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DISCURSO DEL PAPA BENEDICTO XVI AL FINAL DE UN CONCIERTO EN
SU HONOR OFRECIDO POR EL PRESIDENTE DE ALEMANIA
Sala
Clementina Sábado 18 de noviembre de 2006
Señor presidente de la República; señores cardenales; venerados hermanos en el
episcopado; ilustres señores y señoras:
Ante todo deseo manifestar mi gratitud personal y particular a los cuatro
músicos del Cuarteto de la Orquesta filarmónica de Berlín, Daniel Stabrawa,
Christian Stadelmann, Neithard Resa y Jan Diesselhorst, por este concierto que
han ejecutado magistralmente.
Ilustres señores, en los más de veinte años de vuestra actividad común dando
conciertos como cuarteto de arcos, habéis alcanzado renombre a nivel
internacional, y lo habéis confirmado también hoy con la finura estilística, con
un modo perfecto de tocar juntos, con la gran riqueza de expresión en los
delicados matices del timbre y con la admirable armonía de vuestro conjunto.
Tocar juntos varios solistas exige de cada uno no sólo el empeño de todas sus
capacidades técnicas y musicales en la ejecución de su arte, sino también, al
mismo tiempo, saber detenerse para escuchar atentamente a los demás. Sólo si
esto se logra, es decir, si cada uno no se pone a sí mismo en el centro, sino,
con espíritu de servicio, se inserta en el conjunto y, por decirlo así, se pone
a disposición como "instrumento" para que el pensamiento del compositor se pueda
convertir en sonido y alcanzar así el corazón de los oyentes, sólo entonces se
da una interpretación realmente admirable, como la que acabamos de escuchar.
Esta es una hermosa imagen también para nosotros que, en el ámbito de la
Iglesia, nos esforzamos por ser "instrumentos" que comuniquen a los hombres el
pensamiento del gran "Compositor", cuya obra es la armonía del universo.
Ilustre presidente de la República, le expreso mi gratitud porque ha hecho
posible para nosotros esta intensa experiencia de escucha de música excelente, y
también por las palabras cordiales con las que nos ha saludado y ha preparado
nuestro espíritu para escuchar la magistral ejecución musical. También
manifiesto mi más sincero agradecimiento a todos los que han contribuido a la
realización del concierto. Estimado presidente, me ha hecho el mejor regalo
posible.
Las piezas que acabamos de escuchar nos han ayudado a meditar en la complejidad
de la vida y en las pequeñas vicisitudes diarias. Cada jornada es una mezcla de
alegrías y dolores, de esperanzas y desilusiones, de expectativas y sorpresas,
que se alternan de modo muy dinámico y que suscitan en nuestro interior los
interrogantes fundamentales sobre el origen, el destino y el sentido verdadero
de nuestra misma existencia.
La música, que expresa todas estas percepciones del espíritu, en una hora como
esta ofrece al oyente la posibilidad de percibir como en un espejo las
vicisitudes de la historia personal y de la universal. Pero nos ofrece algo
más: mediante sus sonidos nos lleva, en cierto sentido, a otro mundo y armoniza
nuestro interior. Al encontrar así un momento de paz, podemos ver, como desde
una altura, las misteriosas realidades que el hombre trata de descifrar y que la
luz de la fe nos ayuda a comprender mejor.
En efecto, podemos imaginar la historia del mundo como una maravillosa sinfonía
que Dios ha compuesto y cuya ejecución él mismo dirige como sabio director de
orquesta. Aunque a nosotros la partitura a veces nos parece demasiado compleja y
difícil, él la conoce desde la primera nota hasta la última. Nosotros no estamos
llamados a manejar la batuta del director, y mucho menos a cambiar las melodías
según nuestro gusto. Estamos llamados, cada uno en su puesto y con sus propias
capacidades, a colaborar con el gran Director en la ejecución de su estupenda
obra maestra. Durante la ejecución podremos también comprender poco a poco el
grandioso plan de la partitura divina.
Así, queridos amigos, vemos cómo la música puede conducirnos a la oración: nos
invita a elevar la mente hacia Dios para encontrar en él las razones de nuestra
esperanza y el apoyo en las dificultades de la vida. Fieles a sus mandamientos y
respetando su plan de salvación, podemos construir juntos un mundo en el que
resuene la melodía consoladora de una sinfonía trascendente de amor. Más aún,
será el Espíritu Santo mismo quien nos hará a todos instrumentos bien
armonizados y colaboradores responsables de una admirable ejecución, en la que
se expresa a lo largo de los siglos el plan de la salvación universal.
A la vez que renuevo mi gratitud a los miembros del Cuarteto de la Orquesta
filarmónica de Berlín, y a los que han contribuido a la realización de esta
velada musical, aseguro a cada uno mi recuerdo en la oración e imparto a todos
con afecto mi bendición.
© Copyright 2006 - Libreria Editrice Vaticana
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