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ENTREVISTA
DEL PAPA BENEDICTO XVI A LA TELEVISIÓN POLACA
Domingo 16 de octubre de
2005
Gracias de todo corazón, Padre Santo, por habernos concedido
esta breve entrevista, con ocasión de la Jornada del Papa que se celebra en
Polonia.
El 16 de octubre de 1978, el Card. Karol
Wojtyla se convirtió en Papa y desde aquel día en Juan Pablo II, durante más de
26 años, como Sucesor de San Pedro, y como Usted ha dicho, ha guiado a la
Iglesia junto con los obispos y los cardenales. Entre los cardenales estaba
también Vuestra Santidad, persona singularmente apreciada y estimada por su
predecesor; persona de la que el pontífice Juan Pablo II escribió en el libro
«Alzaos y vamos» - y aquí cito - «Doy gracias a Dios por la presencia y la ayuda
del cardenal Ratzinger. Es un amigo seguro», ha escrito Juan Pablo II.
Santo Padre ¿cómo comenzó esta amistad y cuándo conoció Su
Santidad al cardenal Karol Wojtyla?
R: Personalmente le conocí sólo en los dos
pre-cónclaves y cónclaves de 1978. Naturalmente había oído hablar del cardenal
Wojtyla, al principio sobre todo en el contexto de la correspondencia entre los
obispos polacos y alemanes en el 65. Los cardenales alemanes me han informado
del enorme mérito y la contribución del arzobispo de Cracovia, que era el alma
de esta correspondencia realmente histórica. Había oído también hablar a
mis amigos universitarios sobre su filosofía y su gran figura como pensador.
Pero, como he dicho, el primer encuentro personal tuvo lugar en el cónclave del
78. Desde el comienzo he sentido una gran simpatía por él y, gracias a Dios, el
cardenal de aquel tiempo me otorgó desde el principio su amistad, inmerecida por
mi parte. Estoy agradecido por la confianza que me dio, sin mérito mío alguno.
Sobre todo, viéndole rezar, comprendí, no sólo vi, que era un hombre de Dios.
Esta era la impresión fundamental: un hombre que vive con Dios, más aún en Dios.
Además me ha impresionado la cordialidad, sin prejuicios, con la que se ha
encontrado conmigo. En estos encuentros del pre-cónclave de los
cardenales tomó la palabra en diversas ocasiones y ahí tuve también la
posibilidad de percibir su estatura de pensador. Sin grandes palabras así surgió
una amistad, desde el corazón y, nada más producirse su elección, el Papa me
llamó en diversas ocasiones a Roma para charlar y al final me nombró Prefecto de
la Congregación para la Doctrina de la Fe.
P: ¿Por lo tanto no fue una sorpresa el nombramiento, ni su convocación a
Roma?
R: Para mí era un poco difícil, porque desde el comienzo de
mi episcopado en Munich, con la solemne consagración como obispo en la catedral
de Munich, era para mí una obligación, casi un matrimonio con esta diócesis y
habían subrayado que desde hacía varios decenios yo era el primer obispo
originario de la diócesis. Me sentía, por tanto, muy obligado y ligado con esta
diócesis. Además existían problemas difíciles que todavía no habían sido
resueltos y no quería dejar a la diócesis con ellos. De todo esto hablé con el
Santo Padre con gran apertura, y con esa confianza que tenía el Santo Padre, que
era muy paterno conmigo. Me dio tiempo para reflexionar y él mismo también lo
quería pensar. Al final me convenció, porque esa era la voluntad de Dios. Así pude aceptar esa llamada y esa gran responsabilidad, nada
fácil, que de por sí superaba mis capacidades. Pero con la confianza en
la paterna benevolencia del Papa y con la guía del Espíritu Santo, pude decir
que sí.
P: Esta experiencia duró más de 20 años...
R: Sí, llegué en febrero de 1982 y ha durado hasta la muerte
del Papa en el 2005.
P: ¿Cuáles son,
según usted, Santo Padre, los puntos más significativos del Pontificado de Juan
Pablo II?
R: Yo diría que podemos tener dos puntos de vista: uno ad
extra —al mundo— y uno
ad intra —a la Iglesia—. Respecto del mundo, me
parece que el Santo Padre, con sus discursos, su persona, su presencia, su
capacidad de convencer, ha creado una nueva sensibilidad hacia los valores
morales, a la importancia de la religión en el mundo. Esto ha hecho que se
crease una nueva apertura, una nueva sensibilidad para los problemas de la
religión, para la necesidad de la dimensión religiosa del hombre y, sobre todo,
ha crecido —de forma inimaginable— la importancia del obispo de Roma. Todos
los cristianos han reconocido —no obstante las diferencias y no obstante su no
reconocimiento del sucesor de Pedro–– que él es el portavoz de la cristiandad. Nadie más que él, a nivel mundial, puede hablar así en nombre de
la cristiandad y dar voz y fuerza, en la actualidad del mundo, a la realidad
cristiana. Pero también para los no cristianos y para las otras religiones, él
fue el portavoz de los grandes valores de la humanidad. También hay que
mencionar que consiguió crear un clima de diálogo entre las grandes religiones y
un sentido de responsabilidad común que todos tenemos para con el mundo, pero
que también las violencias y las religiones son incompatibles y que juntos hemos
de buscar el camino para la paz, en una responsabilidad común hacia la
humanidad. Traslademos la atención ahora hacia la situación de la
Iglesia. Debo decir, ante todo, que supo entusiasmar a la juventud con Cristo. Esto es nuevo si pensamos en la juventud del 68 y de los años
setenta. Que la juventud se haya entusiasmado por Cristo y por la Iglesia y
también por valores difíciles sólo podía conseguirlo una personalidad con aquel
carisma; sólo él podía movilizar a la juventud del mundo por la causa de Dios y
por el amor de Cristo, de la manera como él lo hizo. En la Iglesia ha
creado ––pienso– un nuevo amor por la Eucaristía. Estamos todavía en el Año de
la Eucaristía, querido por él, con tanto amor; ha dado un nuevo sentido a la
grandeza de la Misericordia Divina; y también ha profundizado mucho en el amor a
la Virgen y nos ha guiado así hacia una interiorización de la fe y, al mismo
tiempo, a una mayor eficacia. Es necesario mencionar naturalmente, como todos
sabemos, lo esencial que ha sido también su contribución a los grandes cambios
del mundo en el año 89, por la caída del así llamado socialismo real.
P: ¿A lo largo de sus encuentros personales y de los
coloquios con Juan Pablo II, cual fue lo que más impactó a Vuestra Santidad? ¿Podría contarnos sus últimos encuentros, tal vez de este año,
con Juan Pablo II?
R: Sí. Los últimos dos encuentros los tuve,
el primero, en el Policlínico Gemelli, en torno al 5-6 de febrero; y el segundo,
el día anterior a su muerte, en su habitación. En el primer encuentro el
Papa sufría visiblemente, pero estaba totalmente lúcido y muy presente. Yo había
ido sólo para un encuentro de trabajo, porque necesitaba alguna decisión suya.
El Santo Padre, aunque sufriendo, seguía con gran atención cuanto le decía. Me
comunicó en pocas palabras sus decisiones, me dio su bendición, me saludó en
alemán, concediéndome toda su confianza y amistad. Para mi fue muy conmovedor
ver, por una parte, cómo su sufrimiento estaba unido al Señor sufriente, cómo
llevaba su sufrimiento con el Señor y por el Señor; y, por otra parte, ver cómo
resplandecía su serenidad interior y su completa lucidez. El segundo encuentro
fue el día antes de que muriera: estaba, obviamente, más dolorido, se notaba,
rodeado de médicos y amigos. Estaba todavía muy lucido y me dio su bendición. Ya
no podía hablar mucho. Para mi, esta paciencia suya en el sufrir, ha sido una
gran enseñanza, sobre todo el llegar a ver y sentir cómo estaba en las manos de
Dios y cómo se abandonaba a su voluntad. A pesar de los dolores
visibles, estaba sereno, porque estaba en las manos del Amor Divino.
P: Usted, Santo Padre, en sus discursos evoca a menudo la
figura de Juan Pablo II, y de Juan Pablo II dice que era un gran Papa, un
llorado y venerado predecesor. Siempre recordamos las palabras de Su Santidad,
pronunciadas en la Misa del 20 de abril pasado, palabras dedicadas justamente a
Juan Pablo II. Ha sido Usted, Santo Padre, quien dijo
—y aquí cito— “parece como
si él me tuviera agarrado fuerte de la mano, veo sus ojos sonrientes y escucho
sus palabras, que en aquel momento me dirige a mí de forma particular: “¡no
tengas miedo!”. Santo Padre, por fin una pregunta muy personal ¿sigue sintiendo
usted la presencia de Juan Pablo II? Y si es así, ¿de qué manera?
R: Ciertamente. Comienzo respondiendo a la primera parte de
su pregunta. En un principio, hablando de la herencia del Papa, había olvidado
hablar de tantos documentos que nos ha dejado —14 encíclicas,
muchas Cartas
Pastorales y otros muchos— y todo esto representa un patrimonio riquísimo que
todavía no ha sido suficientemente asimilado en la Iglesia. Considero justamente
una misión esencial y personal mía el no producir tantos documentos nuevos como
el conseguir que aquellos documentos sean asimilados, porque son un tesoro
riquísimo, son la auténtica interpretación del Vaticano II. Sabemos que el Papa
era el hombre del Concilio, que había asimilado interiormente el espíritu y la
letra del Concilio y con estos textos nos hace comprender qué es lo que
realmente quería y no quería el Concilio. Nos ayuda a ser verdaderamente Iglesia
de nuestro tiempo y del tiempo venidero. Ahora vengo a la segunda parte de su
pregunta. El Papa me resulta siempre cercano a través de sus textos: le oigo y
le veo hablar, y puedo estar en diálogo continuo con el Santo Padre porque con
estas palabras habla siempre conmigo, conozco también el origen de muchos
textos, recuerdo los diálogos que tuvimos sobre cada uno de ellos. Puedo
continuar el diálogo con el Santo Padre. Naturalmente esta cercanía a través de
las palabras es una cercanía no sólo de textos sino con la persona, más allá de
los textos escucho al Papa mismo. Un hombre que va con el Señor no se aleja:
cada vez siento más que un hombre que va con el Señor se acerca todavía más y
siento que con el Señor está cercano a mí, en cuanto yo estoy cercano al Señor,
estoy cercano al Papa y él ahora me ayuda a estar cercano al Señor y trato de
entrar en su atmósfera de oración, de amor al Señor, de amor a la Virgen y me
encomiendo a sus oraciones. Hay así un diálogo permanente y también un estar
cerca, de una forma nueva, pero de una forma muy profunda.
P: Padre Santo ahora le esperamos en Polonia. Tanta gente
pregunta ¿cuándo vendrá el Papa a Polonia?
R: Sí, tengo intención de venir a Polonia, si Dios quiere, si
el tiempo me lo permite. He hablado con Mons. Dziwisz respecto a la fecha, y me
dicen que el mes de junio sería el periodo más apropiado. Naturalmente todo está
por organizar con las instancias competentes. En este sentido es una palabra
provisional, pero parece que posiblemente el próximo junio pueda venir a
Polonia, si el Señor me lo concede.
Santo Padre, en nombre de todos los
telespectadores, le agradezco de corazón esta entrevista. Gracias, Padre
Santo.
Gracias a usted.
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