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DISCURSO DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI
A CINCO NUEVOS EMBAJADORES ANTE LA SANTA SEDE*


Viernes 1 de junio de 2007

 

Excelencias:

Me alegra recibiros hoy en el Vaticano para la presentación de las cartas que os acreditan como embajadores extraordinarios y plenipotenciarios de vuestros respectivos países: Pakistán, Islandia, Estonia, Burundi y Sudán. Me habéis transmitido las amables palabras de vuestros jefes de Estado. Os lo agradezco, rogándoos que les transmitáis mi saludo deferente y mis cordiales deseos para sus personas y para su alta misión al servicio de sus pueblos.

Permitidme dirigir también, por medio de vosotros, un saludo afectuoso a todas las autoridades civiles y religiosas de vuestros países, así como a todos vuestros compatriotas. Mis pensamientos y mis oraciones van también a las comunidades católicas presentes en vuestros países. Conocéis el espíritu de colaboración fraterna con el que trabajan juntamente con todos sus hermanos en la humanidad, deseosas de testimoniar el Evangelio, que invita a vivir el mandamiento del amor al prójimo.

Vuestra presencia hoy, al provenir de diferentes continentes, da a nuestros contemporáneos la imagen del mundo que, de norte a sur y de este a oeste, se preocupa por entablar relaciones cada vez más estrechas, para construir una sociedad donde sea agradable vivir. En efecto, en el mundo actual es más importante que nunca afianzar los vínculos que unen a los países, mostrando una solicitud muy particular por las naciones más pobres.

De hecho, no es posible utilizar impunemente las riquezas de los países más pobres, sin que estos últimos puedan participar en el crecimiento mundial. Las autoridades de todos los países tienen el deber de trabajar juntas para una mejor repartición de las riquezas y de los bienes del planeta. Dicha colaboración tendrá repercusiones sobre la solidaridad, la paz y la vida fraterna, tanto en el seno de cada país como entre los diversos países.

Por eso, deseo vivamente un compromiso renovado de todas las naciones, principalmente de las más ricas, para que todos los hombres tomen conciencia de su responsabilidad al respecto y acepten transformar su modo de vida con vistas a una distribución cada vez más equitativa.

Permitidme también subrayar el papel que las religiones pueden desempeñar en este campo. En efecto, tienen el deber de formar a sus miembros en un espíritu de relaciones fraternas entre todos los habitantes de un mismo país, con una atención respetuosa a todos los hombres. Nadie puede ser objeto de discriminación o quedar marginado de la sociedad a causa de sus convicciones y de su práctica religiosa, que son elementos fundamentales de la libertad de las personas. Las sociedades se honran protegiendo estos derechos fundamentales, y así manifiestan la atención que prestan a la dignidad de todo ser humano. Por otra parte, una actividad religiosa verdadera no puede ser fuente de división o de violencia entre personas y entre comunidades humanas. Al contrario, la conciencia se basa en el principio según el cual toda persona es un hermano que hay que proteger y ayudar a crecer.

En el momento en que comenzáis vuestra misión ante la Santa Sede, señoras y señores embajadores, os expreso mis mejores deseos de éxito en vuestro servicio. Pido al Todopoderoso que os acompañe a vosotros, a vuestros familiares, a vuestros colaboradores y a todos vuestros compatriotas, y que derrame sobre cada uno la abundancia de sus bendiciones.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n.23 p.8 (328).

© Copyright 2007 - Libreria Editrice Vaticana

 

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