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DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
AL SEÑOR ANTUN SBUTEGA, PRIMER EMBAJADOR
DE LA REPÚBLICA DE MONTENEGRO ANTE LA SANTA SEDE*


Lunes 22 de enero de 2007

 

Señor embajador:

Es para mí motivo de singular alegría recibir las cartas con las que el señor Filip Vujanovic, presidente de la República de Montenegro, lo acredita como primer embajador ante la Sede apostólica. Sea bienvenido. El sentimiento del Sucesor de Pedro, hoy, tiene orígenes antiguos y se alimenta de una memoria que reanuda un diálogo jamás interrumpido a lo largo de los siglos entre las estirpes montenegrinas y el Obispo de Roma. A través de usted, señor embajador, deseo expresar mi gran estima, en primer lugar, al señor presidente de la República, con el que tuve la alegría de encontrarme recientemente, y luego también a las demás autoridades del Estado y a toda la sociedad civil montenegrina que, en su pluralidad étnica, ha querido entablar un diálogo directo y cordial con la Santa Sede.

Como usted sabe, la buena nueva llegó desde los tiempos apostólicos a las tierras que hoy forman la República a la que usted pertenece. Esos vínculos de orden espiritual se fortalecieron por obra del apostolado de los monjes benedictinos, hasta el punto de que, durante el pontificado del gran Papa Gregorio VII, se llegó al reconocimiento público de la independencia del reino de Coclea, cuando el príncipe Mihail recibió las insignias de la realeza de la Sede de Pedro. A lo largo de las vicisitudes alternas de los siglos, los pueblos que vivían en la actual Crna Gora han mantenido siempre una relación dinámica y cordial con las naciones vecinas, hasta el punto de que dieron interesantes aportaciones a la vida de las naciones europeas, entre ellas Italia, a la que, durante el siglo pasado, dieron incluso una reina.

Las antiguas cartas hablan de un diálogo fecundo entre la Sede apostólica y el príncipe Nicolás de Montenegro, que en 1886 llevó a estipular una convención con la que se proveía a las necesidades espirituales de los ciudadanos católicos, dependientes de la entonces capital Cetinje. La clarividencia de las resoluciones adoptadas por aquel jefe de Estado, por lo que atañe al reconocimiento de los derechos de una parte de sus compatriotas, suscita aún hoy nuestra admiración, subrayando la necesidad de una justa consideración de las exigencias objetivas de la práctica religiosa de cada uno. Todo católico es plenamente consciente de las prerrogativas del Estado, pero al mismo tiempo también es consciente de sus deberes en relación con los imperativos evangélicos.

Por tanto, reflexionando sobre los siglos pasados, cuando el mensaje evangélico de la salvación llegó a las tierras de Montenegro, abrazando la tradición oriental y al mismo tiempo la occidental, su patria, señor embajador, se ha caracterizado siempre por ser un lugar privilegiado del encuentro ecuménico que todos deseamos. También el encuentro entre cristianos y musulmanes ha dado en Montenegro frutos convincentes.

Es preciso proseguir por este camino, en el que la Iglesia desea que todos converjan en el compromiso de unir los esfuerzos al servicio de la nobleza innata del ser humano. En efecto, la Iglesia ve en esto una parte significativa de su misión al servicio del hombre en su integridad de pensamiento, acción y programación, respetando las tradiciones que identifican una tierra como tal. Estoy seguro de que, en el contexto europeo, Montenegro dará su aportación activa, tanto en el ámbito civil como en el político, social, cultural y religioso.

Una de las prioridades sobre las que seguramente está reflexionando la nueva República independiente, que usted representa, es la consolidación del Estado de derecho en los diversos ámbitos de la vida pública, mediante la adopción de medidas que garanticen el goce efectivo de todos los derechos que prevén las leyes fundamentales del Estado. Esto promoverá el crecimiento de la confianza social en los ciudadanos, permitiéndoles sentirse libres de alcanzar sus legítimos objetivos, sea como particulares sea como comunidades dentro de las cuales han elegido agruparse, y esto se traducirá en una maduración general en la cultura de la legalidad.

Montenegro pertenece a la familia de las naciones europeas, a las que, a pesar de su pequeña dimensión, ha dado y quiere seguir dando su generosa contribución. El pleno reconocimiento de la vida y de los objetivos de la comunidad católica en el contexto de la sociedad montenegrina, realizado hace más de un siglo, ha resultado útil a la soberanía del Estado y grato para la misión específica de la Iglesia. En esa circunstancia histórica específica, ¿cómo no notar la respetuosa actitud de la Iglesia ortodoxa del tiempo, que no se opuso a un acuerdo con la Sede apostólica? Más aún, vio en este paso un instrumento útil para responder mejor a las necesidades espirituales de la población. Es de desear que esta disposición cristiana se desarrolle ulteriormente.

Como en el pasado, la Sede apostólica desea reafirmar también hoy su estima, su afecto y su consideración por las nobles estirpes que viven en Montenegro, manteniendo un diálogo fraterno con la Ortodoxia, tan presente y viva en el país. De esta actitud son testigos las relaciones milenarias de recíproca consideración. También hoy es necesario profundizar esta actitud constructiva, para servir mejor a las personas a las que usted hoy representa dignamente aquí. Ellas, con gran apertura de espíritu, miran simultáneamente sea a Occidente sea a Oriente, poniéndose como puente entre ambas realidades. Con plena cordialidad, como durante los siglos pasados, es posible lograr acuerdos que redunden en beneficio del país y de la comunidad católica, sin perjudicar lo más mínimo los derechos legítimos de otras comunidades religiosas. Este es el camino emprendido por la Europa actual y que su país quiere recorrer con tanta esperanza.

Señor embajador, las credenciales que usted me presenta son el signo de una voluntad positiva de contribuir a la vida internacional con la propia identidad específica. En este sentido, encontrará en la Sede apostólica un interlocutor que conoce bien la historia, el presente y los deseos de su pueblo. En mí y en mis valiosos colaboradores encontrará atención y consideración, basada en relaciones recíprocas milenarias y cordiales.

Además de pedirle que se haga intérprete de mi estima y mi gratitud ante las autoridades que lo acreditan, le ruego que transmita la expresión de mi vivo deseo de prosperidad, paz y progreso para todos los habitantes de Montenegro, sobre los cuales invoco las abundantes bendiciones del Altísimo.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n.7 p.7 (79).

 

© Copyright 2007 - Libreria Editrice Vaticana

 

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