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DISCURSO DEL PAPA BENEDICTO XVI
A LOS MIEMBROS DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL ITALIANA


Jueves 18 de mayo de 2006

 

Queridos hermanos obispos italianos: 

Me alegra verdaderamente encontrarme esta mañana con todos vosotros, reunidos en vuestra asamblea general. Saludo a vuestro presidente, el cardenal Camillo Ruini, y le agradezco las cordiales palabras que me ha dirigido interpretando los sentimientos comunes. Saludo a los tres vicepresidentes, al secretario general y a cada uno de vosotros, y os expreso el afecto de mi corazón y la alegría de nuestra comunión recíproca.

Vuestra asamblea trata principalmente acerca de la vida y el ministerio de los sacerdotes, desde la perspectiva de una Iglesia que quiere orientarse cada vez más hacia su fundamental misión evangelizadora. Así continuáis la obra iniciada en la asamblea de noviembre del año pasado en Asís, durante la cual centrasteis vuestra atención en los seminarios y en la formación para el ministerio presbiteral.

En realidad, para nosotros, los obispos, es una tarea esencial estar constantemente cerca de nuestros sacerdotes que, por el sacramento del Orden, participan en el ministerio apostólico que el Señor nos ha encomendado. Es preciso ante todo realizar una atenta selección de los candidatos al sacerdocio, verificando su predisposición personal a asumir los compromisos relacionados con el futuro ministerio; luego, cultivar su formación, no sólo durante los años de seminario, sino también en las fases sucesivas de su vida; preocuparse por su bienestar material y espiritual; ejercer nuestra paternidad hacia ellos con corazón fraterno; y no dejarlos jamás solos en los compromisos del ministerio, en la enfermedad y en la ancianidad, así como en las inevitables pruebas de la vida.

Queridos hermanos en el episcopado, cuanto más cerca estemos de nuestros sacerdotes, tanto más tendrán afecto y confianza en nosotros, disculparán nuestros límites personales, acogerán nuestra palabra y se sentirán solidarios con nosotros en las alegrías y en las dificultades del ministerio.
Unión íntima con Cristo e identificación con él

En el centro de nuestra relación con los sacerdotes, así como de nuestra vida y de la suya, está con toda evidencia la relación con Cristo, la unión íntima con él, la participación en la misión que él recibió del Padre. El misterio de nuestro sacerdocio consiste en la identificación con él, en virtud de la cual nosotros, débiles y pobres seres humanos, por el sacramento del Orden podemos hablar y actuar in persona Christi capitis.

Todo el camino de nuestra vida de sacerdotes sólo puede orientarse a esta meta: configurarnos en la realidad de la existencia y en los comportamientos diarios con el don y el misterio que hemos recibido. En este camino deben guiarnos y confortarnos las palabras de Jesús:  "No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer" (Jn 15, 15). El Señor se pone en nuestras manos, nos transmite su misterio más profundo y personal; quiere que participemos de su poder de salvación. Pero, como es evidente, esto requiere que nosotros, por nuestra parte, seamos de verdad amigos del Señor, que nuestros sentimientos se conformen a sus sentimientos, nuestra voluntad a su voluntad (cf. Flp 2, 5), y este es un camino de cada día.

El horizonte de la amistad en la que Jesús nos introduce es la humanidad entera, pues quiere ser para todos el buen Pastor que da su vida (cf. Jn 10, 11), y lo subraya con fuerza en el discurso del buen pastor que vino para reunir a todos, no sólo al pueblo elegido, sino a todos los hijos de Dios dispersos. Por eso, también nuestra solicitud pastoral no puede menos de ser universal.
Ciertamente, debemos preocuparnos ante todo por quienes, como nosotros, creen y viven con la Iglesia —es muy importante, aun en esta dimensión de universalidad, que veamos ante todo a los fieles que viven cada día su ser Iglesia con humildad y amor— y, sin embargo, no debemos cansarnos de salir, como nos pide el Señor, "a los caminos y cercas" (Lc 14, 13), para invitar al banquete que Dios ha preparado también a los que hasta ahora no lo han conocido, o quizá han preferido ignorarlo.

Queridos hermanos obispos italianos, me uno a vosotros para agradecer a nuestros sacerdotes su entrega continua y a menudo oculta, y para pedirles, con corazón fraterno, que se fíen siempre del Señor y caminen con generosidad y valentía por la senda que conduce a la santidad, confortándonos y sosteniéndonos también a nosotros, los obispos, en el mismo camino.

En esta asamblea también os habéis ocupado de la ya próxima Asamblea eclesial nacional, que se celebrará en Verona y en la que también yo, si Dios quiere, tendré la alegría de intervenir. Esa Asamblea, que tiene por tema "Testigos de Jesús resucitado, esperanza del mundo", será un gran momento de comunión para todos los componentes de la Iglesia en Italia. Será posible hacer un balance del camino recorrido durante los últimos años y sobre todo mirar adelante, para afrontar juntos la tarea fundamental de mantener siempre viva la gran tradición cristiana, que es la principal riqueza de Italia.

Con este fin es particularmente acertada la decisión de poner en el centro de la Asamblea a Jesús resucitado, fuente de esperanza para todos:  en efecto, a partir de Cristo y solamente a partir de él, de su victoria sobre el pecado y la muerte, es posible responder a la necesidad fundamental del hombre, que es necesidad de Dios, no de un Dios lejano y genérico, sino del Dios que en Jesucristo se manifestó como el amor que salva. Y también es posible proyectar una luz nueva y liberadora sobre los grandes problemas del tiempo actual. Pero esta prioridad de Dios —ante todo, tenemos necesidad de Dios— es de gran importancia.

Así pues, en Verona será preciso centrarse en primer lugar en Cristo, porque en Cristo Dios es concreto, está presente, se muestra; por tanto, centrarse en la misión prioritaria de la Iglesia de vivir en su presencia y de hacer visible al máximo para todos esta misma presencia. Precisamente sobre estas bases examinaréis los diversos ámbitos de la existencia diaria, dentro de los cuales el testimonio de los creyentes debe hacer operante la esperanza que viene de Cristo resucitado:  en concreto, la vida afectiva y la familia, el trabajo y la fiesta, la enfermedad y las diferentes formas de pobreza, la educación, la cultura y las comunicaciones sociales, las responsabilidades civiles y políticas.

En efecto, no hay ninguna dimensión del hombre que sea ajena a Cristo. Vuestra atención, queridos hermanos en el episcopado, también en la asamblea actual, se dirige de modo particular a los jóvenes. Me complace recordar con vosotros la experiencia de agosto del año pasado, en Colonia, cuando los jóvenes italianos, acompañados por muchos de vosotros y de vuestros sacerdotes, participaron en grandísimo número e intensamente en la Jornada mundial de la juventud. Ahora se trata de iniciar un itinerario que conducirá a la cita de 2008 en Sydney, expresando el entusiasmo y el deseo de participación de los jóvenes. Así, podrán comprender cada vez mejor que la Iglesia es la gran familia en la que, viviendo la amistad de Cristo, llegamos a ser de verdad libres y amigos entre nosotros, superando las divisiones y las barreras que apagan la esperanza.

Por último, deseo compartir con vosotros la solicitud que os anima con respecto al bien de Italia. Como afirmé en la encíclica Deus caritas est (nn. 28-29), la Iglesia es muy consciente de que "es propia de  la  estructura fundamental del cristianismo la distinción entre lo que es del César y lo que es de Dios" (cf. Mt 22, 21), es decir, entre el Estado y la Iglesia, o sea, la autonomía de las realidades temporales, como subrayó el concilio Vaticano II en la Gaudium et spes.

La Iglesia no sólo reconoce y respeta esta distinción y autonomía, sino que también se alegra de ella, porque constituyen un gran progreso de la humanidad y una condición fundamental para su misma libertad y el cumplimiento de su misión universal de salvación entre todos los pueblos. Al mismo tiempo, y precisamente en virtud de esa misma misión de salvación, la Iglesia no puede faltar a su deber de purificar la razón mediante la propuesta de su doctrina social, argumentada "a partir de lo que es conforme a la naturaleza de todo ser humano", y de despertar las fuerzas morales y espirituales, abriendo la voluntad a las auténticas exigencias del bien.

Por su parte, una sana laicidad del Estado implica sin duda que las realidades temporales se rijan según sus normas propias, a las cuales, sin embargo, pertenecen también las instancias éticas que encuentran su fundamento en la esencia misma del hombre y, por tanto, remiten en definitiva al Creador. Por consiguiente, en las circunstancias actuales, recordando el valor que tienen para la vida, no sólo privada sino también y sobre todo pública, algunos principios éticos fundamentales, arraigados en la gran herencia cristiana de Europa, y en particular de Italia, no cometemos ninguna violación de la laicidad del Estado, sino que más bien contribuimos a garantizar y promover la dignidad de la persona y el bien común de la sociedad.

Amadísimos obispos italianos, tenemos la obligación de dar un claro testimonio sobre estos valores a todos nuestros hermanos en la humanidad:  con él no les imponemos cargas inútiles, sino que les ayudamos a avanzar por el camino de la vida y de la auténtica libertad. Os aseguro mi oración diaria por vosotros, por vuestras Iglesias y por toda la amada nación italiana, y os imparto con gran afecto la bendición apostólica a cada uno de vosotros, a vuestros sacerdotes y a cada familia italiana, especialmente a quienes más sufren y sienten con mayor fuerza la necesidad de la ayuda de Dios.

 

© Copyright 2006 - Libreria Editrice Vaticana

 

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