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ENCUENTRO DEL PAPA CON LOS UNIVERSITARIOS DE ROMA

DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Basílica Vaticana
Jueves 11 de diciembre de 2008

 

Señores cardenales;
señora ministra y distinguidas autoridades;
venerados hermanos;
ilustres rectores y profesores;
queridos estudiantes: 

La proximidad de la santa Navidad me brinda la ocasión, siempre grata, de encontrarme con el mundo universitario romano. Saludo cordialmente al cardenal Agostino Vallini, mi vicario para la diócesis de Roma, y al cardenal George Pell, arzobispo de Sydney, cuya presencia nos hace remontarnos con la mente y con el corazón a la inolvidable experiencia de la Jornada mundial de la juventud del pasado mes de julio.

El paso del icono de María, Sedes Sapientiae, de la delegación rumana a la australiana nos recuerda que esta gran "red" de los jóvenes del mundo entero está siempre activa y en movimiento. Doy las gracias al rector de Universidad de Roma La Sapienza y a la estudiante que me han dirigido palabras de saludo en nombre de todos. Agradezco al ministro de Universidades e investigación su presencia, deseando todo bien a ese sector tan importante para la vida del país. Dirijo un saludo especial a los alumnos israelíes y palestinos que estudian en Roma gracias a las ayudas de la región del Lacio y de las Universidades romanas, así como a los tres rectores que participaron ayer en el encuentro sobre el tema:  "De Jerusalén a Roma para construir un nuevo humanismo".

Queridos amigos, oportunamente, este año el itinerario preparado para vosotros, universitarios, por la diócesis de Roma está en armonía con el Año paulino. El bimilenario del nacimiento del Apóstol de los gentiles está ayudando a toda la Iglesia a redescubrir su vocación misionera fundamental y, al mismo tiempo, a aprovechar abundantemente el inagotable tesoro teológico y espiritual de las cartas de san Pablo. Yo mismo, como sabéis, estoy desarrollando semana tras semana un ciclo de catequesis sobre este tema.

Estoy convencido de que también para vosotros, tanto en el ámbito personal como en el de la experiencia comunitaria y del apostolado en la universidad, la confrontación con la figura y el mensaje de san Pablo constituye una oportunidad muy enriquecedora. Por este motivo, dentro de poco os entregaré la carta a los Romanos, máxima expresión del pensamiento paulino y signo de su consideración especial por la Iglesia de Roma o, para usar las palabras del saludo inicial de esa carta, por "todos los amados de Dios que estáis en Roma, santos por vocación" (Rm 1, 7).

La carta a los Romanos, como saben bien algunos de los profesores aquí presentes, es sin duda uno de los textos más importantes de la cultura de todos los tiempos. Pero es y sigue siendo principalmente un mensaje vivo para la Iglesia viva y, como tal, como un mensaje precisamente para hoy, yo la pongo esta tarde en vuestras manos. Quiera Dios que este escrito, que brotó del corazón del Apóstol, se transforme en alimento sustancioso para vuestra fe, impulsándoos a creer más y mejor, y también a reflexionar sobre vosotros mismos, para llegar a una fe "pensada" y, al mismo tiempo, para vivir esta fe, poniéndola en práctica según la verdad del mandamiento de Cristo.

Sólo así la fe que uno profesa resulta "creíble" también para los demás, a los que conquista el testimonio elocuente de los hechos. Dejad que san Pablo os hable a vosotros, profesores y alumnos cristianos de la Roma de hoy, y os haga partícipes de la experiencia que hizo él personalmente, es decir, que el Evangelio de Jesucristo "es una fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree" (Rm 1, 16).

El anuncio cristiano, que fue revolucionario en el contexto histórico y cultural de san Pablo, tuvo la fuerza para derribar el "muro de separación" que existía entre judíos y paganos (cf. Ef 2, 14; Rm 10, 12). Conserva una fuerza de novedad siempre actual, capaz de derribar otros muros que vuelven a erigirse en todo contexto y en toda época. La fuente de esa fuerza radica en el Espíritu de Cristo, al que san Pablo apela conscientemente. A los cristianos de Corinto les asegura que, en su predicación, no se apoya "en los persuasivos discursos de la sabiduría, sino en la manifestación del Espíritu y del poder" (cf. 1 Co 2, 4). Y ¿cuál era el núcleo de su anuncio? Era la novedad de la salvación traída por Cristo a la humanidad:  en su muerte y resurrección la salvación se ofrece a todos los hombres sin distinción.

Se ofrece; no se impone. La salvación es un don que requiere siempre ser acogido personalmente. Este es, queridos jóvenes, el contenido esencial del bautismo, que este año se os propone como sacramento por redescubrir y, para algunos de vosotros, por recibir o confirmar con una opción libre y consciente. Precisamente en la carta a los Romanos, en el capítulo sexto, se encuentra una grandiosa formulación del significado del bautismo cristiano. "¿Es que ignoráis —escribe san Pablo— que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte?" (Rm 6, 3).

Como podéis intuir, se trata de una idea muy profunda, que contiene toda la teología del misterio pascual:  la muerte de Cristo, por el poder de Dios, es fuente de vida, manantial inagotable de renovación en el Espíritu Santo. Ser "bautizados en Cristo" significa estar inmersos espiritualmente en la muerte que es el acto de amor infinito y universal de Dios, capaz de rescatar a toda persona y a toda criatura de la esclavitud del pecado y de la muerte.

En efecto, san Pablo prosigue así:  "Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva" (Rm 6, 4).

El Apóstol, en la carta a los Romanos, nos comunica toda su alegría por este misterio cuando escribe:  "¿Quién nos separará del amor de Cristo? (...) Estoy  seguro  de que ni la muerte ni la vida  ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades ni la altura ni la profundidad  ni otra  criatura  alguna  podrá separarnos  del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro" (Rm 8, 35. 38-39).

Y en este mismo amor consiste la vida nueva del cristiano. También aquí san Pablo hace una síntesis impresionante,  igualmente fruto de su experiencia personal:  "El que ama al prójimo, ha cumplido la ley. (...) La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud" (Rm 13, 8. 10).

Así pues, queridos amigos, esto es lo que os entrego esta tarde. Ciertamente, es un mensaje de fe, pero al mismo tiempo es una verdad que ilumina la mente, ensanchándola a los horizontes de Dios; es una verdad que orienta la vida real, porque el Evangelio es el camino para llegar a la plenitud de la vida. Este camino ya lo recorrió Jesús; más  aún, él mismo, que vino del Padre a nosotros para que pudiéramos llegar al Padre por medio de él, es el Camino.

Este es el misterio del Adviento y de la Navidad. Que la Virgen María y san Pablo os ayuden a adorarlo y a hacerlo vuestro con profunda fe e íntima alegría. Os agradezco a todos vuestra presencia. Con vistas a las fiestas navideñas ya próximas, formulo a cada uno mi más cordial felicitación, que extiendo de buen grado a vuestras familias y a vuestros seres queridos. ¡Feliz Navidad!

 

© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana

 

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