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 VISITA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
A LA CONGREGACIÓN PARA LAS IGLESIAS ORIENTALES


Palacio de Bramante, Via della Conciliazione (Roma)
Sábado 9 de junio de 2007

 


DISCURSO DEL SANTO PADRE

 

Beatitud;
venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio;
queridos hermanos y hermanas: 

Ha llegado el día, esperado también por el Papa, de visitar la Congregación para las Iglesias orientales. Es un día significativo, entre otras cosas, porque hoy el calendario de la Iglesia latina recuerda a san Efrén, el gran doctor de la Iglesia siria. Doy gracias al Señor y a todos vosotros por este encuentro tan cordial. Saludo al cardenal prefecto, Ignace Moussa I Daoud, y le agradezco las amables palabras que me ha dirigido. Hago extensivo mi saludo al arzobispo secretario, mons. Antonio Maria Vegliò, al subsecretario, a los colaboradores y a todos los presentes.

Mi primer pensamiento va al Papa Benedicto XV, de feliz memoria, que hace noventa años instituyó la "Sagrada Congregación para la Iglesia oriental". El beato Pío IX había constituido, dentro de Propaganda Fide, la "sección oriental". Sin embargo, para "ahuyentar el temor de que los orientales no fueran debidamente tenidos en consideración por los Romanos Pontífices", el Papa Benedicto quiso el nuevo dicasterio, totalmente autónomo, disponiendo lo que fuera necesario para su mejor funcionamiento. Y él mismo asumió su gobierno.

Como atestigua el motu proprio Dei providentis, deseaba manifestar claramente que "in Ecclesia Iesu Christi, ut quae non latina sit, non graeca, non slavonica, sed catholica, nullum inter eius filios intercedere discrimen" (AAS 9 [1917] 529-531).

Precisamente entonces comenzó una fase dramática de la historia, de modo especial para el este de Europa. Los tiempos sucesivos confirmarían cuán providencial fue esa decisión pontificia, que tenía como fin asegurar a los orientales católicos, a través de una Congregación específica, la solicitud de la Iglesia, la cual acompañaría a muchos de ellos en la hora no breve de la persecución.

Después del silencio llegó el tiempo del rescate, y la vida y la misión de la Iglesia pudieron reanudarse, desarrollarse y consolidarse. En esta circunstancia doy nuevamente gracias al Señor por los designios de su divina bondad. Pero, como padre y pastor, siento el deber de elevar a Dios una ferviente oración y dirigir un apremiante llamamiento a todos los responsables, para que en todas partes, tanto en Oriente como en Occidente, las Iglesias puedan profesar la fe cristiana con plena libertad. Que a los hijos e hijas de la Iglesia, en todas partes, se les permita vivir con tranquilidad personal y social:  que se garantice dignidad, respeto y futuro a las personas y a los grupos, sin perjuicio alguno para sus derechos de creyentes y de ciudadanos.

De mis labios se eleva sobre todo una apremiante invocación de paz para Tierra Santa, Irak y Líbano, para todos los territorios puestos bajo la jurisdicción de la Congregación para las Iglesias orientales, así como para las demás regiones implicadas en el torbellino de violencia aparentemente irrefrenable. Que las Iglesias y los discípulos del Señor permanezcan donde, por su nacimiento, los ha puesto la divina Providencia; donde merecen permanecer con una presencia que se remonta hasta los inicios del cristianismo. A lo largo de los siglos se han distinguido por un amor indiscutible e inseparable a su fe, a su pueblo y a su tierra.

Con  esta  visita sigo las huellas de mis  venerados  predecesores el siervo de  Dios  Juan  Pablo  II  y  el beato Juan XXIII, que vinieron personalmente a encontrarse con los superiores y los oficiales del dicasterio. Asimismo, con ella quiero continuar simbólicamente la peregrinación al corazón de Oriente que el Papa Juan Pablo II propuso en la carta apostólica Orientale lumen. Dado que la venerable y antigua tradición de las Iglesias orientales forma parte integrante del patrimonio indiviso de la Iglesia de Cristo (cf. Unitatis redintegratio, 17), Juan Pablo II exhortó a conocerla, afirmando:  "Es necesario que también los hijos de la Iglesia católica de tradición latina puedan conocer con plenitud ese tesoro y sentir así, al igual que el Papa, el anhelo de que se restituya a la Iglesia y al mundo la plena manifestación de la catolicidad de la Iglesia" (Orientale lumen, 1).

Inicié idealmente esa peregrinación asumiendo el nombre de un Papa que amó mucho a Oriente. Y, al inaugurar oficialmente el servicio petrino del Obispo de Roma, acudí al sepulcro del Apóstol llamando a mi lado a los patriarcas orientales en comunión con el Sucesor de Pedro. Así, ante toda la Iglesia, me sumergí espiritualmente en el manantial siempre activo del Credo apostólico, haciendo mía la profesión de fe del Pescador de Galilea en el "Hijo de Dios vivo" (Mt 16, 16). Volví a escuchar la consoladora promesa del Señor Jesús:  "Tú eres Pedro" (Mt 16, 18). Tenía la certeza de que estaban a mi lado, con sus pastores, los hijos e hijas de Oriente, que, fieles a su propia tradición, se alegran de poseer también el carisma de comunión conferido por Jesús a Pedro y a sus Sucesores.

Por último, el viaje apostólico a Turquía, inolvidable por el conmovedor abrazo con la comunidad católica y por su significado ecuménico e interreligioso, constituyó otro momento de especial fecundidad en mi peregrinación al corazón de Oriente.

Hoy el Papa agradece de nuevo a los orientales su fidelidad pagada con sangre, de la que quedan páginas admirables a lo largo de los siglos hasta el martirologio contemporáneo. Les asegura, a su vez, que quiere estar siempre a su lado. Y  reafirma  la profunda estima hacia las Iglesias orientales católicas por su  singular papel de testigos vivos de los orígenes (cf. Orientalium Ecclesiarum, 1), pues sin una constante relación con la tradición de los orígenes la Iglesia de Cristo no tiene futuro.

Son las Iglesias orientales quienes de modo especial conservan el eco del primer anuncio evangélico; las más antiguas memorias de los signos realizados por el Señor; los primeros reflejos de la luz pascual y el resplandor del fuego nunca apagado de Pentecostés. Su patrimonio espiritual, arraigado en la enseñanza de los Apóstoles y de los Padres, ha dado vida a venerables tradiciones litúrgicas, teológicas y disciplinares, mostrando la capacidad del "pensamiento de Cristo" de fecundar las culturas y la historia.

Precisamente por esto también yo, al igual que mis predecesores, miro con estima y afecto a las Iglesias de la Ortodoxia:  "Ya nos une un vínculo muy estrecho. Tenemos en común casi todo; y tenemos en común sobre todo el anhelo sincero de alcanzar la unidad" (Orientale lumen, 3). Desde lo más profundo de nuestro corazón se eleva el deseo de que ese anhelo llegue pronto a realizarse plenamente.

La Iglesia universal encuentra en el patrimonio de los orígenes la capacidad de hablar también al hombre contemporáneo de modo unánime y convincente:  "Las palabras de Occidente necesitan las palabras de Oriente para que la palabra de Dios manifieste cada vez mejor sus insondables riquezas" (ib., 28).

El concilio ecuménico Vaticano II expresó el deseo de que las Iglesias orientales "florezcan y desempeñen con renovado vigor apostólico la misión que les ha sido confiada (...) de promover la unidad de todos los cristianos, sobre todo de los orientales, según el decreto sobre el ecumenismo, principalmente con la oración, con el ejemplo de vida, con la escrupulosa fidelidad a las antiguas tradiciones orientales, con un mejor conocimiento mutuo, con la colaboración y estima fraterna de las cosas y de los espíritus" (Orientalium Ecclesiarum, 1 y 24).

Las Iglesias orientales, favorecidas por una tradición de vida plurisecular, deberán  afrontar el desafío interreligioso con espíritu de verdad, respeto y reciprocidad, para que las diversas culturas y tradiciones encuentren mutua hospitalidad en el nombre del único Dios (cf. Hch 2, 9-11).

La Congregación tiene tareas bien definidas, que lleva a cabo con competente dedicación. Me alegra poder expresarle mi gratitud y aprecio, y animarla a realizar todas las actividades que le han sido encomendadas en el marco de la misión propia de las Iglesias orientales y del componente de la Iglesia latina. Reafirmo la irreversibilidad de la opción ecuménica y la inderogabilidad del encuentro a nivel interreligioso. Elogio la más correcta aplicación de la colegialidad sinodal y la verificación puntual del desarrollo eclesial suscitado por la recuperada libertad religiosa.

Al Papa interesa mucho la prioridad de la formación, así como la actualización de la pastoral familiar, juvenil y vocacional, y la valorización de la pastoral de la cultura y de la caridad. Debe continuar, más aún, debe crecer el movimiento de caridad que, por mandato del Papa, lleva a cabo la Congregación para que, de modo ordenado y equitativo, Tierra Santa y las demás regiones orientales reciban la ayuda espiritual y material necesaria para hacer frente a la vida eclesial ordinaria y a necesidades particulares.

Por último, también hace falta un esfuerzo inteligente para afrontar el grave fenómeno de las migraciones, que a veces priva de sus mejores recursos a las comunidades tan probadas. Es preciso garantizar a los emigrantes una adecuada acogida en el nuevo ambiente y el vínculo indispensable con la propia tradición religiosa.

Con estas preocupaciones, la Congregación debe apoyar a las Iglesias orientales para promover su camino, respetando sus prerrogativas y responsabilidades. Sabe que en esta tarea, no fácil, puede contar siempre con el Papa, con los organismos de la Curia romana, según sus funciones respectivas, y con las instituciones vinculadas a ella:  pienso sobre todo en el Pontificio Instituto Oriental, que también celebra el 90° aniversario de su fundación, y al que expreso mi gratitud por su insustituible y cualificado servicio eclesial.

Encomiendo estos deseos al beato Juan XXIII:  Oriente lo marcó profundamente hasta el punto de que lo llevó a convocar el "nuevo Pentecostés del Concilio" con docilidad al Espíritu y apertura cordial hacia todos los pueblos. Está cerca de nosotros la santísima Madre de Dios, que en vuestra capilla bizantina he venerado ante los santos iconos, rodeada de la nube de testigos. Las Iglesias orientales, confiando en la Toda Santa, han de cultivar la variedad que no perjudica la unidad, sino que más bien la exalta, para que la Iglesia entera sea el "sacramento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano" (cf. Lumen gentium, 1).

Queridos amigos, os ruego que transmitáis mi saludo a los hermanos y hermanas de Oriente, para que, también gracias al trabajo diario de la Congregación, sientan que tienen siempre un lugar en el corazón del Papa de Roma. Por esto imparto a cada uno la bendición apostólica, que de buen grado hago extensiva a vuestros seres queridos y a todas las Iglesias orientales católicas.


El Santo Padre da las gracias al cardenal Daoud y a mons. Sandri

 

Beatitud: 

Como le decía en la carta personal que le dirigí, he decidido aceptar hoy la dimisión, que me había presentado hace tiempo, del cargo de prefecto de este dicasterio. Me complace aprovechar esta ocasión para expresarle mi profunda gratitud por el trabajo que ha llevado a cabo con entrega generosa en una tarea tan delicada. Sin embargo, me consuela el pensamiento de que puedo seguir contando con su competencia en la colaboración  que continuará prestando como miembro de varios dicasterios de la Curia romana, y también por esto le doy vivamente las gracias.

Al mismo tiempo, como ya le he comunicado, hoy, 9 de junio, día en que el calendario de la Iglesia latina recuerda a san Efrén, el gran santo de su tierra, le sucede en el cargo de prefecto de la Congregación para las Iglesias orientales el arzobispo Leonardo Sandri, hasta ahora sustituto de la Secretaría de Estado para los Asuntos generales. En este momento le manifiesto también a él mi gratitud por la ayuda que me ha dado en la realización de las anteriores tareas, y le expreso mis mejores deseos de un cumplimiento fructuoso de las delicadas funciones que le encomiendo con este nombramiento.

Para desempeñar el cargo de sustituto en la sección de la Secretaría de Estado para los Asuntos generales he llamado al arzobispo Fernando Filoni, actualmente nuncio apostólico en Filipinas, a quien saludo cordialmente a la espera de su llegada al Vaticano en el próximo mes de julio.

 

© Copyright 2007 - Libreria Editrice Vaticana

 

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