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DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
A SU BEATITUD ANTONIOS NAGUIB,
PATRIARCA DE ALEJANDRÍA DE LOS COPTOS


Viernes 15 de diciembre de 2006

 

Beatitud;
venerados hermanos en el episcopado;
queridos hijos e hijas de la Iglesia copta católica

Su primera visita oficial al Sucesor de Pedro desde su elección a la sede patriarcal de Alejandría de los coptos católicos, Beatitud, es un momento de gracia para la Iglesia. Le agradezco las palabras que acaba de dirigirme concernientes a su patriarcado y su oración por mi ministerio. Me alegra encontrarme aquí con usted, juntamente con obispos, sacerdotes y fieles de su patriarcado, para celebrar la "comunión eclesiástica" que tuve la dicha de concederle el pasado día 6 de abril.

Os saludo cordialmente a todos los que habéis venido para participar en este gran momento de comunión fraterna y de unidad de la Iglesia copta católica con la Sede apostólica. Aprovecho esta ocasión para saludar a Su Beatitud el cardenal Stéphanos II, patriarca emérito, al que me complace dar la bienvenida, pues ha consagrado su vida al servicio de Dios y de la Iglesia copta católica.
En la celebración de la Divina Liturgia es donde se manifiesta más claramente la comunión en Cristo que nos hace hermanos. En ella se expresa de modo pleno la comunión entre todos los católicos en torno al Sucesor de Pedro. Usted, Beatitud, es el padre y el jefe de la Iglesia copta católica de Alejandría, sede prestigiosa honrada a lo largo de los primeros cinco siglos como primer patriarcado después de Roma.

Vuestra comunidad patriarcal posee una rica tradición espiritual, litúrgica y teológica, la tradición alejandrina, cuyos tesoros forman parte del patrimonio de la Iglesia. Se benefició de la predicación del evangelista san Marcos, intérprete del apóstol san Pedro. Un vínculo especial de fraternidad une a vuestro patriarcado con la Sede de Pedro.

Por tanto, quiero aseguraros mi oración y mi apoyo para "la misión especial" que  el concilio ecuménico Vaticano II  encomendó a las Iglesias orientales  católicas:  "Promover la unidad de todos los cristianos, especialmente de los orientales" (Orientalium Ecclesiarum, 24), y en particular con vuestros hermanos de la Iglesia copta ortodoxa. Asimismo, desempeñáis un papel importante en el diálogo interreligioso, para desarrollar la fraternidad y la estima entre cristianos y musulmanes, y entre todos los hombres.

Beatitud, al ser nombrado patriarca, ha querido conservar su nombre, Antonios, que recuerda la gran corriente del monacato, nacido en Egipto y que la tradición relaciona con la obra de san Antonio, después de la de san Pacomio. Gracias a la aportación occidental de san Benito, el monacato se convirtió en un árbol frondoso que ha dado abundantes y  magníficos  frutos  en el mundo entero.

Al evocar la Iglesia copta, ¿cómo no pensar en los escritores, en los exegetas y en los filósofos, como Clemente de Alejandría y Orígenes, pero también en los grandes patriarcas, confesores y doctores de la Iglesia, como Atanasio y Cirilo, cuyos nombres ilustres marcan a lo largo de los siglos la fe de un pueblo fervoroso? Vosotros habéis seguido siempre sus huellas, desarrollando la investigación teológica y espiritual propia de vuestra tradición.

En el mundo actual vuestra misión es de gran importancia para vuestros fieles y para todos los hombres, a los que el amor de Cristo nos urge anunciar la buena nueva. Os felicito, en particular, por la atención que prestáis a la educación humana, espiritual, moral e intelectual de la juventud a través de una red escolar y catequística de calidad, que constituye un servicio a toda la sociedad.

Deseo vivamente que este compromiso por la educación sea cada vez más apreciado, para que se transmitan los valores fundamentales, manteniendo la identidad propia de las escuelas católicas. Así los jóvenes de hoy podrán llegar a ser hombres y mujeres responsables en sus familias y en la sociedad, deseosos de construir una solidaridad mayor y una fraternidad más profunda entre todos los componentes de la nación. Transmitid a los jóvenes mi estima y mi afecto, recordándoles que la Iglesia y toda la sociedad necesitan su entusiasmo y su esperanza.

Os invito a intensificar la formación de los sacerdotes y de los numerosos jóvenes que desean consagrarse al Señor. La vitalidad de las comunidades cristianas en el mundo actual requiere pastores según el corazón de Dios, que sean auténticos testigos del Verbo de Dios y guías que ayuden a los fieles a arraigar cada vez más profundamente su vida y su misión en Cristo.

Conozco muy bien el lugar que ocupa la vida consagrada en vuestra Iglesia. Que la pobreza, la castidad y la obediencia según los consejos evangélicos sean un testimonio y una llamada a la santidad para el mundo de hoy. Ojalá que los miembros de los institutos consagrados sigan cumpliendo su misión, sobre todo entre los jóvenes y entre las personas  más  desamparadas de la sociedad.

Al final de nuestro encuentro, Beatitud, le expreso mi deseo fraterno de que el Espíritu Santo lo ilumine en el desempeño de su misión, que lo consuele en las dificultades y que le conceda la alegría de ver crecer a su Iglesia patriarcal en fervor y en número. Al inicio de su ministerio, quiero repetir a todos las palabras de Cristo a sus discípulos:  "No temas, pequeño rebaño, porque a vuestro Padre le ha parecido bien daros a vosotros el Reino" (Lc 12, 32).

A la vez que dirijo mi cordial saludo, a través de vosotros, a todo el pueblo egipcio, os encomiendo a todos a la intercesión de la Virgen María y de todos los santos coptos.

Os imparto de corazón una afectuosa bendición apostólica a vosotros, así como a los obispos y a todos los fieles de vuestro patriarcado.

 

© Copyright 2006 - Libreria Editrice Vaticana

 

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