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DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
A LA CONFERENCIA EPISCOPAL DE KENIA EN VISITA "AD LIMINA"


Sala del Consistorio
Lunes 19 de noviembre de 2007

 

Queridos hermanos en el episcopado:

Con gran alegría os doy la bienvenida a vosotros, obispos de Kenia, con ocasión de vuestra visita quinquenal a las tumbas de los apóstoles san Pedro y san Pablo, una visita que sirve para fortalecer los vínculos de amor fraterno y de comunión entre nosotros. Agradezco al arzobispo Njue las amables palabras que me ha dirigido en vuestro nombre. Vuestra solicitud mutua y por los fieles encomendados a vuestro cuidado, vuestro amor al Señor y vuestra adhesión al Sucesor de Pedro son para mí una fuente de profunda alegría y de acción de gracias.

Cada obispo tiene la responsabilidad particular de construir la unidad de su grey, recordando la oración de nuestro Señor:  "Que sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti" (Jn 17, 21). La Iglesia, unida en una sola fe, compartiendo un solo bautismo y creyendo en el único Señor (cf. Ef 4, 5), es una en todo el mundo, pero, al mismo tiempo, está marcada por una rica diversidad de tradiciones y expresiones culturales. En África, el colorido y la vitalidad con que los fieles manifiestan sus sentimientos religiosos han añadido una nueva dimensión al rico tapiz de la cultura cristiana en el mundo; al mismo tiempo, la fuerte adhesión de vuestro pueblo a los valores tradicionales asociados a la vida familiar puede ayudar a expresar la fe compartida que está en el centro del misterio de la unidad de la Iglesia (cf. Ecclesia in Africa, 63).

Cristo mismo es la fuente y la garantía de nuestra unidad, puesto que ha superado todas las formas de división con su muerte en la cruz y nos ha reconciliado con Dios en un solo cuerpo (cf. Ef 2, 14). Os doy las gracias, queridos hermanos, por predicar el amor de Cristo y exhortar a vuestro pueblo a la tolerancia, al respeto y al amor por sus hermanos y hermanas y por todas las personas. De este modo, ejercéis el ministerio profético que el Señor ha confiado a la Iglesia y, en particular, a los sucesores de los Apóstoles (cf. Pastores gregis, 26).

En efecto, son sobre todo los obispos quienes, como ministros y signos de comunión en Cristo, están llamados a manifestar la unidad de su Iglesia. La naturaleza colegial del ministerio episcopal se remonta a los doce Apóstoles, a los que Cristo llamó y encargó la misión de anunciar el Evangelio y hacer discípulos a todas las gentes. Los miembros del Colegio episcopal continúan su misión pastoral, de manera que "el que los escucha, escucha a Cristo" (Lumen gentium, 20).

Os exhorto a continuar vuestra cooperación fraterna con el espíritu de la comunidad de los discípulos de Cristo, unidos en vuestro amor a él y en el Evangelio que anunciáis. Aunque cada uno de vosotros debe dar una contribución individual a la voz colegial común de la Iglesia en vuestro país, es importante garantizar que esta variedad de perspectivas sirva siempre para enriquecer la unidad del Cuerpo de Cristo, precisamente como la unidad de los Doce se profundizó y fortaleció gracias a los diferentes dones de los mismos Apóstoles. Vuestro compromiso de colaborar en cuestiones de interés eclesial y social dará muchos frutos para la vida de la Iglesia en Kenia y para la eficacia de vuestro ministerio episcopal.

Dentro de cada diócesis, el fervor y la armonía del presbiterio son un signo claro de la vitalidad de la Iglesia local. Las estructuras de consulta y de participación son necesarias, pero pueden resultar ineficaces si les falta el espíritu adecuado. Como obispos debemos esforzarnos constantemente por construir el sentido de comunidad entre nuestros sacerdotes, unidos en el amor a Cristo y en su ministerio sacramental. Hoy la vida de los sacerdotes puede ser difícil. Pueden sentirse aislados o solos y agobiados por sus responsabilidades pastorales. Debemos estar cerca de ellos y animarlos, en primer lugar, a permanecer firmemente arraigados en la oración, porque sólo quienes se alimentan son capaces de alimentar a su vez a los demás. Es necesario que beban profundamente en las fuentes de la sagrada Escritura y de la celebración diaria y ferviente de la santísima Eucaristía.

Han de dedicarse generosamente al rezo de la liturgia de las Horas, una oración que se hace "en comunión con los orantes de todos los siglos, como oración en comunión con Jesucristo" (Discurso a los sacerdotes y los diáconos permanentes, Freising, Alemania, 14 de septiembre de 2006:  L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 22 de septiembre de 2006, p. 17). Al rezar de este modo, incluyen y representan a otros que quizás no tengan tiempo, energías o fuerzas para rezar. Así, la fuerza de la oración, la presencia de Jesucristo, renueva su sacerdocio y fluye en el mundo (cf. ib.). Ayudad de este modo a vuestros sacerdotes a crecer en la solidaridad unos con otros, con su pueblo y con vosotros, como vuestros colaboradores consagrados. El diálogo respetuoso y la cercanía entre el obispo y los sacerdotes no sólo construyen la Iglesia local, sino que también edifican a la comunidad entera. En realidad, la unidad visible entre los líderes espirituales puede ser un antídoto poderoso contra la división en el seno de la familia más amplia del pueblo de Dios.

Un factor clave de unidad en una comunidad es la institución del matrimonio y la vida familiar, por los que el pueblo de África siente una estima particular. El amor fiel de los matrimonios cristianos es una bendición para vuestro país, pues expresa sacramentalmente la alianza indisoluble entre Cristo y su Iglesia. Este valioso tesoro debe custodiarse a toda costa. Muy a menudo los males que afectan a algunos sectores de la sociedad africana, como la promiscuidad, la poligamia y la difusión de enfermedades transmitidas sexualmente, pueden estar directamente relacionados con concepciones erróneas del matrimonio y la vida familiar. Por esta razón, es importante ayudar a los padres a enseñar a sus hijos cómo vivir cristianamente el matrimonio, concebido como unión indisoluble entre un hombre y una mujer, esencialmente iguales en su humanidad (cf. Ecclesia in Africa, 82) y abiertos a la generación de una nueva vida.

Aunque esta concepción de la vida familiar cristiana tiene una profunda resonancia en África, es motivo de gran preocupación que la cultura secular globalizada esté ejerciendo cada vez mayor influencia en las comunidades locales como consecuencia de campañas por parte de organismos que promueven el aborto. Esta destrucción directa de una vida humana inocente no puede justificarse nunca, por difíciles que sean las circunstancias que puedan llevar a dar un paso tan grave. Cuando anunciéis el Evangelio de la vida, recordad a vuestro pueblo que el derecho a la vida de todo ser humano inocente, nacido o por nacer,  es absoluto y se aplica igualmente a  todas las personas, sin excepción alguna. Esta igualdad "es la base de toda auténtica relación social que, para ser verdadera,  debe  fundamentarse sobre la verdad y la justicia" (Evangelium vitae, 57).

La comunidad católica debe ofrecer apoyo a las mujeres que puedan encontrarse en dificultades para aceptar a un hijo, sobre todo cuando están aisladas de su familia y de sus amigos. Asimismo, la comunidad debería estar abierta para acoger a todos los que se arrepientan de haber participado en el grave pecado del aborto, y debería guiarlos con caridad pastoral para que acepten la gracia del perdón, la necesidad de penitencia y la alegría de entrar una vez más en la vida nueva de Cristo.

La Iglesia en Kenia es bien conocida por la excelente contribución que ha dado mediante sus instituciones educativas, formando a generaciones de jóvenes en sólidos principios éticos y abriendo su mente al compromiso en favor de un diálogo pacífico y respetuoso con los miembros de otros grupos sociales o religiosos. En un tiempo en que la mentalidad laicista y relativista se está imponiendo cada vez más a través de los medios globales de comunicación social, es más esencial aún que sigáis promoviendo la calidad y la identidad católica de vuestras escuelas, vuestras universidades y vuestros seminarios.

Tomad las medidas necesarias para consolidar y aclarar su estatus institucional. La sociedad se beneficia mucho de católicos instruidos que conocen y ponen en práctica la doctrina social de la Iglesia. Hoy existe una necesidad mayor de profesionales bien formados y de personas íntegras en el área de la medicina, cuyos avances tecnológicos siguen planteando serias cuestiones morales.

De igual modo, el diálogo ecuménico e interreligioso presenta importantes desafíos, que sólo pueden afrontarse adecuadamente con una sólida catequesis sobre los principios de la doctrina católica, como están expuestos en el Catecismo de la Iglesia católica. Sé que seguiréis vigilando sobre la calidad y el contenido de la enseñanza que se ofrece a los jóvenes en los centros educativos de la Iglesia, para que la luz de la verdad de Cristo pueda brillar cada vez con más claridad en la tierra y en el pueblo de Kenia.

Queridos hermanos en el episcopado, al guiar a vuestro pueblo hacia la unidad  por  la  que  Cristo oró, hacedlo con ardiente  caridad  y  firme autoridad, con  toda  paciencia  y  doctrina (cf. 2 Tm 4, 2). Os ruego que transmitáis mi saludo afectuoso y mi aliento, acompañado de mi oración, a vuestro amado pueblo y a todos los que trabajan activamente al servicio de la Iglesia mediante la oración o en las parroquias y estaciones misioneras, en la educación, en las actividades humanitarias y en la asistencia sanitaria. A cada uno de vosotros y a todos los fieles encomendados a vuestro cuidado pastoral, imparto cordialmente mi bendición apostólica.

 

© Copyright 2007 - Libreria Editrice Vaticana

 

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