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DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
A LOS OBISPOS DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL DE GRECIA
EN VISITA "AD LIMINA"


Lunes 30 de octubre de 2006

 

Venerados hermanos en el episcopado: 

Al venir vosotros de una tierra muy amada por el Apóstol de los gentiles, me es grato saludaros con sus mismas palabras:  "Doy gracias a Dios sin cesar por vosotros, a causa de la gracia de Dios que os ha sido otorgada en Cristo Jesús, pues en él habéis sido enriquecidos en todo" (1 Co 1, 4-5). Me alegra acogeros como Sucesor de Pedro, el Apóstol al que Cristo encomendó de modo particular la responsabilidad de promover la unidad de la Iglesia, Esposa por la cual derramó su sangre en la cruz. La visita ad limina que estáis realizando constituye un deber de particular relieve en el fortalecimiento de la comunión que, por gracia de Dios, existe entre nosotros. Es un don de Dios del que somos conscientes y del que nos proponemos ser custodios celosos.

En los encuentros que he tenido con cada uno de vosotros he podido percibir la preocupación común por la rápida transformación de la configuración de vuestras comunidades. Los acontecimientos políticos y sociales que se han producido en el área donde se encuentran las Iglesias que se os han encomendado han creado problemas pastorales que requieren soluciones tempestivas. En particular, el notable flujo de católicos que llegan de las naciones limítrofes os plantea a vosotros y a vuestro clero nuevas exigencias de servicio ministerial al que no es fácil proveer. Por tanto, comprendo vuestras preocupaciones pastorales con respecto a una grey que ha aumentado mucho y es muy variada a causa de la presencia de fieles de diferentes lenguas y ritos.
Pienso que el desarrollo de un diálogo constructivo con los demás Episcopados es muy oportuno precisamente a la luz de la nueva situación. Como fruto de ese diálogo se podrán tomar seguramente decisiones adecuadas tanto para contar con los ministros sagrados necesarios como para obtener los recursos indispensables.

Obviamente, es preciso que se respeten las identidades específicas, pero sin sacrificar por esto la vida y los programas de las Iglesias que Cristo os ha encomendado. Vosotros sois los pastores del pueblo de Dios en tierra griega:  no se trata simplemente de un título honorífico, sino de una verdadera responsabilidad con obligaciones precisas.

A este propósito, os exhorto cordialmente a perseverar en vuestros esfuerzos por estimular la pastoral vocacional:  es preciso, por una parte, cultivar atentamente los gérmenes de vocación que Dios sigue sembrando en el corazón de los muchachos y las muchachas también en nuestro tiempo; por otra, se deberá invitar a las comunidades cristianas a orar con más intensidad "al Dueño de las mies" a fin de que suscite nuevos ministros y nuevas personas consagradas para la conveniente realización de las diversas tareas requeridas por el Cuerpo místico de Cristo.

En cualquier caso, deseo que, con generosa entrega por parte de todos, también en la actual situación se afronten las necesidades espirituales de los numerosos inmigrantes que han encontrado en vuestro país acogida digna y cordial. Este es el estilo propio de vuestra gente, que desde siempre ha sabido abrirse a un contacto constructivo con los pueblos limítrofes. También gracias a esta prerrogativa innata, sabréis seguramente enfocar del mejor modo posible el diálogo con los demás Episcopados católicos de los diversos ritos, a fin de organizar oficinas pastorales adecuadas para un fructuoso testimonio evangélico en vuestra tierra.

La Providencia os ha puesto en estrecho contacto con nuestros hermanos ortodoxos que, numéricamente, son la mayoría de vuestros compatriotas. Todos tienen un gran deseo de participar juntos en el único altar sobre el cual se ofrece, bajo las especies del Sacramento, el único sacrificio de Cristo. Intensifiquemos la oración para que se apresure el día bendito en el que podamos partir juntos el Pan y beber juntos del mismo Cáliz, en el que está puesto el precio de nuestra salvación.

En este contexto, deseo que se abran siempre mayores perspectivas de un diálogo constructivo entre la Iglesia ortodoxa de Grecia y la Iglesia católica, y que se multipliquen las iniciativas comunes de orden espiritual, cultural y práctico. Además, me es grato dirigir un saludo, expresión de mis mejores deseos, a Su Beatitud el arzobispo Christódulos de Atenas y de toda Grecia, pidiendo al Señor que sostenga su clarividencia y su prudencia en la realización del delicado servicio que le ha encomendado. A través de él quiero saludar con vivo afecto al Santo Sínodo de la Iglesia ortodoxa de Grecia y a todos los fieles a los que amorosamente sirve con dedicación apostólica. Estoy seguro de que vosotros, venerados hermanos, ofreceréis vuestra eficaz colaboración al Consejo pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos y a los miembros del Colegio episcopal de la Iglesia ortodoxa de Grecia para favorecer ulteriores progresos por el camino de la anhelada unidad plena.

En las conversaciones que he tenido con vosotros he recogido también vuestros deseos de que el Estado defina el derecho de tener un estatuto jurídico apropiado y reconocido. Sobre la cuestión, como sabéis bien, se está manteniendo un diálogo en el que no es protagonista principal la Sede apostólica. En efecto, se trata de materia interna, a la que sin embargo la Santa Sede está muy atenta, porque desea una solución adecuada de los problemas planteados, no sólo sobre la base de la legislación local vigente y de las directrices europeas, sino también del derecho internacional y de la práctica ya consolidada de relaciones bilaterales cordiales y fructuosas.

Además del diálogo, en este campo hace falta perseverancia. No es necesario añadir que la Iglesia católica no busca ningún privilegio; sólo pide que se reconozcan su identidad y su misión, para poder contribuir eficazmente al bienestar integral del noble pueblo griego, del que sois parte integrante. Con paciencia y respeto de los procedimientos legítimos será posible llegar, gracias al compromiso de todos, al deseado acuerdo.

Venerados hermanos, con viva participación he conocido, a través de vosotros los problemas que afrontan numerosas comunidades por los desplazamientos internos de los fieles. Muchos de ellos se encuentran en una situación de dispersión en el territorio, con la consecuencia de graves dificultades en las relaciones con los respectivos pastores. También a la luz de estos fenómenos se revela la gran importancia de la unidad afectiva y efectiva de vosotros, los obispos, mediante una coordinación interna cada vez más eficaz.

El análisis que habéis hecho juntos de los problemas comunes lleva a soluciones compartidas y a un itinerario eclesial en el que cada uno está llamado a dar su aportación a las necesidades del otro, para construir juntos el reino de Dios. En efecto, el ministro de Dios tiene el deber de hacer todo lo posible para que los dones dados por Dios a cada uno contribuyan a la edificación de todos, glorificando así al único Señor.

Queridos hermanos, el Espíritu de Cristo os ha puesto en la Iglesia como pastores y maestros. No temáis las dificultades; más bien, en todas las cosas dad gracias a Dios, cooperando con él en la salvación de las almas. Tened la seguridad de que la Providencia no os abandonará en vuestros esfuerzos.

Al volver a vuestras respectivas sedes, transmitid mi saludo cordial a vuestros sacerdotes, a los religiosos y a todos los fieles, asegurándoles mi ferviente oración y mi constante afecto. A la vez que invoco sobre cada uno la intercesión celestial de María, Reina de los Apóstoles, os imparto a vosotros y a cuantos están encomendados a vuestra solicitud pastoral una especial bendición, prenda de los abundantes consuelos del Señor.

 

© Copyright 2006 - Libreria Editrice Vaticana

 

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