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DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI AL SEGUNDO GRUPO
DE OBISPOS DE LA REPÚBLICA DEMOCRÁTICA DEL CONGO
Lunes 6 de
febrero de 2006
Queridos hermanos en el episcopado:
Con alegría os acojo, mientras venís en peregrinación a los lugares donde los
apóstoles san Pedro y san Pablo dieron testimonio de Cristo Salvador hasta el
martirio. Deseo vivamente que vuestros encuentros con el Papa y con sus
colaboradores, expresión de comunión de vuestras Iglesias locales con la Sede de
Pedro, acrecienten vuestro impulso apostólico al servicio del pueblo de Dios que
se os ha encomendado. Os agradezco todo lo que me habéis transmitido durante
nuestros encuentros. Asegurad a vuestros diocesanos mi cercanía espiritual,
ahora que están invitados, juntamente con todos los habitantes del país, a
movilizarse para lograr la paz y la reconciliación, después de años de guerra
que han provocado millones de víctimas, especialmente en vuestra región. Es
necesario que sean valientes defensores de la dignidad de todo ser humano y
testigos audaces de la caridad de Cristo, para construir una sociedad cada vez
más justa y fraterna.
El imperativo de la caridad
El compromiso en favor de la paz es un desafío planteado a la misión
evangelizadora del obispo. Vuestros informes quinquenales describen las
difíciles condiciones en las que ejercéis vuestro ministerio. Los conflictos
pasados y los focos de inseguridad que perduran, dejan profundas heridas en la
población, provocando cansancio y desaliento. Durante este año, que vuestra
Iglesia local dedica a la beata Anuarite Nengapeta, deseo que el imperativo de
la caridad os movilice y que, mediante la santidad de vuestra vida y el
dinamismo misionero que os anima, seáis vosotros mismos profetas de justicia y
de paz.
En efecto, "para la Iglesia, la caridad no es una especie de actividad de
asistencia social que también se podría dejar a otros, sino que pertenece a su
naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia" (Deus
caritas est, 25). Me alegra el trabajo pastoral de cercanía realizado en las
comunidades eclesiales vivas por los sacerdotes y las personas
consagradas, así como por los diferentes organismos caritativos, para compartir
esta preocupación por la caridad vivida al servicio de los más humildes,
convirtiéndose en testigos creíbles del amor que Cristo siente por ellos.
Promoved la unidad del pueblo de Dios y prodigaos generosamente para
constituirlo como pueblo de hermanos, congregados por Cristo y enviados por él.
Proseguir la ardua tarea de la evangelización
Es importante que prosigáis la ardua tarea de implantación del Evangelio en
vuestra cultura, respetando los ricos y auténticos valores africanos, pero
también purificándolos de todo lo que podría hacerlos incompatibles con la
verdad del Evangelio. También es de desear que se revitalice el sacramento de la
Penitencia, por el que Dios libera al hombre del pecado, permitiéndole ser cada
vez más fermento de reconciliación y de paz en la Iglesia y en la sociedad. Los
sacerdotes y los fieles deben redescubrir en la Eucaristía el centro de su
existencia, acogiendo en esta gran escuela de paz el sentido profundo de
sus compromisos y una apremiante exhortación a convertirse en artífices de
diálogo y de comunión (cf.
Mane nobiscum Domine, 27).
Edificar la Iglesia familia de Dios en vuestro país, como en otras partes, es
una tarea ardua, pero conozco el dinamismo apostólico que os anima. Me alegra
que la Conferencia episcopal nacional del Congo, con sus múltiples
intervenciones, no haya escatimado esfuerzos para abrir en los corazones y en
las conciencias caminos de reconciliación y de comunión fraterna. A este
propósito, es de desear que la campaña de sensibilización puesta en marcha en
colaboración con los responsables de las demás confesiones religiosas para
proponer a todos los ciudadanos una educación cívica dé buenos frutos. La
Iglesia está llamada a participar en esta obra, en el lugar que le corresponde y
según su vocación propia, y a aportar una contribución específica al bien común
y a la consolidación del Estado de derecho, manifestando su compromiso diario
por el bienestar material y espiritual de todos los congoleños. Para ello es
importante proponer a los responsables políticos del país una formación
específica. Profundizando en el rico patrimonio de la doctrina social de la
Iglesia, podrán reflexionar en su compromiso al servicio del bien común y
valorar sus exigencias morales, para promover instituciones justas, al servicio
de la renovación de la sociedad.
Para que la palabra del Evangelio se escuche en todos los puntos del país y la
enseñanza de la Iglesia influya profundamente en las conciencias, en las
mentalidades y en las costumbres, el uso de los medios de comunicación social,
en especial la radio y la televisión, resulta más necesario que nunca, y sigue
siendo para vosotros una preocupación constante. También gracias a estos medios
la Iglesia podrá cumplir mejor su ministerio profético, en particular para
limitar la acción de las sectas, que utilizan abundantemente las nuevas
tecnologías para atraer y confundir a los fieles. Los medios modernos de
comunicación permiten una actividad educativa, animada por el amor a la verdad,
pero también una acción encaminada a defender la libertad y el respeto de la
dignidad de la persona, y a favorecer la cultura auténtica de vuestro pueblo (cf.
Christifideles laici, 44).
La familia
La evangelización de la familia constituye asimismo una prioridad pastoral. Los
movimientos de personas refugiadas o desplazadas, la pandemia del sida, pero
también los importantes cambios de la sociedad contemporánea, han desmembrado a
numerosas familias, debilitando la institución familiar, con el peligro de
perjudicar la cohesión de la sociedad misma. Es importante alentar a los
católicos, en todos los niveles de la vida diocesana y social, a perseverar y
promover los valores fundamentales de la familia. Con este espíritu, conviene
prestar atención a la preparación humana y espiritual de las parejas y al
seguimiento pastoral de las familias, recordando la dignidad eminente del
matrimonio cristiano, único e indisoluble, y proponiendo una espiritualidad
conyugal sólida, para que las familias crezcan en santidad.
La vida consagrada
La vida consagrada está presente en la República democrática del Congo con sus
múltiples formas. Saludo afectuosamente a todas las personas consagradas, las
cuales se esfuerzan por testimoniar el amor de Cristo entre sus hermanos. Sobre
todo, rindo homenaje a las que, en condiciones extremas, han elegido permanecer
en medio de las poblaciones probadas para brindarles la asistencia, el consuelo
y el apoyo espiritual que necesitan. Invito a todas las personas consagradas,
signos insustituibles del Reino que viene, a dar un testimonio profético en la
Iglesia y en la sociedad congoleña, exhortándolas de modo especial a rechazar,
con una fidelidad perfecta a los consejos evangélicos, toda tentación de
encerrarse en sí mismas y a difundir un verdadero espíritu de fraternidad entre
todos.
Los jóvenes
Los jóvenes manifiestan una gran vitalidad; son una verdadera riqueza para la
Iglesia y para todo el país. Sin embargo, constituyen una población debilitada
por la inseguridad ante el futuro, por la experiencia de la precariedad y por
los inquietantes estragos del sida. A vosotros os corresponde alimentar su fe y
su esperanza, proponiéndoles una formación cristiana sólida. En particular,
pienso en las iniciativas pastorales destinadas a permitir a los niños de la
calle y a los niños soldados reconstruirse humana y espiritualmente. Exhorto
también a las escuelas católicas, así como a todas las personas que se ocupan de
la formación y la educación de los jóvenes, a proporcionarles los medios para
crecer en la caridad, cultivar el gusto del esfuerzo y entrenarse en el respeto
mutuo, el aprendizaje del diálogo y el servicio a la comunidad, a fin de que
sean miembros activos de la evangelización y de la renovación del entramado
social.
Promover la paz
Queridos hermanos en el episcopado, al final de nuestro encuentro, ¡cómo no
reafirmaros la esperanza fundada, que comparto con vosotros, de ver que la
reconciliación y la paz triunfen en vuestro país y en toda la región de los
Grandes Lagos! Ojalá que todos los que gobiernan el destino de la nación actúen
de manera concertada y responsable para llegar a una paz duradera. Exhorto
también a la comunidad internacional a no olvidar a África, realizando sobre
todo acciones valientes y decididas para consolidar la estabilidad política y
económica en vuestro país.
Por último, exhorto a vuestras comunidades a comprometerse "en una labor intensa
y capilar de educación y de testimonio, que ayude a cada uno a tomar conciencia
de que urge descubrir cada vez más a fondo la verdad de la paz" (Mensaje para
la Jornada mundial de la paz de 2006, 8 de diciembre de 2005, n. 16:
L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 16 de diciembre de 2005,
p. 4).
Al volver a vuestras diócesis, llevad a todos vuestros sacerdotes, diáconos,
religiosos, religiosas, catequistas y fieles laicos el afecto del Sucesor de
Pedro, que los exhorta a vivir diariamente el servicio de la caridad cada vez
más unidos a Cristo, y que les imparte a ellos, así como a vosotros, una
particular bendición apostólica
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