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DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI A LA COMUNIDAD DE
"VILLA NAZARET" CON OCASIÓN DEL 60 ANIVERSARIO DE SU FUNDACIÓN
Sala Pablo VI Sábado 11 de
noviembre de 2006
Señor cardenal; venerados hermanos en el episcopado; queridos hermanos y
hermanas:
Me alegra estar hoy en medio de vosotros para celebrar el 60° aniversario del
origen de la institución, que nació de la sabia intuición del entonces monseñor
Domenico Tardini, sucesivamente guiada por el cardenal Antonio Samoré, y por
nuestro cardenal Silvestrini, con la contribución de amigos del mundo de la
escuela, de la cultura y del trabajo, así como de bienhechores italianos y
americanos.
Os saludo con afecto a todos, estudiantes, ex alumnos, amigos, así como a todas
vuestras familias; y os agradezco la cordial acogida. Saludo en particular al
cardenal Achille Silvestrini, presidente de la Fundación Sagrada Familia de
Nazaret, y le doy las gracias por las palabras con que me ha presentado esta
obra educativa y eclesial a la que dedica tanta inteligencia y amor.
Saludo a la vicepresidenta, profesora Angela Groppelli, psicóloga, que desde
hace más de cincuenta años se prodiga por Villa Nazaret; al arzobispo Claudio
Maria Celli; a los obispos y sacerdotes que han derramado o derraman sobre ella
los dones de la vida espiritual; a los miembros del consejo de la Fundación y de
la asociación laical "Comunidad Domenico Tardini", con el vicepresidente Pier
Silverio Pozzi; y a todos los socios.
Villa Nazaret es una gran realidad, que sigue desarrollándose gracias al
compromiso de los estudiantes en período de formación, y luego a la inserción
profesional y a las nuevas familias que se van formando. Se trata de una gran
familia, a la que deseo saludar con especial afecto paterno.
Villa Nazaret, por la que durante sus sesenta años de vida han pasado varias
generaciones de niños y jóvenes, se propone desarrollar la inteligencia de sus
alumnos respetando la libertad de la persona, orientada a ver en el servicio a
los demás la auténtica expresión del amor cristiano. Villa Nazaret quiere formar
a sus jóvenes para tomar decisiones valientes, con una actitud de apertura al
diálogo, con referencia a la razón purificada en el crisol de la fe, pues la fe
puede ofrecer perspectivas de esperanza a todo proyecto que se interese por el
destino del hombre. La fe escruta lo invisible y por eso es amiga de la razón,
que se plantea los interrogantes esenciales de los que espera sentido nuestro
camino en esta tierra.
A este respecto, nos puede iluminar la pregunta que, según el relato de san
Lucas en los Hechos de los Apóstoles, el diácono Felipe hizo al etíope con quien
se encontró en el camino de Jerusalén a Gaza: "¿Entiendes lo que vas leyendo?"
(Hch 8, 30). El etíope contestó: "¿Cómo lo puedo entender si nadie me
hace de guía?" (Hch 8, 31). Entonces Felipe le habló de Cristo. Así el
etíope descubrió que la respuesta a sus interrogantes era la persona de Cristo,
anunciado por el profeta Isaías con palabras veladas. Por consiguiente, es
importante que alguien se acerque a quien está en camino y le anuncie "la buena
nueva de Jesús", como hizo Felipe.
Esa escena insinúa la "diaconía" que la cultura cristiana puede realizar para
ayudar a las personas que buscan a descubrir a Aquel que está oculto en las
páginas de la Biblia y en las vicisitudes de la vida de cada uno. Pero no
conviene olvidar la afirmación del Señor de que es él mismo quien tiene hambre,
tiene sed, es acogido, vestido y visitado en todas las personas necesitadas (cf.
Mt 25, 31-46). Por tanto, también está "oculto" en esas personas y
acontecimientos.
Sé que vosotros, queridos amigos, soléis meditar sobre estos y otros textos
semejantes de la Biblia. Se trata de palabras que os acompañan en vuestras
jornadas. Uniendo entre sí estas imágenes y estas enseñanzas, podéis comprender
claramente cómo la verdad y el amor son inseparables. Ninguna cultura puede
sentirse satisfecha de sí misma hasta que no descubra que debe estar atenta a
las necesidades reales y profundas del hombre, de todo hombre.
En Villa Nazaret podéis experimentar cómo la palabra de Dios requiere una
escucha atenta y un corazón generoso y maduro para vivirla en plenitud. Los
contenidos de la revelación de Jesús son concretos y un intelectual
cristianamente inspirado debe estar siempre dispuesto a comunicarlos cuando
dialoga con los que buscan soluciones capaces de mejorar la existencia y de
responder a la inquietud que abruma a todo corazón humano.
Ante todo, es preciso mostrar la correspondencia profunda que existe entre las
instancias que brotan de la reflexión sobre las vicisitudes humanas y el
Logos divino que "se hizo carne" y "puso su morada entre nosotros" (Jn
1, 14). Así se crea una convergencia fecunda entre los postulados de la razón y
las respuestas de la Revelación, y precisamente de aquí brota una luz que
ilumina el camino por el que cada uno debe orientar su compromiso.
En el contacto diario con la Escritura y las enseñanzas de la Iglesia se
desarrolla vuestra maduración en los ámbitos humano, profesional y espiritual, y
así podéis penetrar cada vez más en el misterio de la Razón creadora que sigue
amando al mundo y dialogando con la libertad de las criaturas. Un intelectual
cristiano ―y seguramente eso es lo que quieren ser los que salen de Villa Nazaret― debe cultivar siempre en sí mismo el asombro ante esta verdad
fundamental. Eso facilita la dócil adhesión al Espíritu de Dios y, al mismo
tiempo, impulsa a servir a los hermanos con pronta disponibilidad.
En estas palabras de san Pablo a la comunidad cristiana que vivía en Filipos
podéis descubrir cuál ha de ser el "estilo" de vuestro compromiso: "Hermanos,
todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de
honorable, todo cuanto sea virtud y cosa digna de elogio, todo eso tenedlo en
cuenta" (Flp 4, 8). Precisamente desde esta perspectiva podéis entablar
un diálogo fecundo con la cultura, y dar vuestra contribución para hacer que
muchas personas encuentren la respuesta en Jesucristo. También vosotros sentíos
movidos por el Espíritu de Jesús, como sucedió al diácono Felipe, que escuchó
estas palabras: "Levántate y marcha hacia el mediodía por el camino que baja de
Jerusalén a Gaza. Está desierto" (Hch 8, 26).
También hoy, queridos jóvenes, no son pocos los "caminos desiertos" que os
tocará recorrer en vuestra vida de creyentes. Precisamente en ellos podréis
acercaros a quienes buscan el sentido de la vida. Preparaos para estar también
vosotros al servicio de una cultura que favorezca el encuentro de fraternidad
del hombre con el hombre y el descubrimiento de la salvación que nos viene de
Cristo.
Queridos hermanos y hermanas, Villa Nazaret, desde el inicio, ha sido siempre
objeto de especial benevolencia por parte de mis venerados predecesores,
comenzando por el siervo de Dios Pío XII, que la vio nacer, hasta el siervo de
Dios Juan Pablo II, que os fue a visitar hace diez años, con ocasión del 50°
aniversario de la fundación. Esta benevolencia de los Papas ha alimentado y debe
seguir alimentando vuestro vínculo espiritual con la Santa Sede.
Al mismo tiempo, este vínculo de estima y afecto os compromete a caminar
fielmente siguiendo las huellas de aquel gran "hombre de Dios" que fue el
cardenal Domenico Tardini. Con sus palabras y su ejemplo os exhorta a ser
particularmente sensibles, atentos y receptivos con respecto a las enseñanzas de
la Iglesia.
Con estos sentimientos, a la vez que invoco sobre vosotros la protección
especial de la Virgen "Mater Ecclesiae", os aseguro a cada uno un
recuerdo en la oración, y con afecto os bendigo a todos, comenzando por vuestros
numerosos niños.
© Copyright 2006 - Libreria Editrice Vaticana
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