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DISCURSO DEL PAPA BENEDICTO XVI
A UNA PEREGRINACIÓN DE LA DIÓCESIS DE ROMAÑA


Sábado 7 de octubre de 2006

 

Queridos peregrinos de Romaña: 

Me alegra daros mi más cordial bienvenida. Os saludo a todos con afecto, comenzando por mons. Giuseppe Verucchi, arzobispo de Rávena-Cervia, al que agradezco las amables palabras que me ha dirigido en vuestro nombre. Saludo, asimismo, a los obispos de Faenza-Modigliana, Forlí-Bertinoro, Ímola, Cesena-Sarsina y Rímini, y al arzobispo emérito de Rávena-Cervia, monseñor Luigi Amaducci. Dirijo un saludo particular y deferente a los queridos cardenales Ersilio Tonini y Pio Laghi, que han querido participar en este encuentro, que constituye uno de los "momentos fuertes" de vuestra peregrinación a las tumbas de los Apóstoles.

Además de saludaros a vosotros, aquí presentes, saludo con afecto a cuantos en vuestras respectivas diócesis están unidos a nosotros espiritualmente, con un recuerdo especial para los niños y los jóvenes, las familias, las personas solas y cuantos viven momentos difíciles. A cada uno aseguro mi cercanía espiritual en la oración.

Queridos hermanos y hermanas, habéis venido hoy en gran número para recordar con gratitud la visita pastoral que mi predecesor el siervo de Dios Juan Pablo II realizó en mayo de hace veinte años a vuestra amada tierra. Os habéis preparado para esta cita con un significativo momento de oración, guiados por la palabra del venerado cardenal Tonini, que por la tarde presidirá la solemne concelebración eucarística programada en la basílica de San Pedro.

Me ha complacido que para esta ocasión providencial hayáis querido recordar los discursos que el amado Juan Pablo II pronunció durante su inolvidable peregrinación apostólica a Romaña. Sus palabras han permanecido grabadas en vuestro corazón y en vuestra memoria. Por tanto, la relectura de su valiosa enseñanza constituye una singular oportunidad para vuestras hermosas y vivas comunidades diocesanas; es un estímulo para la reflexión y la profundización de la comunión afectiva y efectiva entre todos los componentes de las respectivas Iglesias particulares; es una invitación a caminar unidos a vuestros pastores y al Sucesor de Pedro; es un aliento para los miembros de vuestras diócesis a proseguir, con renovado impulso, la misión evangelizadora común, testimoniando el Evangelio de la esperanza en nuestra época.

Sólo es posible llevar a cabo este exigente mandato misionero gracias a la ayuda de Dios y a la valoración convencida y valiente del patrimonio espiritual que la población de Romaña ha sabido conservar y defender a lo largo de los siglos, como subrayó Juan Pablo II, reconociendo en ella "una comunidad humana y cristiana llena de fervor operativo, consciente de su papel en la sociedad del actual momento histórico; una comunidad de cristianos que, según la tradición de los católicos de Romaña, quiere tener unidas la firmeza de la fe y la valentía del testimonio social, la adhesión a  la  comunidad eclesial y la lealtad hacia la sociedad civil" (Discurso a los jóvenes en Rávena, 11 de mayo de 1986, n. 2:  L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 25 de mayo de 1986, p. 21).

Quiera Dios que estas palabras de mi venerado predecesor sean para vosotros un impulso a no desanimaros ante las dificultades que también vuestra región encuentra en nuestro tiempo. En efecto, veinte años después de aquel significativo acontecimiento, en Romaña, como en otras partes, no faltan desafíos y problemas para quien quiere vivir de modo coherente su fe, esforzándose por conjugarla con las exigencias de la vida diaria. Pienso en las crisis que amenazan a numerosas familias, en la necesidad cada vez mayor de vocaciones sacerdotales y religiosas ante la preocupante disminución numérica y la edad avanzada de los sacerdotes; pienso en las numerosas insidias de una sociedad consumista y secularizada, que intenta seducir a un número cada vez mayor de personas, induciéndolas a sufrir una progresiva separación de los valores de la fe en la vida familiar, civil y política.

Se trata de desafíos que hay que afrontar sin desalentarse, mirando con confianza a los numerosos motivos de esperanza que, gracias a Dios, no faltan. Por ejemplo, hay muchas personas deseosas de dar un sentido y un valor firme a su existencia, hombres y mujeres interesados en una fuerte y sincera búsqueda religiosa. Al respecto, resulta actual lo que Juan Pablo II dijo entonces a los jóvenes y hoy yo os lo repito a vosotros, queridos hermanos y hermanas:  "Es este el momento de vivir en plenitud la alegría de ser cristianos. Sed testigos de esta alegría ante el mundo. Cristo camina con vosotros, él, el Resucitado, sobre el cual la muerte no tiene ya ningún poder, porque él la ha vencido de una vez para siempre. Cristo, el perennemente joven, sea vuestro apoyo y vuestro guía hoy, mañana y siempre" (ib., n. 9).

Testimoniar la alegría de ser cristianos:  que este sea vuestro compromiso común. Con este fin, proseguid, más aún, intensificad la comunión eclesial y sed protagonistas generosos de la misión evangelizadora que el Señor os confía, atesorando las indicaciones surgidas de la memorable visita de hace veinte años y confirmados también por la gracia de esta peregrinación.

La santísima Virgen María, a la que hoy veneramos con el título de Virgen del Rosario, siga acompañándoos y guiándoos en vuestro itinerario espiritual y pastoral. Por mi parte, os aseguro un recuerdo ante el Señor y de corazón os bendigo, juntamente con vuestras familias, vuestras comunidades parroquiales y religiosas y todos vuestros seres queridos.

 

© Copyright 2006 - Libreria Editrice Vaticana

 

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