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DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
AL SEÑOR HANS-HENNING HORSTMANN
NUEVO EMBAJADOR DE LA REPÚBLICA FEDERAL DE ALEMANIA
ANTE LA SANTA SEDE*


Palacio pontificio de Castelgandolfo
Jueves 28 de septiembre de 2006

 

Señor embajador:

Aprovecho de buen grado la ocasión de la presentación de las cartas que lo acreditan oficialmente como embajador extraordinario y plenipotenciario de la República federal de Alemania ante la Santa Sede para darle la bienvenida y, congratulándome por su nombramiento, expresarle mis mejores deseos para su nueva y elevada misión. Le agradezco las cordiales palabras que me ha dirigido en nombre del presidente federal, señor Horst Köhler y del Gobierno federal alemán. Por mi parte, envío mi saludo al presidente de la República federal, a los miembros del Gobierno federal y a todo el pueblo alemán. Ojalá que las buenas relaciones entre la República federal de Alemania, mi amada patria, y la Santa Sede sean en los próximos años aún más fecundas para el bien del hombre.

En los días pasados he reflexionado con gratitud sobre mi visita pastoral a Baviera, que tuvo como lema: "El que cree nunca está solo". Quise unir el recuerdo de las personas y de los lugares a los que me siento vinculado por motivos históricos, a encuentros con la comunidad de fe. A las numerosas personas que participaron en la santa misa les anuncié el mensaje del amor liberador y salvífico de Dios. En esta ocasión deseo agradecer, un vez más, a las autoridades estatales de la Federación y del Estado libre de Baviera, así como a los numerosos voluntarios, el gran apoyo ofrecido, mediante el cual contribuyeron a la realización de mi viaje apostólico. Los mensajes que en los últimos días recibí de los participantes en las misas en Baviera y también de los telespectadores de Alemania y de otros países demuestran que en aquellos días hubo una auténtica comunión. Considero que todo esto tiene también una importancia social: cuando la sociedad crece y las personas se fortalecen en el bien gracias al mensaje de fe, también se beneficia la convivencia social y los ciudadanos incrementan su disponibilidad para asumir responsabilidades en beneficio del bien común.

Señor embajador, la misión de la Santa Sede es universal. La atención y la solicitud del Papa y de sus colaboradores en la Curia romana se refieren, en la medida de lo posible, a todos los hombres y a todos los pueblos. Naturalmente, la Santa Sede se dirige en primer lugar a los cristianos de los diversos países del mundo, pero atribuye gran significado al bien de todos los hombres, independientemente de su cultura, lengua y pertenencia religiosa.

Por consiguiente, la Santa Sede procura colaborar con todos los hombres de buena voluntad al servicio de la dignidad, de la integridad y de la libertad del hombre. La Iglesia católica se preocupa por su salvación. Por eso, la persona y las comunidades a las que pertenece y en las que vive están en el centro de las actividades de la Santa Sede. Su acción, también en el escenario internacional, demuestra que la Iglesia defiende al hombre, aquí en Europa y en todas las partes del mundo. De hecho, la Iglesia comparte "el gozo y la esperanza, la tristeza y la angustia de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de todos los afligidos" (Gaudium et spes, 1).

Con todo, la Iglesia no se impone. No obliga a ninguna persona a acoger el mensaje del Evangelio. De hecho, la fe en Jesucristo anunciada por la Iglesia sólo puede existir en la libertad. Por consiguiente, la tolerancia y la apertura cultural deben caracterizar el encuentro con el prójimo. Pero la tolerancia nunca debe confundirse con la indiferencia, porque cualquier forma de indiferencia es radicalmente contraria al profundo interés cristiano por el hombre y por su salvación. La auténtica tolerancia también presupone siempre el respeto del otro, del hombre, de la criatura de Dios cuya existencia él ha querido. La tolerancia que nuestro mundo tanto necesita ―lo recordé también en Munich― incluye "el temor de Dios, el respeto de lo que es sagrado para el otro. Pero este respeto de lo que los demás consideran sagrado exige que nosotros mismos aprendamos de nuevo el temor de Dios. Este sentido de respeto sólo puede renovarse en el mundo occidental si crece de nuevo la fe en Dios" (Homilía durante la misa en la explanada de la Nueva Feria de Munich, 10 de septiembre de 2006: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 15 de septiembre de 2006, p. 12).

Señor embajador, en su discurso ha destacado justamente las relaciones eclesiales existentes entre la República federal de Alemania y la Santa Sede, y la buena cooperación de estos dos Estados en algunos sectores. Ciertamente, en estas buenas relaciones se refleja también la sólida relación entre el Estado y la Iglesia en Alemania. En ocasiones precedentes se ha puesto de relieve varias veces la buena cooperación de las dos instituciones en diversos ámbitos con vistas al bien del hombre en nuestra patria. Es de desear que esta probada colaboración entre la Iglesia y el Estado en Alemania prosiga y también se desarrolle, a pesar de las cambiantes premisas en el ámbito europeo.

Como en toda nación, también en Alemania la relación entre el Estado y la Iglesia está íntimamente unida a la legislación. Por eso, la Santa Sede sigue con gran interés los desarrollos y las tendencias en la Federación y en cada uno de los Länder. Ahora deseo destacar brevemente algunos ámbitos que considera importantes la Iglesia católica, la cual ―como ya he dicho― se preocupa ante todo por el hombre y por su salvación.

En primer lugar, cito la defensa del matrimonio y de la familia, que está garantiza por la Ley fundamental, pero que está amenazada, por un lado, por el cambio de interpretación de la comunión matrimonial que se verifica en la opinión pública y, por otro, por nuevas formas previstas por la legislación, que se alejan de las de la familia natural. La interrupción del embarazo, absolutamente injustificable, que cuesta la vida, como sucede siempre, a numerosos niños inocentes, sigue siendo una preocupación dolorosa para la Santa Sede y para toda la Iglesia. Tal vez el actual debate de los responsables políticos sobre la interrupción del embarazo en estado avanzado pueda fortalecer la conciencia de que la discapacidad diagnosticada del niño no puede ser un motivo para abortar, porque también la vida del discapacitado es querida y apreciada por Dios, y porque en esta tierra nadie puede tener la certeza de vivir sin límites físicos o espirituales.

Por consiguiente, la Iglesia jamás se cansará de indicar a las instituciones europeas competentes y a cada una de las naciones los problemas éticos ínsitos en el contexto de la investigación con células madre embrionarias y de las llamadas "terapias innovadoras".

Señor embajador, Alemania ha ofrecido una nueva patria y asilo a refugiados y a muchas personas que en sus países de origen están amenazadas con la persecución por motivos políticos o religiosos. La red de ayuda y de solidaridad, que incluye también a los extranjeros necesitados, representa de hecho un orden social humano. La capacidad de esta red depende de las contribuciones de todos. Por tanto, es de desear que se garantice el asilo según la intención del legislador, en conformidad con las directrices justas y según el principio de justicia. Es necesario tener presente que para gran número de refugiados encontrar asilo en Alemania es vital. A este propósito, la Santa Sede pide a las instituciones estatales competentes que no pongan obstáculos a los cristianos extranjeros, cuya vida y bienestar están amenazados a causa de su fe, y que les faciliten la integración en Alemania.

Con razón Alemania se siente orgullosa de su gran tradición cultural. La transmisión de la cultura a las generaciones sucesivas es una de las tareas importantes del Estado. Con todo, el saber debe ir acompañado por los valores, para que la formación sea auténtica. En la mayor parte de los Länder alemanes el Estado comparte este gran desafío con la Iglesia, que está presente en las escuelas a través de las clases de religión, como "materia habitual de enseñanza". En muchos lugares, los alumnos que no pertenecen a ninguna confesión religiosa reciben clases de ética "neutra desde el punto de vista religioso". Estas clases de ética no pueden y no deben ser en ningún caso "neutras desde el punto de vista de los valores". Deben permitir que los alumnos se familiaricen con la gran tradición del espíritu occidental, que ha forjado la historia y la cultura de Europa y sigue inspirándolas.

La Iglesia considera importante que estas clases de ética se impartan juntamente con la de religión confesional, pero sin sustituirla de ninguna manera.

Señor embajador, Alemania es un país abierto al mundo. Nuestra patria tiene hoy su lugar firme y reconocido en la comunidad de los Estados y de los pueblos europeos. Alemania, además de las cuestiones de interés nacional, no olvida los diversos problemas de numerosos países pobres de otras partes del mundo. También las instituciones caritativas internacionales de la Iglesia católica que tienen su sede en Alemania pueden contar con la generosidad auténtica de la población. En numerosas cuestiones humanitarias e internacionales, relativas a los derechos del hombre, la Santa Sede puede contar con una colaboración basada en la confianza del Gobierno federal alemán.

Por todos estos motivos, la Iglesia y yo estamos sinceramente agradecidos. Con su larga experiencia diplomática al servicio de la República federal de Alemania, usted, señor embajador, puede hacer que esta colaboración sea siempre sólida y esté al servicio del hombre. Imploro de corazón sobre usted, sobre su familia y sobre todos los miembros de la embajada, la protección constante de Dios y sus abundantes bendiciones.



*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n.43 p.13 (p. 561).



© Copyright 2006 - Libreria Editrice Vaticana


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