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DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
A LOS MIEMBROS DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL
DE COSTA DE MARFIL EN VISITA "AD LIMINA APOSTOLORUM"


Lunes 3 de abril de 2006

 

Señor cardenal;
queridos hermanos en el episcopado: 


Os acojo con alegría en estos días en que realizáis vuestra visita ad limina Apostolorum, manifestando así vuestro vínculo indefectible con el Sucesor de Pedro y con la Iglesia universal. En efecto, el obispo, que "es principio visible y fundamento de la unidad en la propia Iglesia particular, es también el vínculo visible de la comunión eclesial entre su Iglesia particular y la Iglesia universal" (Pastores gregis, 55). Agradezco al presidente de vuestra Conferencia episcopal, monseñor Laurent Akran Mandjo, las amables palabras que me ha dirigido en vuestro nombre, bosquejando un vasto panorama de la situación de la Iglesia en Costa de Marfil. A vuestro regreso, transmitid a todos el afectuoso saludo del Papa y la seguridad de su oración ferviente para que la nación recobre la unidad y la paz en una auténtica fraternidad entre todos sus hijos.

En efecto, por desgracia, la crisis que vive vuestro país ha puesto de manifiesto las divisiones, que constituyen una herida profunda en las relaciones entre los diferentes componentes de la sociedad. Las violencias que han derivado han minado gravemente la confianza entre las personas y la estabilidad del país, dejando tras de sí muchos sufrimientos difíciles de sanar. El restablecimiento de una paz verdadera sólo será posible mediante el perdón generosamente dado y mediante la reconciliación efectivamente realizada entre las personas y entre los grupos implicados. Para lograrlo, todas las partes involucradas deben aceptar proseguir valientemente el diálogo, a fin de examinar de manera profunda y leal las causas que han llevado a la situación actual y para encontrar la manera de llegar a una solución aceptable para todos, en la justicia y la verdad. El camino de la paz es largo y difícil, pero nunca es imposible.

Queridos hermanos en el episcopado, en este esfuerzo común, los católicos han ocupado su lugar, pues la construcción de un mundo reconciliado también les corresponde a ellos. Tienen el deber de contribuir a que se instauren relaciones armoniosas y fraternas entre las personas y entre las comunidades. Para que la realización plena de este objetivo sea creíble, es necesario en primer lugar volver a suscitar la confianza entre los discípulos de Cristo, a pesar de las divergencias de opinión que pueden manifestarse entre ellos, ya que es ante todo en el seno de la Iglesia donde debe vivirse un amor auténtico, en la unidad y la reconciliación, siguiendo así la enseñanza del Señor:  "En esto conocerán todos que sois discípulos míos:  si os tenéis amor los unos a los otros" (Jn 13, 35).

Por tanto, los cristianos deben dejarse transformar por la fuerza del Espíritu, para ser verdaderos testigos del amor del Padre, que quiere hacer de todos los hombres una única familia. Su actividad, que los impulsa al encuentro de los sufrimientos y las necesidades de sus hermanos, será entonces una expresión convincente. En vuestras Iglesias diocesanas, ante las tensiones políticas o étnicas, los obispos, los sacerdotes y las personas consagradas deben ser para todos modelos de fraternidad y caridad, y contribuir con sus palabras y actitudes a la edificación de una sociedad unida y reconciliada.
 
Desde esta perspectiva, la formación inicial y permanente de los sacerdotes ha de ser siempre una de vuestras principales preocupaciones. Para afrontar las situaciones difíciles del mundo actual, y sobre todo para permitir a los sacerdotes edificar plenamente su ser sacerdotal, esta formación ha de privilegiar la vida espiritual. En efecto, el sacerdote tiene por misión ayudar a los fieles a descubrir el misterio de Dios y a abrirse a los demás. Para ello, debe buscar auténticamente a Dios, permaneciendo al mismo tiempo cercano a las preocupaciones de los hombres. Una vida espiritual intensa, que le permita entrar en una comunión más profunda con el Señor, le ayudará a dejarse poseer por el amor de Dios, para poder anunciar a los hombres que este amor no se detiene ante nada.

Por otra parte, viviendo fielmente la castidad en el celibato, el sacerdote manifestará que todo su ser es entrega de sí mismo a Dios y a sus hermanos. Así pues, os invito a velar con solicitud paterna sobre vuestros sacerdotes, y a fomentar la unidad y la vida fraterna entre ellos. Ojalá encuentren en vosotros a un hermano que los escuche, que los sostenga en los momentos difíciles, y a un amigo que los anime a progresar en su vida personal y en el anuncio del Evangelio.

En vuestras relaciones quinquenales habéis puesto de relieve la urgencia de la formación de los laicos. En efecto, profundizar en la fe es una necesidad para poder resistir a la tentación de volver a las prácticas antiguas o al atractivo de las sectas y, sobre todo, para dar razón de la esperanza cristiana en un mundo complejo en el que es preciso afrontar problemas nuevos y graves. Os exhorto sobre todo a dar a los catequistas, cuya dedicación al servicio de la Iglesia es digna de alabanza, una formación sólida que los capacite para cumplir la misión que se les ha confiado, viviendo su fe de una manera coherente. Los fieles, en especial los que están comprometidos en los ambientes intelectuales, políticos y económicos, encontrarán en el Compendio de la doctrina social de la Iglesia un instrumento fundamental para la formación y la evangelización, con vistas a su crecimiento humano y espiritual, y a su misión en el mundo.

Para que la Iglesia sea un signo cada vez más comprensible de lo que es y cumpla cada vez mejor su misión, la tarea de inculturación de la fe es una necesidad. Este proceso, tan importante para el anuncio del Evangelio a todas las culturas, no debe poner en peligro la especificidad y la integridad de la fe, sino que debe ayudar a los cristianos a comprender y a vivir mejor el mensaje evangélico en su propia cultura, y a saber renunciar a las prácticas que van en contra de los compromisos bautismales.

Como habéis mencionado en vuestras relaciones, a menudo el peso de la mentalidad tradicional es un obstáculo para la acogida del Evangelio. Por eso, entre las numerosas cuestiones que se plantean a los fieles, la del compromiso en el sacramento del matrimonio es una de las más importantes. Con frecuencia, la poligamia o la cohabitación de hecho, sin celebración religiosa, son los obstáculos mayores. Así pues, es necesario proseguir sin descanso el esfuerzo que habéis emprendido para hacer que se acepte mejor, sobre todo por los jóvenes, que para el cristiano el matrimonio es un camino de santidad. "El matrimonio exige un amor indisoluble; gracias a esta estabilidad, puede contribuir eficazmente a realizar totalmente la vocación bautismal de los esposos" (Ecclesia in Africa, 83).

Por último, quisiera destacar también con interés el desarrollo en vuestras diócesis de los movimientos eclesiales, que contribuyen a dar un nuevo impulso misionero a las comunidades cristianas. Invito a los miembros de esos grupos a profundizar cada vez más su conocimiento personal de Cristo, para entregarse con generosidad a él, permaneciendo profundamente arraigados en la fe de la Iglesia. Sin embargo, esos movimientos deben ser objeto de un discernimiento iluminado y constante por parte de los obispos, para garantizar la eclesialidad de su camino y mantener una comunión auténtica con la Iglesia universal y diocesana.

Queridos hermanos en el episcopado, al concluir este encuentro, deseo reafirmaros el afecto del Sucesor de Pedro por el pueblo marfileño, dirigiéndole de nuevo con insistencia "una invitación a proseguir el diálogo constructivo, con vistas a la reconciliación y a la paz" (Ángelus, 22 de enero de 2006). Os encomiendo a la intercesión de Nuestra Señora, Reina de la paz, a vosotros así como a los sacerdotes, a los religiosos y religiosas, a los catequistas y a todos vuestros diocesanos. A todos imparto de corazón la bendición apostólica.

 

© Copyright 2006 - Libreria Editrice Vaticana

 

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