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DISCURSO DEL PAPA BENEDICTO XVI
AL FINAL DE LA CEREMONIA DE BEATIFICACIÓN
DE TRES SIERVOS DE DIOS


Domingo 13 de noviembre de 2005

 

Queridos hermanos y hermanas: 

En este XXXIII domingo del tiempo ordinario tenemos la alegría de venerar a tres nuevos beatos:  el sacerdote Carlos de Foucauld, María Pía Mastena, fundadora de la congregación de las Religiosas de la Santa Faz, y María Crucificada Curcio, fundadora de las Religiosas Carmelitas de Santa Teresa del Niño Jesús, tres personas que, de diversas formas, consagraron su existencia a Cristo y proponen de nuevo a todo cristiano el ideal sublime de la santidad. Os saludo cordialmente a todos vosotros, queridos amigos, que habéis venido de varias partes del mundo para participar en esta solemne manifestación de fe. De modo especial, saludo al cardenal José Saraiva Martins, prefecto de la Congregación para las causas de los santos, y le doy las gracias por haber presidido la celebración eucarística, durante la cual ha dado lectura a la Carta apostólica con la que he inscrito a estos siervos de Dios en el catálogo de los beatos.

Queridos hermanos y hermanas en Cristo, demos gracias por el testimonio ofrecido por Carlos de Foucauld. Mediante su vida contemplativa y escondida en Nazaret, encontró la verdad de la humanidad de Jesús, invitándonos a contemplar el misterio de la Encarnación. Allí aprendió mucho sobre el Señor, a quien quiso seguir con humildad y pobreza. Descubrió que Jesús, que vino a congregarnos en nuestra humanidad, nos invita a la fraternidad universal, que él vivió más tarde en el Sahara, y al amor del que Cristo nos dio ejemplo. Como sacerdote, puso la Eucaristía y el Evangelio en el centro de su existencia, las dos mesas, de la palabra de Dios y del Pan, fuente de la vida cristiana y de la misión.

Dirijo un saludo cordial a cuantos han venido aquí para rendir homenaje a la beata María Pía Mastena. De modo especial, saludo a los peregrinos de su pueblo natal, Bovolone, y de la ciudad de San Fior, donde se conservan sus restos mortales, así como a los fieles provenientes de varias diócesis italianas, de Brasil y de Indonesia. Cuán actual es el carisma de la beata María Pía que, conquistada por la faz de Cristo, asimiló los sentimientos de dulce solicitud del Hijo de Dios hacia la humanidad desfigurada por el pecado, realizó gestos de compasión y luego proyectó un Instituto con la finalidad de "propagar, reparar y restablecer la imagen del dulce Jesús en las almas". Que esta nueva beata obtenga el don de un constante anhelo de santidad a todos los que la veneran con afecto y devoción.

Saludo ahora a los peregrinos que, de varias regiones de Italia y del mundo, han venido para honrar a la beata María Crucificada Curcio. A todos y a cada uno dirijo mi cordial saludo, especialmente a quienes forman parte de la familia espiritual de las Religiosas Carmelitas Misioneras de Santa Teresa del Niño Jesús. Esta nueva beata puso en el centro de su vida, la presencia de Jesús misericordioso, encontrado y adorado en el sacramento de la Eucaristía. Una auténtica pasión por las almas caracterizó la vida de la madre María Crucificada, que cultivaba con fuerza la "reparación espiritual" para corresponder al amor de Jesús por nosotros. Su existencia fue una oración continua, incluso cuando iba a servir a la gente, especialmente a las jóvenes pobres y necesitadas. Que desde el cielo la beata María Crucificada Curcio siga velando sobre la congregación que fundó y sobre todos sus devotos.

Queridos hermanos y hermanas, demos gracias al Señor por el don de estos nuevos beatos y esforcémonos por imitar sus ejemplos de santidad. Que su intercesión nos obtenga vivir en la fidelidad a Cristo y a su Iglesia. Acompaño estos deseos con la seguridad de un recuerdo cordial en la oración, a la vez que os imparto a todos vosotros aquí presentes y a vuestros seres queridos la bendición apostólica.

 

© Copyright 2005 - Libreria Editrice Vaticana

 

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