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DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
A LOS MIEMBROS DEL XI CONSEJO ORDINARIO
DE LA SECRETARÍA GENERAL DEL SÍNODO DE LOS OBISPOS


Lunes 21 de enero de 2008

 

Queridos y venerados hermanos en el episcopado:

Me alegra acogeros mientras estáis participando en la reunión del Consejo ordinario de la Secretaría general del Sínodo de los obispos como preparación para la Asamblea general ordinaria, convocada para celebrarse del 5 al 26 del próximo mes de octubre. Saludo y agradezco a monseñor Nikola Eterovic, secretario general, sus amables palabras; y expreso también mis sentimientos de gratitud a todos los miembros, tanto de la Secretaría general del Sínodo como del Consejo ordinario de la Secretaría general. Saludo a todos y a cada uno con sincero afecto.

En la reciente carta encíclica Spe salvi sobre la esperanza cristiana subrayé el "aspecto comunitario de la esperanza" (n. 14). "Estar en comunión con Jesucristo —escribí— nos hace participar en su ser "para todos", hace que este sea nuestro modo de ser. Nos compromete en favor de los demás, pero sólo estando en comunión con él podemos realmente llegar a ser para los demás", puesto que existe una "relación entre amor de Dios y responsabilidad para con los hombres" (ib., 28), que impide caer en el individualismo de la salvación y de la esperanza. Creo que este fecundo principio se puede ver eficazmente aplicado precisamente en la experiencia sinodal, en la que el encuentro se convierte en comunión y la solicitud por todas las Iglesias (cf. 2 Co 11, 28) se manifiesta en la preocupación de todos.

La próxima Asamblea general del Sínodo de los obispos reflexionará sobre:  "La palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia". Las grandes tareas de la comunidad eclesial en el mundo contemporáneo —entre tantas, subrayo la evangelización y el ecumenismo— se centran en la palabra de Dios y al mismo tiempo están justificadas y sostenidas por ella. Del mismo modo que la actividad misionera de la Iglesia, con su obra evangelizadora, encuentra su inspiración y su objetivo en la revelación misericordiosa del Señor, así también el diálogo ecuménico no puede basarse en palabras de sabiduría humana (cf. 1 Co 2, 13), o en sagaces recursos estratégicos, sino que debe estar animado únicamente por la referencia constante a la Palabra originaria que Dios ha entregado a su Iglesia para que se lea, interprete y viva en su comunión.

En este ámbito, la doctrina de san Pablo revela una fuerza muy especial, fundada obviamente en la revelación divina, pero  también en su misma experiencia apostólica, que constantemente le confirmaba la conciencia de que no es la sabiduría y la elocuencia humana lo  que  construye la Iglesia en la fe, sino  sólo  la  fuerza del Espíritu Santo (cf. 1 Co 1, 22-24; 2, 4 s).

Por una feliz concomitancia, san Pablo será venerado de modo particular este año gracias a la celebración del Año paulino. Por tanto, la celebración del próximo Sínodo sobre la palabra de Dios ofrecerá a la contemplación de la Iglesia, y principalmente de sus pastores, también el testimonio de este gran apóstol y heraldo de la palabra de Dios. San Pablo permaneció hasta la muerte fiel al Señor, a quien primero persiguió y después consagró todo su ser. Que su ejemplo anime a todos a acoger la Palabra de la salvación y a traducirla en la vida diaria como fiel seguimiento de Cristo.

A la palabra de Dios han dedicado su atención diversos organismos eclesiales consultados con vistas a la Asamblea del próximo mes de octubre. A ella dirigirán su atención los padres sinodales, después de haber leído los documentos preparatorios, los Lineamenta y el Instrumentum laboris, que vosotros mismos en la Secretaría general del Sínodo de los obispos habéis contribuido a redactar. Así, tendrán la oportunidad de confrontarse entre sí, pero sobre todo de unirse en comunión colegial para ponerse a la escucha de la Palabra de vida, que Dios ha encomendado al cuidado amoroso de su Iglesia para que la anuncie con valentía y convicción, con la parresía de los Apóstoles, a cercanos y lejanos. En efecto, por la gracia del Espíritu Santo, a todos se concede la posibilidad de encontrar la Palabra viva, que es Jesucristo.

Queridos y venerados hermanos, como miembros del Consejo ordinario de la Secretaría general del Sínodo de los obispos, prestáis un servicio meritorio a la Iglesia, puesto que el organismo sinodal constituye una institución cualificada para promover la verdad y la unidad del diálogo pastoral en el seno del Cuerpo místico de Cristo.

Gracias por todo lo que hacéis, no sin sacrificio. Que Dios os recompense. Sigamos orando juntos para que el Señor haga que la Asamblea sinodal dé frutos para toda la Iglesia. Con este deseo, os imparto de corazón una especial bendición apostólica a vosotros y a las comunidades encomendadas a vuestra solicitud pastoral, invocando la intercesión de la santísima Madre del Señor y de los apóstoles san Pedro y san Pablo, a quienes en la liturgia llamamos, junto con los demás Apóstoles, "columna y fundamento de la ciudad de Dios".

 

© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana

 

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