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PALABRAS DEL PAPA BENEDICTO XVI
AL FINAL DEL CONCIERTO
DE LA ORQUESTA FILARMÓNICA DE MUNICH


Sala Pablo VI
Jueves 20 de octubre de 2005

 

Señores cardenales;
venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio;
amables señores y señoras: 


Al final del concierto, deseo saludar cordialmente a todos los que lo han preparado y ejecutado, así como a cuantos han honrado con su presencia esta interesante manifestación artística y musical. Quisiera expresar mi viva gratitud a cuantos nos han ofrecido este don, apreciado por todos.

Ante todo, doy las gracias al señor Christian Thielemann, director general, y a todos los miembros de la Orquesta filarmónica de Munich, cuyo virtuosismo musical es siempre motivo de entusiasmo. Asimismo, expreso mi gratitud al coro Athestis, formado por cantores profesionales, constantemente seleccionados según los repertorios que se deben interpretar, para corresponder siempre a las mayores exigencias de calidad musical. Por último, doy las gracias de corazón a los cantores de la catedral de Ratisbona y a su director, el maestro del coro Roland Büchner. Me siento orgulloso y agradecido de que este magnífico coro, que cuenta con una ininterrumpida tradición milenaria, haya sido dirigido con empeño durante treinta años por mi hermano Georg, y que ahora, con Roland Büchner, esté de nuevo en muy buenas manos.

Expreso también mi agradecimiento a quienes han contribuido a la organización y al éxito de este importante acontecimiento musical, que ha sido grabado por las radios de Baviera y Sarre, en colaboración con Columbia Artists y Unitel.

En un gran arco, desde Palestrina hasta Richard Wagner, desde Wolfgang Amadeus Mozart hasta Giuseppe Verdi y Hans Pfitzner, este concierto nos ha permitido experimentar algo de la amplitud de la creatividad musical que se ha alimentado siempre, en definitiva, de las raíces cristianas de Europa. Aunque Wagner, Pfitzner y Verdi nos llevan a nuevas zonas de la experiencia de la realidad, sigue estando presente, y de forma eficaz, el fundamento común del espíritu europeo puesto por el cristianismo. En este concierto hemos comprobado de nuevo cómo una música de alto nivel nos purifica y eleva y, en última instancia, nos hace sentir la grandeza y la belleza de Dios.

Precisamente por habernos ayudado también a nosotros a elevar nuestro espíritu a Dios, renuevo en nombre de los presentes un cordial agradecimiento a los artistas que componen la orquesta, a los cantores y a quienes programaron y realizaron esta velada. Expreso mis mejores deseos de que la armonía del canto y de la música, que no conoce barreras sociales y religiosas, represente una constante invitación a los creyentes y a todas las personas de buena voluntad a buscar juntos el lenguaje universal del amor, que capacita a los hombres para construir un mundo de justicia y solidaridad, de esperanza y paz. Con estos deseos, invoco sobre cada uno de vosotros la asistencia divina, a la vez que os bendigo de corazón a vosotros, aquí presentes, y a cuantos siguen el concierto a través de la radio y la televisión.

 

© Copyright 2005 - Libreria Editrice Vaticana

 

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