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DISCURSO DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI
A LOS ALUMNOS DE LA
ACADEMIA ECLESIÁSTICA PONTIFICIA*
Lunes 9 de junio de 2008
Venerado hermano;
queridos sacerdotes de la Academia
eclesiástica pontificia:
Me alegra acogeros, y os doy a cada uno mi cordial bienvenida. Saludo, en primer
lugar, a vuestro presidente, monseñor Beniamino Stella, y le agradezco los
devotos sentimientos que me ha manifestado en nombre de todos. Saludo a sus
colaboradores y, con especial afecto, os saludo a vosotros, queridos alumnos.
Nuestro encuentro tiene lugar en este mes de junio, durante el cual es
particularmente viva en el pueblo cristiano la devoción al Sagrado Corazón de
Jesús, hoguera inagotable donde podemos obtener amor y misericordia para
testimoniar y difundir entre todos los miembros del pueblo de Dios. En esta
fuente debemos beber ante todo nosotros, los sacerdotes, para poder comunicar a
los demás la ternura divina al desempeñar los diversos ministerios que la
Providencia nos confía.
Cada uno de vosotros, queridos sacerdotes, ha de crecer cada vez más en el
conocimiento de este amor divino, pues sólo así podréis cumplir, con una
fidelidad sin componendas, la misión para la que os estáis preparando durante
estos años de estudio. El ministerio apostólico y diplomático al servicio de la
Santa Sede, que desempeñaréis en los lugares a donde seáis enviados, requiere
una competencia que no se puede improvisar. Por tanto, aprovechad este período
de vuestra formación para estar después en condiciones de afrontar de modo
adecuado cualquier situación.
En vuestro trabajo diario entraréis en contacto con realidades eclesiales que es
preciso comprender y sostener; viviréis a menudo lejos de vuestra tierra de
origen, en países que aprenderéis a conocer y amar; deberéis frecuentar el mundo
de la diplomacia bilateral y multilateral, y estar dispuestos a dar no sólo la
aportación de vuestra experiencia diplomática, sino también, y sobre todo,
vuestro testimonio sacerdotal. Por eso, además de la necesaria y obligatoria
preparación jurídica, teológica y diplomática, lo que más cuenta es que centréis
vuestra vida y vuestra actividad en un amor fiel a Cristo y a la Iglesia, que
suscite en vosotros una acogedora solicitud pastoral con respecto a todos.
Para realizar fielmente esta tarea, desde ahora tratad de "vivir en la fe del
Hijo de Dios" (Ga 2, 20), es decir, esforzaos por ser pastores según el
corazón de Cristo, manteniendo con él un coloquio diario e íntimo. La unión con
Jesús es el secreto del auténtico éxito del ministerio de todo sacerdote.
Cualquiera que sea el trabajo que llevéis a cabo en la Iglesia, preocupaos por
ser siempre verdaderos amigos suyos, amigos fieles que se han encontrado con él
y han aprendido a amarlo sobre todas las cosas. La comunión con él, el divino
Maestro de nuestras almas, os asegurará la serenidad y la paz también en los
momentos más complejos y difíciles.
La humanidad, inmersa en el vértigo de una actividad frenética, a menudo corre
el riesgo de perder el sentido de la existencia, mientras cierta cultura
contemporánea pone en duda todos los valores absolutos e incluso la posibilidad
de conocer la verdad y el bien. Por eso, es necesario testimoniar la presencia
de Dios, de un Dios que comprenda al hombre y sepa hablar a su corazón. Vuestra
tarea consistirá precisamente en proclamar con vuestro modo de vivir, antes que
con vuestras palabras, el anuncio gozoso y consolador del Evangelio del amor en
ambientes a veces muy alejados de la experiencia cristiana. Por tanto, sed cada
día oyentes dóciles de la palabra de Dios, vivid en ella y de ella, para hacerla
presente en vuestra actividad sacerdotal. Anunciad la Verdad, que es Cristo. Que
la oración, la meditación y la escucha de la palabra de Dios sean vuestro pan de
cada día. Si crece en vosotros la comunión con Jesús, si vivís de él y no sólo
para él, irradiaréis su amor y su alegría en vuestro entorno.
Junto con la escucha diaria de la palabra de Dios, la celebración de la
Eucaristía ha de ser el corazón y el centro de todas vuestras jornadas y de todo
vuestro ministerio. El sacerdote, como todo bautizado, vive de la comunión
eucarística con el Señor. No podemos acercarnos diariamente al Señor, y
pronunciar las tremendas y maravillosas palabras: "Esto es mi cuerpo", "Esta es
mi sangre"; no podemos tomar en nuestras manos el Cuerpo y la Sangre del Señor,
sin dejarnos aferrar por él, sin dejarnos conquistar por su fascinación, sin
permitir que su amor infinito nos cambie interiormente.
La Eucaristía ha de llegar a ser para vosotros escuela de vida, en la que el
sacrificio de Jesús en la cruz os enseñe a hacer de vosotros mismos un don total
a los hermanos. El representante pontificio, en el cumplimiento de su misión,
está llamado a dar este testimonio de acogida al prójimo, fruto de una unión
constante con Cristo.
Queridos sacerdotes de la Academia eclesiástica, gracias de nuevo por vuestra
visita, que me permite subrayar la importancia del papel y la función de los
nuncios apostólicos, y al mismo tiempo me brinda la ocasión de dar las gracias a
todos los que trabajan en las nunciaturas y en el servicio diplomático de la
Santa Sede. Dirijo mi saludo y mis mejores deseos en particular a cuantos de
entre vosotros están a punto de dejar la Academia para asumir su primera misión.
Que el Señor os sostenga y os acompañe con su gracia.
Queridos hermanos, os encomiendo a todos a la protección de la santísima Madre
de Dios, modelo y consuelo para cuantos tienden a la santidad y se dedican a la
causa del Reino. Que velen sobre vosotros el patrono de la Academia
eclesiástica, san Antonio abad, san Pedro y san Pablo, de quien nos disponemos a
celebrar un Año jubilar con ocasión del bimilenario de su nacimiento. Que os
acompañe siempre también mi oración y mi bendición, que imparto de corazón a
cada uno de vosotros, a las religiosas, al personal de la Academia y a todos
vuestros seres queridos.
*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n.25 p.6.
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