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VISITA PASTORAL A LA PARROQUIA ROMANA
DE SANTA FELICIDAD E HIJOS, MÁRTIRES

PALABRAS DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
 AL CONSEJO PASTORAL Y A LOS GRUPOS PARROQUIALES


Domingo 25 de marzo de 2007

 

Queridos hermanos y hermanas: 

Me siento muy feliz de estar entre vosotros, de ver una comunidad rica en fe, una comunidad joven, comprobando así que la Iglesia sigue viva hoy. Mientras el centro de Roma está un poco deshabitado, aquí vemos la Roma viva. Es la comunidad a la que san Pablo escribió y en la que san Pedro enseñó el Evangelio. Aquí nació el Evangelio de san Marcos, según la tradición, como reflejo de la predicación de san Pedro. Por eso, nos encontramos en un lugar donde, desde el inicio, creció la semilla de la palabra de Dios, donde creció también el "agapé", el amor, de forma que cien años después, más o menos en el año 100, san Ignacio pudo decir que Roma preside en la caridad. Y así debe ser. No basta que en Roma esté el Papa. En Roma debe vivir una Iglesia activa, comprometida, una Iglesia que presida en la caridad. Por eso, para mí es una experiencia muy grata ver en la parroquia que esta Iglesia de Roma existe, que sigue viva después de dos mil años.

Quisiera saludaros a todos. El párroco ya me ha presentado a los diversos componentes de la comunidad que están aquí presentes. Comenzamos naturalmente por el cardenal vicario, el obispo auxiliar, el párroco y los sacerdotes. Además, están aquí muchos grupos. No hace falta repetir ahora lo que ya dijo vuestro párroco. Expreso mi agradecimiento a todos los colaboradores. Agradezco la hermosa poesía que me han declamado; se ve que brota realmente del corazón de esta comunidad. Veo que en Roma el don de la poesía sigue vivo también en estos tiempos poco poéticos, por decirlo así.

No quisiera ahora recomenzar con consideraciones y reflexiones comprometedoras. Sólo quisiera manifestar mi gratitud al laicado adulto, que construye la parroquia viva. Vosotros tenéis aquí a los padres vocacionistas. La palabra "vocacionistas" hace pensar en "vocación". Podemos examinar dos dimensiones de esta palabra. Ante todo, se piensa inmediatamente en la vocación al sacerdocio. Pero la palabra tiene una dimensión mucho más amplia, más general. Todo hombre lleva en sí mismo un proyecto de Dios, una vocación personal, una idea personal de Dios sobre lo que está llamado a hacer en la historia para construir su Iglesia, templo vivo de su presencia. Y la misión del sacerdote consiste sobre todo en despertar esta conciencia, en ayudar a descubrir la vocación personal, el proyecto de Dios para cada uno de nosotros.

Veo que aquí son muchos los que han descubierto el proyecto que les concierne, tanto por lo que atañe a la vida profesional, en la formación de la sociedad de hoy -en la que la presencia de las conciencias cristianas es fundamental- como también por lo que atañe a la llamada a hacer que la Iglesia crezca y viva. Ambas cosas son igualmente importantes. Una sociedad en la que la conciencia cristiana ya no vive, pierde la dirección, ya no sabe a dónde ir, qué se puede hacer y qué no se puede hacer, y acaba en el vacío, fracasa.

Sólo si la conciencia viva de la fe ilumina nuestros corazones, podemos también construir una sociedad justa. El Magisterio no impone doctrinas. El Magisterio ayuda para que la conciencia misma pueda escuchar la voz de Dios, para que la conciencia pueda conocer lo que está bien, lo que es voluntad del Señor. Es sólo una ayuda para que la responsabilidad personal, alimentada por una conciencia viva, pueda realmente funcionar y así contribuir a que la justicia esté efectivamente presente en nuestra sociedad:  la justicia en su interior y la justicia universal para todos los hermanos en el mundo actual. Hoy no sólo hay una globalización económica; también hay una globalización de la responsabilidad, la universalidad por la que todos somos responsables de todos.

La Iglesia nos ofrece el encuentro con Cristo, con el Dios vivo, con el "Logos", que es la Verdad, la Luz, que no hace violencia a las conciencias, no impone una doctrina parcial, sino que nos ayuda a ser nosotros mismos hombres y mujeres plenamente realizados; así nos ayuda a vivir en la responsabilidad personal y en la comunión más profunda entre nosotros, una comunión que nace de la comunión con Dios, con el Señor.

Aquí veo esta comunidad viva. Expreso mi agradecimiento a los sacerdotes y a todos los colaboradores. Y os deseo que el Señor os ayude y os ilumine siempre. Ya hoy, domingo de Pasión, os deseo una feliz Pascua y os deseo todo bien en el futuro para vuestra parroquia, para vuestra comunidad y para este barrio de Fidene.

© Copyright 2007 - Libreria Editrice Vaticana

 

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