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ALOCUCIÓN DEL PAPA BENEDICTO XVI
EN LA CONCESIÓN DE UNA CONDECORACIÓN
A MONS. GEORG RATZINGER


Jueves 19 de mayo de 2005

 

Querido Georg;
estimado embajador;
estimado presidente Schambeck;
 estimadas autoridades;
señoras y señores

Me parece algo extraño tomar ahora la palabra. Mientras bajaba, el secretario me dijo oportunamente:  "Ahora, querido Santo Padre, el protagonista es su hermano". De eso no cabe duda. Es hermoso que ahora mi hermano, que durante treinta años se ha dedicado con tanto empeño a la música sagrada en la catedral de Ratisbona y en todo el mundo, reciba una condecoración de personas particularmente competentes.

Cuando hablo, a pesar de mi incompetencia, me siento, por decirlo así, como portavoz de todos los aquí presentes, que comparten mi alegría y sienten gratitud y satisfacción por esta hora y por este momento. Mi hermano ya lo ha dicho:  Austria es, de modo muy particular, el país de la música. Quien piensa en Austria, piensa ante todo en la belleza de la creación, que el Señor ha donado a nuestro país vecino. Piensa en la belleza de los edificios, en la cordialidad de las personas, pero también, y por encima de todo, piensa en la música, cuyos grandes nombres acaban de ser mencionados, y también en la ejecución de la música:  los niños cantores de Viena, la filarmónica de Viena, el festival de Salzburgo, etc. Por eso, asume notable importancia el hecho de que este amado país vecino, Austria, confiera a mi hermano esta condecoración. Y también yo quiero dar las gracias de todo corazón.

Imagino que también para la nueva generación de cantores de la catedral, instruidos por el maestro de capilla, es motivo de estímulo y de alegría que se reconozca de este modo un trabajo de treinta años, y que eso les ayude a honrar en este tiempo, en el que lo necesitamos de forma especial, el mensaje de Dios y a llevar la alegría a los hombres con nuevo entusiasmo y con nuevo impulso. Gracias.

 

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