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DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI A LOS ESTUDIANTES
UNIVERSITARIOS DE ROMA AL FINAL DE LA MISA EN LA BASÍLICA DE SAN PEDRO
Jueves 14 de diciembre de 2006
Queridos amigos:
También este año tengo la grata oportunidad de encontrarme con el mundo
universitario romano, y de intercambiar con vosotros las felicitaciones por la
santa Navidad ya cercana. Saludo al cardenal Camillo Ruini, que ha presidido la
celebración eucarística y os ha guiado en la reflexión sobre los textos
litúrgicos. Doy las gracias al rector de la universidad Roma 3 y a la joven
estudiante, que se han hecho portavoces de vuestra cualificada asamblea. A todos
y cada uno os saludo con afecto.
Nos encontramos en la cercanía de la Navidad, que es la fiesta de los regalos,
como recordé el domingo pasado al visitar la nueva parroquia romana dedicada a
Santa María, Estrella de la Evangelización. Los regalos navideños nos recuerdan
el regalo por excelencia, que el Hijo de Dios nos hizo de sí mismo en la
Encarnación. Por eso, con ocasión de la Navidad oportunamente se hacen muchos
regalos, que la gente se intercambia durante estos días.
Sin embargo, es importante no olvidar el Regalo principal, del que los demás
regalos son solamente un símbolo. La Navidad es el día en que Dios se entregó a
sí mismo a la humanidad y este regalo suyo, por decirlo así, llega a ser
perfecto en la Eucaristía. Como dije a los niños de la parroquia romana citada
que se están preparando para la primera Comunión y la Confirmación, bajo la
apariencia de un pedacito de pan es Jesús mismo quien se nos entrega y quiere
entrar en nuestro corazón.
Vosotros, queridos jóvenes, este año estáis reflexionando precisamente sobre el
tema de la Eucaristía, de acuerdo con el itinerario espiritual y pastoral
preparado por la diócesis de Roma. El misterio eucarístico constituye el punto
de convergencia privilegiado entre los diversos ámbitos de la existencia
cristiana, incluido el de la búsqueda intelectual.
Jesús Eucaristía, encontrado en la liturgia y contemplado en la adoración, es
como un "prisma" a través del cual se puede penetrar mejor en la realidad desde
diversas perspectivas: ascética y mística, intelectual y especulativa,
histórica y moral.
En la Eucaristía Cristo está realmente presente y la santa misa es memorial vivo
de su Pascua. El santísimo Sacramento es el centro cualitativo del cosmos y de
la historia. Por eso constituye un manantial inagotable de pensamiento y de
acción para cualquiera que esté en búsqueda de la verdad y quiera cooperar con
ella.
Por decirlo así, es un "concentrado" de verdad y de amor. No sólo ilumina el
conocimiento, sino también y sobre todo el actuar del hombre, su vivir "según la
verdad en la caridad" (Ef 4, 15), como dice san Pablo, en el compromiso
diario de actuar como Cristo mismo actuó. Así pues, la Eucaristía fomenta, en la
persona que se alimenta de ella con asiduidad y con fe, una fecunda unidad entre
contemplación y acción.
Queridos amigos, entremos en el misterio de la Navidad, ya cercana, a través de
la "puerta" de la Eucaristía: en la cueva de Belén adoremos al mismo Señor
que en el Sacramento eucarístico quiso hacerse nuestro alimento espiritual, para
transformar el mundo desde dentro, partiendo del corazón del hombre.
Sé que para muchos de vosotros, universitarios de Roma, ya es costumbre, al
inicio del año académico, hacer una especie de peregrinación diocesana a Asís, y
sé que también recientemente habéis participado en ella en gran número. Pues
bien, san Francisco y santa Clara, ¿no fueron ambos "conquistados" por el
misterio eucarístico? En la Eucaristía experimentaron el amor de Dios, el mismo
amor que en la Encarnación impulsó al Creador del mundo a hacerse pequeño, más
aún, el más pequeño y el servidor de todos.
Queridos amigos, al prepararos para la santa Navidad, tened los mismos
sentimientos de estos grandes santos, tan amados por el pueblo italiano. Como
ellos, contemplad al Niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre (cf.
Lc 2, 7. 12. 16).
Seguid el ejemplo de la Virgen María, la primera que contempló la humanidad del
Verbo encarnado, la humanidad de la Sabiduría divina. En el Niño Jesús, con el
que mantenía infinitos y silenciosos coloquios, reconocía el rostro humano de
Dios, de forma que la misteriosa Sabiduría del Hijo se grabó en la mente y en el
corazón de la Madre.
Por eso, María se convirtió en la "Sede de la Sabiduría", y con este título es
venerada de modo especial por la comunidad académica romana. A la Sedes
Sapientiae está dedicado un icono especial, que desde Roma ha visitado ya
varios países, peregrinando por instituciones universitarias. Hoy está presente
aquí, porque pasa de la delegación procedente de Bulgaria a la que ha venido de
Albania.
Saludo con afecto a los representantes de estas dos naciones y les deseo que,
per Mariam, sus respectivas comunidades académicas avancen cada vez más en
la búsqueda de la verdad y del bien, a la luz de la Sabiduría divina. Este deseo
lo dirijo de corazón a cada uno de vosotros, aquí presentes, y lo acompaño con
una bendición especial, que hago extensiva a todos vuestros seres queridos.
¡Feliz Navidad!
© Copyright 2006 - Libreria Editrice Vaticana
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