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DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
A LOS EMBAJADORES DE AZERBAIYÁN, GUINEA, MALTA,
NUEVA ZELANDA, RUANDA SUIZA Y ZIMBABUE*


 Jueves 16 de junio de 2005

 

Excelencias:

Me alegra acogeros para la presentación de las cartas que os acreditan como embajadores de vuestros respectivos países: Azerbaiyán, Guinea, Malta, Nueva Zelanda, Ruanda, Suiza y Zimbabue. Os pido que deis las gracias a vuestros jefes de Estado por sus cordiales mensajes y les transmitáis mi respetuoso saludo.

A través de vosotros, quiero saludar fraternalmente a todos los pueblos que representáis, expresándoles mis mejores y más fervientes deseos, y reafirmando a los hombres y a las mujeres de vuestros países que estoy cerca de ellos y oro por ellos. Los invito a comprometerse para crear una humanidad cada vez más fraterna, con una atención renovada a todos, en particular a las personas más pobres y a los excluidos de la sociedad.

En este sentido, nuestro mundo afronta numerosos desafíos, que debe superar para que el hombre prevalezca siempre sobre la técnica, y el justo destino de los pueblos constituya la preocupación primordial de los que han aceptado gestionar los asuntos públicos, no para sí mismos, sino con vistas al bien común. Nuestro corazón no puede estar en paz mientras veamos sufrir a hermanos nuestros por falta de alimento, de trabajo, de vivienda o de otros bienes fundamentales.

Para dar una respuesta concreta al llamamiento que nos hacen nuestros hermanos en la humanidad, debemos afrontar el primero de los desafíos: el de la solidaridad entre las generaciones, la solidaridad entre los países y entre los continentes, para una distribución cada vez más equitativa de las riquezas del planeta entre todos los hombres. Es uno de los servicios fundamentales que los hombres de buena voluntad deben prestar a la humanidad. En efecto, la tierra tiene la capacidad de alimentar a todos sus habitantes, a condición de que los países ricos no se queden con lo que pertenece a todos.

La Iglesia no dejará de recordar que todos los hombres deben estar atentos a una fraternidad humana hecha de gestos concretos, tanto en el ámbito de las personas como en el de los gobiernos y las instituciones internacionales. Por su parte, la Iglesia, que desde los tiempos apostólicos tiene puesta la comunión en el centro de su vida, seguirá ayudando a las poblaciones en todos los continentes, con el apoyo de sus comunidades locales y de todos los hombres de buena voluntad, principalmente en los campos de la educación, la sanidad y los bienes fundamentales. Sé que, por ser diplomáticos, sois particularmente sensibles a este aspecto de la vida social, y que la diplomacia tiene un papel importante que desempeñar.

Al comenzar vuestra misión ante la Sede apostólica, os expreso mis mejores deseos e invoco la abundancia de las bendiciones divinas sobre vosotros mismos, sobre vuestras familias, sobre vuestros colaboradores y sobre las naciones que representáis.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n.25 p.9.

 

© Copyright 2005 - Libreria Editrice Vaticana

 

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