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DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
AL SEGUNDO GRUPO DE OBISPOS DE ALEMANIA
EN VISITA "AD LIMINA"


Sábado 18 de noviembre de 2006

Señores cardenales;
queridos hermanos en el episcopado: 

Con particular alegría os doy la bienvenida, queridos hermanos de nuestra común patria alemana y bávara, aquí, a la casa del Papa. Vuestra visita ad limina Apostolorum os lleva ante las tumbas de los Apóstoles, que, sin embargo, no hablan solamente del pasado, sino que remiten sobre todo al Señor resucitado, que está siempre presente en su Iglesia y la "precede" siempre (cf. Mc 16, 7).
Las tumbas nos dicen que la Iglesia permanece siempre unida al testimonio de los inicios, pero que, al mismo tiempo, sigue viva en el sacramento de la sucesión de los Apóstoles; que el Señor, a través del ministerio apostólico, nos habla siempre en presente. Es una referencia a nuestra misión de sucesores de los Apóstoles:  vivimos con el vínculo que nos une a Aquel que es el Alfa y la Omega (cf. Ap 1, 8; 21, 6; 22, 13), a Aquel que es, que era y que va a venir (cf. Ap 1, 4).

Anunciamos al Señor en la comunidad viva de su cuerpo, animada por su Espíritu; en la comunión viva con el Sucesor de Pedro y el Colegio de los obispos. La visita ad limina debe fortalecernos en esta comunión; debe ayudarnos a ser considerados cada vez más como administradores fieles y sabios de los bienes que nos ha encomendado el Señor (cf. Lc 12, 42).

La Iglesia, para permanecer fiel al Señor, y por tanto a sí misma, debe renovarse continuamente. Pero ¿cómo lo realiza? Para responder a esta pregunta debemos discernir, ante todo, la voluntad del Señor, cabeza de la Iglesia, y reconocer claramente que toda reforma eclesial nace del esfuerzo serio por llegar a un conocimiento más profundo de las verdades de la fe católica, y de la aspiración constante a la purificación moral y a la virtud. Esta exhortación se dirige primero a cada persona y después a todo el pueblo de Dios.

La búsqueda de la reforma puede desviarse fácilmente hacia un activismo exterior, si quien actúa no lleva una auténtica vida espiritual y si no verifica constantemente a la luz de la fe las motivaciones de su actuación. Esto vale para todos los miembros de la Iglesia:  para los obispos, los sacerdotes, los diáconos, los religiosos y todos los fieles. El Papa san Gregorio Magno, en su Regula pastoralis, pone como un espejo delante del obispo:  "El obispo no debe descuidar su vida interior por su actividad exterior (...). A menudo se cree superior a todos por su elevada posición (...). Del exterior recibe alabanzas inoportunas, pero interiormente pierde la verdad" (2, 1).

Se trata ―y esta es ciertamente también la obligación diaria de todo cristiano― de prescindir del propio yo y de exponerse a la mirada amorosa e interpelante de Jesús. En el centro de nuestro servicio está siempre el encuentro con Cristo vivo, un encuentro que da a nuestra vida la orientación decisiva. En Cristo nos llega el amor de Dios que, a través de nuestro ministerio sacerdotal y episcopal, se transmite a los hombres en las situaciones más diversas, tanto a los sanos como a los enfermos, tanto a los que sufren como a los culpables. Dios nos da su amor que perdona, sana y santifica. Viene siempre a nuestro encuentro "a través de los hombres en los que él se refleja; mediante su palabra, en los sacramentos, especialmente en la Eucaristía. En la liturgia de la Iglesia, en su oración, en la comunidad viva de los creyentes experimentamos el amor de Dios, percibimos su presencia y, de este modo, aprendemos también a reconocerla en nuestra vida cotidiana" (Deus caritas est, 17).

Naturalmente, en la Iglesia también es necesaria una planificación institucional y estructural. Instituciones eclesiales, programaciones pastorales y otras estructuras jurídicas son, hasta cierto punto, sencillamente necesarias. Pero a veces se presentan como lo esencial, impidiendo así ver lo que es verdaderamente esencial. Sólo corresponden a su auténtico significado si se miden y orientan según el criterio de la verdad de la fe. En definitiva, debe ser y será la fe misma la que marcará, en toda su grandeza, claridad y belleza, el ritmo de la reforma que es fundamental y que necesitamos.

Ciertamente, en todo esto no se debe olvidar jamás que aquellos de cuya capacidad y buena voluntad depende la realización de las medidas de reforma son siempre seres humanos. Aunque en algunos casos pueda parecer difícil, a este respecto deben tomarse siempre decisiones personales claras.

Queridos hermanos en el ministerio episcopal, sé que muchos de vosotros, con razón, os estáis esforzando por un desarrollo de las estructuras pastorales que sea adecuado a la situación presente. Ante la actual disminución tanto del número de los sacerdotes como, por desgracia, también de los fieles que frecuentan la misa dominical, en diversas diócesis de lengua alemana se aplican modelos para modificar y reestructurar la atención pastoral en los que corre el riesgo de ofuscarse la imagen del párroco, es decir, del sacerdote que como hombre de Dios y de la Iglesia guía una comunidad parroquial.

Estoy seguro de que vosotros, queridos hermanos, no dejáis la elaboración de estos proyectos a fríos programadores; los encargáis sólo a sacerdotes y colaboradores que no sólo tienen el necesario juicio iluminado por la fe, y una adecuada formación teológica, canónica, histórica y práctica, así como una experiencia pastoral suficiente, sino que también se preocupan verdaderamente por la salvación de los hombres y que, por tanto, se distinguen por su "celo por las almas", como se decía en el pasado, y consideran la salvación integral y, por ende, eterna del hombre como lex suprema de su pensamiento y de su acción. Sobre todo, debéis aprobar solamente las reformas estructurales que estén en plena sintonía con la enseñanza de la Iglesia sobre el sacerdocio y con sus normas jurídicas, preocupándoos de que la aplicación de las reformas no disminuya la fuerza de atracción del ministerio sacerdotal.

Si a veces se sostiene que los laicos no podrían insertarse suficientemente en las estructuras de la Iglesia, es porque existe en la base una fijación restrictiva sobre la colaboración en los órganos directivos, sobre las posiciones de relieve dentro de las estructuras financiadas por la Iglesia o sobre el ejercicio de determinadas funciones litúrgicas. También estos ámbitos tienen naturalmente su importancia. Sin embargo, no deben hacer olvidar el campo amplio y abierto del apostolado laical urgentemente necesario y sus múltiples funciones:  el anuncio de la buena nueva a millones de compatriotas que aún no conocen a Cristo y a su Iglesia; la catequesis de los niños y los adultos en nuestras comunidades parroquiales; los servicios caritativos; el trabajo en los medios de comunicación social, así como el compromiso social por una defensa integral de la vida humana, por la justicia social y en el ámbito de las iniciativas culturales cristianas. En verdad, no faltan tareas para los laicos católicos comprometidos, pero hoy tal vez falta a veces espíritu misionero, creatividad y valentía para recorrer también caminos nuevos.

En el discurso al primer grupo de obispos alemanes ya aludí brevemente a los múltiples servicios litúrgicos que los laicos pueden desempeñar hoy en la Iglesia:  el de ministro extraordinario de la sagrada Comunión, al que se suman el de lector y el de guía de la liturgia de la Palabra. No quisiera tratar de nuevo este tema. Es importante que estas tareas no se realicen reivindicándolas casi como un derecho, sino con espíritu de servicio. La liturgia nos llama a todos al servicio de Dios, por Dios y por los hombres, en el que no busquemos exhibirnos sino presentarnos con humildad ante Dios y dejarnos iluminar por su luz. En este discurso quisiera tratar brevemente otros cuatro puntos que me interesan.

El primero es el anuncio de la fe a los jóvenes de nuestro tiempo. Los jóvenes de hoy viven en una cultura secularizada, orientada totalmente a las cosas materiales. En la vida diaria ―en los medios de comunicación, en el trabajo, en el tiempo libre― experimentan por lo general una cultura en la que Dios no está presente. Y, sin embargo, esperan a Dios. Las Jornadas mundiales de la juventud manifiestan qué expectativas y apertura a Dios y al Evangelio tienen los jóvenes de nuestro tiempo. Nuestra respuesta a estas expectativas debe ser multiforme.

Las Jornadas mundiales de la juventud presuponen que los jóvenes pueden realizar en sus ámbitos de vida, en particular en la parroquia, el encuentro con la fe. Aquí, por ejemplo, es importante el servicio de los acólitos, que pone en contacto a los niños y los jóvenes con el altar, con la palabra de Dios y con la vida íntima de la Iglesia. Durante la peregrinación de los acólitos fue hermoso ver gozosamente reunidos en la fe a numerosos muchachos provenientes de Alemania. Proseguid este compromiso y procurad que los acólitos encuentren verdaderamente en la Iglesia a Dios, su Palabra, el sacramento de su presencia y que, a partir de esto, aprendan a modelar su vida.

Un camino importante es también el trabajo con los coros, donde los jóvenes pueden educarse en la belleza y en la comunión, experimentar la alegría de participar en la misa y, de este modo, recibir una formación en la fe. Después del Concilio, el Espíritu Santo nos ha regalado los "movimientos".
A veces al párroco o al obispo les pueden parecer algo extraños, pero son lugares de fe en los que los jóvenes y los adultos experimentan un modelo de vida en la fe como oportunidad para la vida de hoy. Por eso os pido que salgáis al encuentro de los movimientos con mucho amor. En ciertos casos hay que corregirlos, insertarlos en el conjunto de la parroquia o de la diócesis, pero debemos respetar sus carismas específicos y alegrarnos de que surjan formas comunitarias de fe en las que la palabra de Dios se convierte en vida.

El segundo tema que deseo afrontar, al menos brevemente, son las obras caritativas eclesiales. En mi encíclica Deus caritas est hablé del servicio de la caridad como expresión fundamental e irrenunciable de la fe en la vida de la Iglesia, aludiendo también al principio interior de las obras caritativas. "El amor de Cristo nos apremia", dijo san Pablo (2 Co 5, 14). El mismo "deber" de la caridad (cf. 1 Co 9, 16) que impulsó a san Pablo a ir por todo el mundo para anunciar el Evangelio, este mismo "deber" del amor a Cristo, ha llevado a los católicos alemanes a fundar las obras caritativas, para ayudar a las personas que viven en la pobreza a reivindicar su derecho a participar en los bienes de la tierra.

Ahora bien, es importante velar para que estas obras caritativas, en sus programas y en sus actividades, correspondan verdaderamente a este impulso interior del amor sostenido por la fe. Es importante velar para que no caigan en una dependencia política, sino que sirvan únicamente para su finalidad de justicia y amor. Por eso, hace falta también una estrecha colaboración con los obispos y las Conferencias episcopales, que conocen verdaderamente la situación local y pueden hacer que el don de los fieles se mantenga al margen de la confusión de los intereses políticos, y de cualquier otro tipo, y se utilice para el bien de las personas. El Consejo pontificio "Cor unum" tiene una gran experiencia en este ámbito y ofrecerá de buen grado su ayuda y sus consejos en todas estas cuestiones.

Por ultimo, me preocupa particularmente el tema del matrimonio y la familia. Hoy se oscurece cada vez más el orden del matrimonio tal como fue establecido en la creación, y del que la Biblia nos habla expresamente al final de la narración de la creación (cf. Gn 2, 24). En la misma medida en que el hombre trata de construirse de un modo nuevo el mundo en su conjunto, poniendo así en peligro de manera cada vez más perceptible sus bases, pierde también la visión del orden de la creación con respecto a su propia existencia. Cree que puede definirse a sí mismo a su antojo en virtud de una libertad vacía. Así, comienzan a vacilar los fundamentos en los que se apoya su existencia y la de la sociedad.

A los jóvenes les resulta difícil comprometerse de forma definitiva. Tienen miedo a lo definitivo, que les parece irrealizable y opuesto a la libertad. Así resulta cada vez más difícil querer tener hijos y darles el espacio duradero de crecimiento y de maduración que sólo puede ofrecer la familia fundada en el matrimonio. En esta situación, a la que acabo de aludir, es muy importante ayudar a los jóvenes a darse un "sí" definitivo, que no está en contraste con la libertad, sino que representa su mayor oportunidad. Con la paciencia de estar juntos durante toda la vida, el amor alcanza su verdadera madurez. En este ambiente de amor para toda la vida, también los hijos aprenden a vivir y amar. Por tanto, deseo pediros que hagáis todo lo posible por formar, promover y alentar el matrimonio y la familia.

Para terminar, quiero decir unas breves palabras sobre el ecumenismo. Todas las iniciativas plausibles en el camino hacia la unidad plena de todos los cristianos encuentran en la oración común y en la reflexión sobre la sagrada Escritura un terreno fértil en el que puede crecer y madurar la comunión. En Alemania nuestros esfuerzos deben dirigirse sobre todo a los cristianos de fe luterana y reformada. Al mismo tiempo, no perdamos de vista a los hermanos y hermanas de las Iglesias ortodoxas, aunque estos sean menos numerosos en proporción. El mundo tiene derecho a esperar de todos los cristianos una profesión unívoca de fe en Jesucristo, el Redentor de la humanidad. Por tanto, el compromiso ecuménico no puede limitarse a documentos conjuntos. Se hace visible y eficaz donde los cristianos de las diversas Iglesias y comunidades eclesiales, en un contexto social cada vez más ajeno a la religión, profesan juntos y de modo convincente los valores transmitidos por la fe cristiana y los manifiestan con fuerza en su actividad política y social.

Queridos hermanos en el episcopado, puesto que yo mismo provengo de vuestro país, al que tanto amo, me importan particularmente los logros de la Iglesia en Alemania, así como los desafíos que debe afrontar. Conozco todo lo bueno que hay en la Iglesia en nuestro país, no sólo por observación y experiencia personal, sino también porque frecuentemente obispos, sacerdotes y otros visitantes provenientes de Europa y de muchas partes del mundo, me hablan del bien efectivo que reciben a través de estructuras y personas de la Iglesia.

En verdad, la Iglesia en Alemania dispone de grandes recursos espirituales y religiosos. Sobre todo, merece respeto y reconocimiento el servicio fiel, a menudo muy poco apreciado, de numerosos sacerdotes, diáconos, religiosos y colaboradores eclesiales profesionales en situaciones pastorales no siempre fáciles. Además, estoy sinceramente agradecido porque hay siempre numerosos cristianos dispuestos a comprometerse en las comunidades parroquiales y en las diócesis, en las asociaciones y en los movimientos, y a asumir, como católicos creyentes, su responsabilidad también en el seno de la sociedad. En este contexto comparto con vosotros la firme esperanza de que la Iglesia en Alemania llegue a ser aún más misionera y encuentre modos para transmitir la fe a las generaciones futuras.

Conozco bien, queridos hermanos en el episcopado, vuestro compromiso generoso y también el de numerosos sacerdotes, diáconos, religiosos y laicos de vuestras diócesis. Por tanto, deseo testimoniaros hoy nuevamente mi afecto y animaros a realizar unidos y confiados vuestro servicio de pastores. Estoy seguro de que el Señor acompañará y recompensará vuestra fidelidad y vuestro celo con su bendición.

Que la santísima Virgen y Madre de Dios, María, Madre de la Iglesia y Auxilio de los cristianos, os alcance a vosotros, al clero y a los fieles de nuestra patria la fuerza, la alegría y la perseverancia para afrontar el compromiso necesario para una auténtica renovación de la vida de fe con valentía y con firme confianza en la ayuda del Espíritu Santo. Por su intercesión materna y por la de todos los santos y las santas venerados en nuestro país, os imparto de corazón a vosotros y a todos los fieles en Alemania la bendición apostólica.

 

© Copyright 2006 - Libreria Editrice Vaticana

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