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ALOCUCIÓN
DEL PAPA BENEDICTO XVI A LOS GENTILESHOMBRES DE SU SANTIDAD
Sábado 7 de enero de 2006
Queridos amigos:
Es para mí motivo de gran placer acogeros esta mañana en audiencia especial y
saludaros con viva cordialidad. Esta es una ocasión propicia para conocernos
mejor y manifestaros mis sentimientos de gratitud por el servicio que prestáis
al Sucesor de Pedro. Os veo con ocasión de ceremonias y recepciones oficiales,
cuando recibo a jefes de Estado, primeros ministros, embajadores y otras
autoridades. Os agradezco sinceramente vuestra colaboración. Hoy no habéis
venido acompañando a altas personalidades políticas, sino a vuestras amables
esposas como a una reunión de familia. Me alegra acogerlas también a ellas y
saludarlas con afecto paternal.
Queridos gentileshombres, vuestro servicio es un servicio de honor, que se
inserta en la tradición secular de la Casa pontificia. Ciertamente, hoy en ella
todo se ha simplificado mucho, pero, aunque con respecto al pasado hayan
cambiado las funciones y los papeles, sigue siendo idéntico el objetivo de
quienes trabajan en ella, es decir, servir al Sucesor del apóstol Pedro.
Nos encontramos al final del período navideño, recién comenzado el nuevo año. En
este período hemos contemplado constantemente al Salvador, que ha venido a la
tierra. Es él quien, en la gran sencillez de la Nochebuena, nos ha traído la
riqueza de la comunión con su misma vida divina. Él es la luz que no tiene
ocaso, el centro de nuestra existencia, y nosotros, como los pastores de Belén y
los Magos, que llegaron de Oriente para adorarlo, después de recogernos en
oración ante el belén, volvemos a nuestras actividades diarias, llevando en el
corazón la alegría de haber experimentado su presencia. Envueltos en este gran
misterio, iniciamos con serenidad y confianza este año nuevo bajo el signo del
amor vivificante de Dios.
Desde esta perspectiva, queridos amigos, me complace desearos un fecundo 2006.
En la Iglesia toda tarea es importante, cuando se coopera a la realización del
reino de Dios. La barca de Pedro, para que pueda avanzar con seguridad, necesita
numerosas tareas escondidas que, junto con otras más visibles, contribuyen al
desarrollo regular de la navegación. Es indispensable no perder jamás de vista
el objetivo común, es decir, la entrega a Cristo y a su obra de salvación.
Os encomiendo a vosotros y a vuestras familias a María, la Madre del Salvador,
para que os acompañe y os sostenga en todos los momentos de la vida, a la vez
que deseo que experimentéis cada vez más la alegría de la presencia de Cristo en
vuestra existencia. Y de buen grado os bendigo a todos, asegurándoos un recuerdo
especial en la oración.
© Copyright 2006 - Libreria Editrice Vaticana
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