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DISCURSO DEL SANTO
PADRE BENEDICTO XVI A LOS MIEMBROS DEL SÍNODO PATRIARCAL ARMENIO
Lunes 20 de marzo de 2006
Beatitud; venerados hermanos en el episcopado; queridos hermanos
y hermanas:
Con alegría os saludo y os doy mi cordial bienvenida. Habéis venido a Roma desde
diversas partes del mundo, con la certeza de pertenecer a una Iglesia antigua y
noble, que con sus tesoros espirituales contribuye a enriquecer la belleza de
la Esposa de Cristo.
Gracias, Beatitud, por las fervientes palabras de comunión que me ha dirigido
también en nombre del Sínodo de los obispos de la Iglesia armenio-católica y de
todos los presentes. Usted ha querido recordar los numerosos signos de
benevolencia y solicitud que mis predecesores han manifestado a vuestra antigua
y venerable Iglesia. Al mismo tiempo, es preciso reconocer la profunda adhesión,
a veces hasta el martirio, que vuestra comunidad ha mostrado siempre a la Sede
de Pedro, a través de una relación recíproca y fecunda de fe y afecto. También
por esto deseo manifestar mi profunda gratitud.
Ciertamente, la Iglesia armenia, que forma parte del patriarcado de Cilicia,
participa plenamente en las vicisitudes históricas vividas por el pueblo armenio
a lo largo de los siglos, y de modo especial en los sufrimientos que padeció en
nombre de la fe cristiana durante los años de la terrible persecución que pasó
a la historia con la expresión tristemente significativa de metz yeghèrn,
el gran mal.
A este propósito, ¿cómo no recordar las numerosas invitaciones dirigidas por
León XIII a los católicos para que ayudaran a las poblaciones armenias en su
indigencia y sus sufrimientos? Y, como usted ha subrayado oportunamente, tampoco
se pueden olvidar las decididas intervenciones del Papa Benedicto XV cuando, con
profunda emoción, deploraba: "Miserrima Armeniorum gens prope ad interitum
adducitur" (AAS 7 [1915] 510).
Los armenios, que siempre se han esforzado por integrarse con su laboriosidad y
su dignidad en las sociedades en las que han vivido, siguen testimoniando
también hoy su fidelidad al Evangelio. En realidad, la comunidad
armenio-católica está esparcida en muchos países, incluso fuera del territorio
patriarcal. Teniendo en cuenta esto, la Sede apostólica ha constituido donde ha
sido necesario eparquías u ordinariatos para su atención pastoral. En Oriente
Próximo, en Cilicia y, sucesivamente, en Líbano, la Providencia ha colocado el
patriarcado de los armenio-católicos: todos los fieles armenio-católicos lo
consideran un punto firme de referencia espiritual para su secular tradición
cultural y litúrgica.
Además, constatamos que diversas Iglesias que reconocen como padre fundador
común a san Gregorio el Iluminador están divididas entre sí, aunque durante los
últimos años han reanudado un diálogo cordial y fructuoso, con el fin de
redescubrir sus raíces comunes. Aliento esta renovada fraternidad y
colaboración, deseando que de ella broten nuevas iniciativas con vistas a un
camino común hacia la unidad plena. Y aunque los acontecimientos históricos han
provocado la fragmentación de la Iglesia armenia, la divina Providencia hará que
un día vuelva a estar unida, con una jerarquía propia, en fraterna sintonía
interna y en plena comunión con el Obispo de Roma.
Un signo consolador de esta unidad deseada fue la celebración del XVII
centenario de la fundación de la Iglesia armenia, con la participación de mi
amado predecesor Juan Pablo II. El amor del Señor a la Iglesia peregrina en el
tiempo ofrecerá a los cristianos —es nuestra confianza y esperanza—, los medios
necesarios para realizar su ardiente deseo: "ut unum sint". Todos
queremos ser instrumentos a disposición de Cristo; él, que es el camino, la
verdad y la vida, nos conceda perseverar con toda nuestra fuerza, para que haya
cuanto antes un solo rebaño bajo un solo Pastor.
Queridos hermanos y hermanas, con estos sentimientos invoco sobre vosotros,
sobre vuestras comunidades y sobre el pueblo armenio la intercesión celestial de
María santísima que, como solía decir san Nerses Shnorali, es "lugar ilimitado
del Verbo, tierra sellada por todas partes, en la que habitó la Luz, aurora del
Sol de justicia". Que os sostenga, además, la protección de san Gregorio el
Iluminador y de los santos y mártires que a lo largo de los siglos han dado
testimonio del Evangelio.
Por último, que os acompañe la bendición que de corazón os imparto a vosotros y
a vuestro pueblo, como signo del constante afecto del Sucesor de Pedro por todos
los armenios.
© Copyright 2006 - Libreria Editrice Vaticana
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