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DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
DURANTE LA VISITA AL
PALACIO DE LA GOBERNACIÓN
DEL ESTADO DE AL CIUDAD DEL VATICANO
Jueves 31 de mayo de 2007
Señores cardenales;
venerados hermanos en el episcopado y en el
sacerdocio;
queridos hermanos y hermanas:
"La gracia de nuestro Señor Jesucristo esté con vosotros" (2 Ts 3, 18).
Con las palabras del apóstol san Pablo dirijo un saludo cordial a todos los que
formáis la gran familia de los que trabajan en las diversas oficinas del Estado
de la Ciudad del Vaticano. Saludo a los señores cardenales miembros de la
Comisión pontificia y al presidente, el arzobispo Giovanni Lajolo, al que
agradezco las amables palabras de bienvenida que me ha dirigido. Mi saludo se
extiende a los demás señores cardenales y a los superiores de la Gobernación. A
todos les doy las gracias por haber venido aquí y por la generosidad con que, de
varias maneras, contribuyen a las diferentes actividades que el conjunto de la
Gobernación debe llevar a cabo.
Saludo en particular a los patrocinadores de los Museos vaticanos que han tenido
la amabilidad de unirse a nosotros. Gracias por haber hecho un largo viaje desde
Estados Unidos, Inglaterra, Irlanda, Portugal y Chile. Vuestra generosidad da
un testimonio espléndido de la belleza de la fe, expresada de modo tan admirable
en las obras de arte que vosotros amablemente ayudáis a restaurar.
Mi pensamiento se dirige en especial a vosotros, queridos amigos, que prestáis
vuestra colaboración en los diversos sectores de nuestro pequeño Estado, desde
los más visibles hasta los más ocultos. Constato y aprecio cada día los frutos
de vuestro trabajo y de vuestra competencia, y he venido aquí precisamente para
expresaros mi gratitud sincera y daros un signo concreto de mi cercanía.
Sé bien que vuestro servicio a menudo es pesado y exige sacrificios que a veces
no sólo os implican a vosotros sino también a vuestras familias; eso hace que mi
agradecimiento sea aún más sentido. Y aprovecho la ocasión para saludar a
vuestros familiares, algunos de los cuales están aquí con nosotros esta tarde.
La Gobernación, en cuyas oficinas trabajáis, desempeña una función importante.
Cuando mi venerado predecesor Pío XI mantuvo las negociaciones para llegar a los
Pactos Lateranenses, se preocupó de que la Santa Sede pudiera contar con "un
territorio suficiente" para garantizar "la absoluta independencia en el
cumplimiento de su elevada misión en el mundo". Al realizar con empeño vuestras
tareas, queridos amigos, aseguráis la vida diaria del Estado y ayudáis al Papa
en el cumplimiento del ministerio que el Señor le ha encomendado al servicio de
la Iglesia y del mundo. Por consiguiente, se os puede definir "colaboradores del
Papa" y, como tales, os saludo hoy precisamente aquí, delante de este edificio
que simboliza idealmente los diversos lugares en los que desempeñáis vuestras
funciones.
Así pues, trabajáis en el Vaticano, para el Papa y con el Papa; trabajáis
precisamente en los lugares donde han dado su testimonio tantos mártires y ante
todo el apóstol san Pedro. Esto exige de vosotros, además de competencia,
profesionalidad y entrega, también un serio compromiso de testimonio evangélico.
Cuento con vosotros, y os pido que crezcáis cada día en el conocimiento de la fe
cristiana, en la amistad con Dios y en el generoso servicio a los hermanos. Por
tanto, os exhorto a ser, tanto en el hogar como en el trabajo, siempre fieles a
los compromisos de vuestro bautismo, a ser discípulos dóciles y testimonios
creíbles del Señor Jesús. Sólo así podréis dar una valiosa contribución a la
difusión del Evangelio y a la construcción de la civilización del amor.
Hace poco, en la capilla de la Gobernación, he bendecido una hermosa imagen de
la Virgen, a la que veneráis como "Madre de la familia". También he bendecido el
nuevo órgano, conseguido expresamente a fin de sostener el canto de la asamblea
litúrgica cuando os reunís para la santa misa diaria. La presencia de la Iglesia
en vuestras oficinas y en vuestros talleres os debe recordar cada día la mirada
paterna de Dios que, en su providencia, os sigue y cuida de cada uno de
vosotros.
Que la oración, que es diálogo confiado con el Señor, y la participación,
incluso entre semana, en la celebración del sacrificio divino, que nos une a
Cristo Salvador, sea el secreto y la fuerza de vuestras jornadas y os sostenga
siempre, de modo especial en los momentos difíciles.
Además, me han informado de que entre los proyectos de la Gobernación se
encuentra una fuente dedicada a san José, subvencionada por generosos donantes.
El esposo de la Virgen María, cabeza de la Sagrada Familia y patrono de la
Iglesia, con pleno derecho puede considerarse ejemplo y modelo de quienes
trabajan en los múltiples sectores de la Gobernación, prestando un servicio por
lo general humilde y silencioso, pero de indispensable apoyo para la actividad
de la Santa Sede. Por tanto, deseo que el proyecto llegue a realizarse
realmente. Y pido a san José que os proteja siempre a vosotros y a vuestras
familias.
Además de la protección de san José, invoco sobre vosotros la maternal
asistencia de la Virgen María, Madre de la Iglesia, que nos mira desde lo alto
de este edificio. A ella os encomiendo a todos vosotros: su sonrisa maternal os
acompañe y su intercesión os obtenga las más selectas bendiciones de Dios.
Una vez más, gracias por vuestro trabajo, mientras de corazón os bendigo a
todos.
© Copyright 2007 - Libreria Editrice Vaticana
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