. Por eso, me alegra saber que en Guinea los cristianos y los musulmanes trabajan juntos en favor del bien común de la sociedad. Manteniendo relaciones de confianza, en el respeto de los derechos legítimos de cada comunidad, los creyentes, en unión con todos los hombres de buena voluntad, contribuyen a edificar una sociedad liberada de toda forma de degradación moral y social, para que cada uno pueda vivir con dignidad y solidaridad.

A través de usted, señor embajador, quisiera saludar con afecto a los fieles católicos de Guinea, así como a sus obispos. Los animo vivamente a avanzar generosamente por los caminos de la paz y la fraternidad con todos sus compatriotas. Ojalá que, con la asistencia del Espíritu de Dios, sean para su pueblo signos de esperanza y testigos ardientes del amor del Señor.

En el momento en que su excelencia comienza su misión ante la Sede apostólica, le expreso mis mejores deseos para la noble tarea que le espera. Entre mis colaboradores encontrará siempre la acogida atenta y la comprensión cordial que pueda necesitar.

Invoco de corazón sobre su excelencia, sobres sus colaboradores, sobre su familia, sobre el pueblo guineano y sobre sus dirigentes, la abundancia de las bendiciones divinas.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n.26 p.10.

 

© Copyright 2005 - Libreria Editrice Vaticana

 

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