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ALOCUCIÓN DEL PAPA BENEDICTO XVI
A LOS AGREGADOS DE LA ANTECÁMARA PONTIFICIA


Jueves 5 de enero de 2006

 

Queridos amigos: 

Este encuentro tiene lugar en el clima sugestivo  del  tiempo  navideño, al inicio de  2006, y es ocasión muy propicia para  expresaros a cada uno mis mejores deseos de un sereno y provechoso año nuevo. Os saludo cordialmente y me  alegra recibiros en esta audiencia especial.

Puedo decir que vosotros sois de casa, y os estoy sinceramente agradecido por el servicio de honor que prestáis, no sin sacrificios, porque se requiere una constante disponibilidad, en las audiencias, en las ceremonias y en las recepciones oficiales, cuando el Papa se reúne con jefes de Estado, primeros ministros y embajadores acreditados ante la Santa Sede.

He querido encontrarme con vosotros para deciros que aprecio la solicitud y la cordialidad con que cumplís vuestra singular función. En estos primeros meses de mi pontificado he podido experimentar aún más de cerca y de manera directa el espíritu que os anima a vosotros y a cuantos trabajan en la antecámara pontificia. Conozco también la devoción que sentís por el Sucesor de Pedro, y también os doy las gracias por ello. Que Dios os recompense. Quisiera dirigir un saludo en particular a vuestras amables esposas, que hoy os acompañan, así como a cuantos han querido estar presentes en este encuentro, que bien podríamos llamar de familia.

Vuestro benemérito Colegio, coordinado por el decano, depende de la Prefectura de la Casa pontificia, y tiene siglos de historia. Cambian los tiempos, los usos y las costumbres, pero no cambia el espíritu con que cada uno está llamado a trabajar junto a aquel que la Providencia divina llama a gobernar la Iglesia universal. Puesto que esta casa, la Casa pontificia, es la casa de todos los creyentes, os corresponde también a vosotros, queridos miembros de la Antecámara, hacer que siempre sea acogedora para todos los que vienen a reunirse con el Papa.

Queridos hermanos, vuestro servicio implica también un compromiso asiduo de testimonio de Aquel que es el verdadero Señor y Dueño de la casa:  Jesucristo. Esto requiere mantener con él un diálogo constante en la oración, crecer en su amistad e intimidad, dispuestos a testimoniar su amor acogedor a todas las personas con quienes os encontréis. Si realizáis vuestra misión con este espíritu —y estoy seguro de que es así para todos vosotros—, entonces puede convertirse en un apostolado singular, en una ocasión para transmitir con la cortesía y la cordialidad la alegría de ser discípulos de Cristo en cada situación y en todos los momentos de nuestra vida.

Mañana celebraremos la solemnidad de la Epifanía, y mi pensamiento va a María, que presenta al Niño Jesús a los Magos llegados desde lejos para adorarlo. La Virgen sigue presentando a Jesús a la humanidad, de la misma forma que lo hizo con los Magos. Acojámoslo de sus manos:  Cristo colma las expectativas más profundas de nuestro corazón y da sentido pleno a todos nuestros proyectos y acciones.

Que él esté presente en las familias y reine por doquier con la fuerza de su amor. La intercesión maternal de María os obtenga experimentar cada día más la comunión profunda con él, comunión que comienza en la tierra y llegará a su plenitud en el cielo, donde, como recuerda san Pablo, seremos "conciudadanos de los santos y familiares de Dios" (Ef 2, 19). Por mi parte, deseo aseguraros un recuerdo en la oración, para que el Señor os acompañe durante todo el año recién iniciado, bendiga a vuestras familias y haga que vuestras actividades produzcan mucho bien.

Con estos sentimientos, de corazón os imparto una bendición apostólica especial, que de buen grado extiendo a todos vuestros seres queridos.

 

© Copyright 2006 - Libreria Editrice Vaticana

 

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