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DECLARACIÓN COMÚN
DEL PAPA BENEDICTO XVI Y DE SU BEATITUD CHRISTÓDULOS
1. Nosotros, Benedicto XVI, Papa y Obispo de Roma, y Cristódulos,
Arzobispo de Atenas y de toda Grecia, en este lugar sagrado de Roma, famoso por
la predicación evangélica y el martirio de los apóstoles san Pedro y san Pablo,
deseamos vivir cada vez más intensamente nuestra misión de dar un testimonio
apostólico, de transmitir la fe tanto a los cercanos como a los alejados, y de
anunciarles la buena nueva del nacimiento del Salvador, que unos y otros
celebraremos próximamente. Asimismo, tenemos la responsabilidad común de
superar, en el amor y la verdad, las múltiples dificultades y las
dolorosas experiencias del pasado, para gloria de Dios, Trinidad Santísima, y de
su santa Iglesia.
2. Nuestro encuentro en la caridad nos hace, ante todo, más conscientes
de nuestra tarea común: recorrer juntos el arduo camino del diálogo en la
verdad con el fin de restablecer la plena comunión de fe en el vínculo del
amor. De este modo cumpliremos el mandato divino y haremos realidad la oración
de nuestro Señor Jesucristo, e iluminados por el Espíritu Santo que acompaña y
no abandona nunca a la Iglesia de Cristo, proseguiremos nuestro empeño en este
camino, siguiendo el ejemplo apostólico y dando prueba de amor recíproco y de
espíritu de colaboración.
3. Reconocemos los pasos importantes que se han dado en el diálogo de la caridad
y gracias a las decisiones del concilio Vaticano II en materia de las relaciones
recíprocas. Además, esperamos que el diálogo teológico bilateral haga
fructificar estos elementos positivos para formular proposiciones aceptadas por
ambas partes con espíritu de reconciliación, a ejemplo de nuestro ilustre Padre
de la Iglesia, san Basilio Magno, el cual, en un tiempo de numerosas divisiones
del cuerpo eclesial, expresaba su convicción de que "con una comunicación mutua
más duradera y con debates sin espíritu de rivalidad, si hiciera falta alguna
nueva aclaración, el Señor la proporcionará, pues él hace que todas las cosas
contribuyan al bien de los que lo aman" (Carta 113).
4. Afirmamos unánimemente la necesidad de perseverar en el camino de un diálogo
teológico constructivo. En efecto, a pesar de las dificultades que se han
constatado, este es uno de los caminos fundamentales de que disponemos para
restablecer la unidad tan anhelada del cuerpo eclesial en torno al altar del
Señor, así como para reforzar la credibilidad del mensaje cristiano en una época
de cambios en las sociedades en que vivimos, pero también de grandes búsquedas
espirituales por parte de un gran número de nuestros contemporáneos, que también
están preocupados ante la creciente globalización, que a veces amenaza al hombre
incluso en su existencia y en su relación con Dios y con el mundo.
5. De modo muy especial, renovamos solemnemente nuestro deseo de anunciar al
mundo el Evangelio de Jesucristo, sobre todo a las nuevas generaciones, pues "el
amor de Cristo nos apremia" (2 Co 5, 14) a hacer que descubran al Señor,
que vino a nuestro mundo para que todos tengan la vida y la tengan en
abundancia. Esto es particularmente importante en nuestras sociedades donde
numerosas corrientes de pensamiento alejan de Dios y no dan sentido a la
existencia.
Queremos anunciar el Evangelio de gracia y de amor, para que todos
los hombres estén también en comunión con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo,
y así su alegría sea perfecta.
6. Pensamos que las religiones tienen un papel que desempeñar para garantizar la
difusión de la paz en el mundo y que de modo alguno deben ser focos de
intolerancia ni de violencia. Como líderes religiosos cristianos, exhortamos
juntos a todos los líderes religiosos a proseguir y reforzar el diálogo
interreligioso, y a trabajar para crear una sociedad de paz y fraternidad entre
las personas y entre los pueblos. Esta es una de las misiones de las religiones.
En este sentido, los cristianos trabajan y quieren seguir trabajando en el
mundo, junto con todos los hombres y mujeres de buena voluntad, con espíritu de
solidaridad y fraternidad.
7. Deseamos rendir homenaje a los impresionantes progresos realizados en todos
los ámbitos de la ciencia, especialmente en los que atañen al hombre,
pero invitando a los responsables y a los científicos a respetar el carácter
sagrado de la persona humana y de su dignidad, pues su vida es un don divino.
Nos preocupa ver que las ciencias llevan a cabo experimentos con seres humanos,
que no respetan la dignidad ni la integridad de la persona en todas las etapas
de su existencia, desde la concepción hasta su término natural.
8. Además, pedimos que se muestre mayor sensibilidad para proteger de modo
más eficaz en nuestros países, en Europa y en el ámbito internacional,
los derechos fundamentales del hombre, fundados en la dignidad de la persona
creada a imagen de Dios.
9. Anhelamos una fecunda colaboración para ayudar a nuestros contemporáneos a
que descubran de nuevo las raíces cristianas del Continente europeo, que han
forjado las diversas naciones y contribuido al desarrollo de vínculos cada vez
más armoniosos entre ellas. Eso les ayudará a vivir y promover los valores
humanos y espirituales fundamentales para las personas, así como para el
desarrollo de las sociedades mismas.
10. Reconocemos los méritos de los progresos de la tecnología y de la
economía para gran número de sociedades modernas. Sin embargo, invitamos a
los países ricos a prestar mayor atención a los países en vías de desarrollo y a
los países más pobres, con el deseo de compartir los bienes con actitud
solidaria y reconociendo que todos los hombres son hermanos nuestros y que
tenemos el deber de ayudar a los más pequeños y pobres, que son los predilectos
del Señor. En este sentido, es también muy importante que no se explote de modo
abusivo la creación, obra de Dios. Hacemos un llamamiento a las personas que
tienen responsabilidades en la sociedad y a todos los hombres de buena voluntad
para que se comprometan a tratar de modo sensato y respetuoso la creación,
a fin de que sea usada correctamente, con espíritu de solidaridad, sobre
todo respecto a los pueblos que viven en situación de hambre, y para legar a las
generaciones futuras una tierra realmente habitable para todos.
11. De acuerdo con nuestras convicciones comunes, reafirmamos nuestro deseo de
colaborar en el desarrollo de la sociedad, con una cooperación constructiva, al
servicio del hombre y de los pueblos, dando un testimonio de la fe y de la
esperanza que nos animan.
12. Pensando de modo especial en los fieles ortodoxos y católicos, los saludamos
y los encomendamos a Cristo, el Salvador, para que sean testigos incansables del
amor de Dios, y elevamos una ferviente oración para que el Señor conceda a todos
los hombres el don de la paz, en la caridad y la unidad de la familia humana.
Vaticano, 14 de diciembre de 2006
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