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VISITA PASTORAL A SANTA MARÍA DE LEUCA Y BRINDISI

DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
DURANTE EL ENCUENTRO CON LA POBLACIÓN DE BRINDISI


Sábado 14 de junio de 2008

Señor ministro;
señor alcalde e ilustres autoridades;
queridos hermanos y hermanas:

Ante todo deseo manifestaros mi alegría por encontrarme entre vosotros y os saludo a todos de gran corazón. Doy las gracias al honorable Raffaele Fitto, ministro de Asuntos regionales, que me ha transmitido el saludo del Gobierno; agradezco al alcalde de Brindisi las cordiales palabras de bienvenida que me ha dirigido en nombre de toda la población, y el generoso regalo que me ha dado. Saludo y expreso con afecto mi agradecimiento al joven que se ha hecho portavoz de la juventud de Brindisi. Sé que vosotros, queridos jóvenes, habéis animado la asamblea a la espera de mi llegada, y seguiréis en una vigilia de oración con la que queréis preparar la celebración eucarística de mañana. Saludo cordialmente al arzobispo, mons. Rocco Talucci; al arzobispo emérito, mons. Settimio Todisco; a los sacerdotes, a los religiosos, a las religiosas y a todos los presentes.

Ya me encuentro entre vosotros. He aceptado con gran alegría la invitación del pastor de vuestra comunidad diocesana y me alegra visitar vuestra ciudad que, mientras desempeña un papel significativo en el ámbito del sur de Italia, está llamada a proyectarse más allá del mar Adriático para comunicarse con otras ciudades y otros pueblos. En efecto, Brindisi, en otro tiempo lugar de embarco hacia Oriente para comerciantes, legionarios, estudiosos y peregrinos, sigue siendo una puerta abierta al mar.

En los últimos años, los periódicos y la televisión han mostrado las imágenes de prófugos que habían desembarcado en Brindisi desde Croacia y Montenegro, desde Albania y Macedonia. Siento el deber de recordar con gratitud los esfuerzos que realizaron y siguen realizando las administraciones civiles y militares, en colaboración con la Iglesia y con diversas organizaciones humanitarias, para ofrecerles refugio y asistencia, a pesar de las dificultades económicas que, por desgracia, siguen preocupando en particular a vuestra región. Vuestra ciudad ha sido y sigue siendo generosa, y ese mérito con razón ha sido reconocido en el contexto de la solidaridad internacional, mediante la asignación de un auténtico papel institucional: en ella tiene su sede el Depósito de ayuda humanitaria de las Naciones Unidas (UNHRD), gestionada por el Programa alimentario mundial de las Naciones Unidas (PAM).

Queridos habitantes de Brindisi, esta solidaridad forma parte de las virtudes que constituyen vuestro rico patrimonio civil y religioso: seguid construyendo juntos vuestro futuro con impulso renovado. Entre los valores arraigados en vuestra tierra quiero recordar el respeto a la vida y especialmente el amor a la familia, expuesta hoy al ataque convergente de numerosas fuerzas que tratan de debilitarla. Incluso frente a estos desafíos, ¡cuán necesario y urgente resulta que todas las personas de buena voluntad se comprometan a defender a la familia, sólida base sobre la cual se ha de construir la vida de toda la sociedad!

Otro fundamento de vuestra sociedad es la fe cristiana, que vuestros antepasados consideraron uno de los elementos característicos de la identidad de la población de Brindisi. Que la adhesión al Evangelio, conscientemente renovada y vivida con responsabilidad, os impulse, hoy como ayer, a afrontar con confianza las dificultades y los desafíos del momento presente. Que la fe os anime a responder sin componendas a las legítimas expectativas de promoción humana y social de vuestra ciudad. A esta acción de renovación no puede menos de dar su aportación también la naciente Universidad, llamada a ponerse al servicio de quienes, conscientes de su dignidad y de sus tareas, desean participar activamente en la vida, en el camino y en el desarrollo económico, político, cultural y religioso del territorio. Queridos habitantes de Brindisi, para que aumente en vuestra ciudad la cultura de la solidaridad, poneos los unos al servicio de los otros, dejándoos guiar por un auténtico espíritu de fraternidad. Dios está a vuestro lado y os dará siempre el apoyo de su gracia.

Ahora quiero dirigirme, de modo especial, a los numerosos jóvenes presentes. Queridos amigos, gracias por vuestra acogida tan entusiasta; gracias por los fervientes sentimientos de los que se hizo intérprete vuestro representante. Vuestras voces, que encuentran un eco inmediato en mi espíritu, me transmiten vuestra confianza exuberante, vuestro deseo de vivir. En ellas percibo también los problemas que os preocupan, y que a veces corren el peligro de ahogar los entusiasmos típicos de esta etapa de vuestra vida.

Conozco, en particular, el peso que grava sobre muchos de vosotros y sobre vuestro futuro a causa del dramático fenómeno del desempleo, que afecta sobre todo a los muchachos y las muchachas del sur de Italia. Del mismo modo, sé que vuestra juventud siente la tentación de ganar dinero fácilmente, de evadirse a paraísos artificiales o de dejarse atraer por formas desviadas de satisfacción material. No os dejéis enredar por las asechanzas del mal. Más bien, buscad una existencia rica en valores, para construir una sociedad más justa y abierta al futuro.

Haced fructificar los dones que Dios os ha regalado con la juventud: la fuerza, la inteligencia, la valentía, el entusiasmo y el deseo de vivir. Con este bagaje, contando siempre con la ayuda divina, podéis alimentar la esperanza en vosotros y en vuestro entorno. De vosotros y de vuestro corazón depende lograr que el progreso se transforme en un bien mayor para todos. Y, como sabéis, el camino del bien tiene un nombre: se llama amor.

En el amor, sólo en el amor auténtico, se encuentra la clave de toda esperanza, porque el amor tiene su raíz en Dios. En la Biblia leemos: "Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en él. Dios es amor" (1 Jn 4, 16). Y el amor de Dios tiene el rostro dulce y compasivo de Jesucristo.

Así hemos llegado al corazón del mensaje cristiano: Cristo es la respuesta a vuestros interrogantes y problemas; en él se valora toda aspiración honrada del ser humano. Sin embargo, Cristo es exigente y no le gustan las medias tintas. Sabe que puede contar con vuestra generosidad y coherencia. Por eso, espera mucho de vosotros. Seguidlo fielmente y, para poder encontraros con él, amad a su Iglesia, sentíos responsables de ella; sed protagonistas valientes, cada uno en su ámbito.

Quiero llamar vuestra atención hacia este punto: tratad de conocer a la Iglesia, de comprenderla, de amarla, estando atentos a la voz de sus pastores. Está compuesta de hombres, pero Cristo es su Cabeza, y su Espíritu la guía con seguridad. Vosotros sois el rostro joven de la Iglesia. Por eso, no dejéis de darle vuestra contribución, para que el Evangelio que proclama pueda propagarse por doquier. Sed apóstoles de vuestros coetáneos.

Queridos hermanos y hermanas, una vez más os agradezco vuestra acogida. He leído algunas cartas que me han dirigido muchachos de vuestra provincia. A través de ellas, queridos amigos, he podido conocer mejor vuestra realidad. Gracias por vuestro afecto. A vosotros y a todos los habitantes de Brindisi aseguro mis oración, para que deis testimonio del mensaje evangélico de paz y justicia. María, Regina Apuliae, os proteja y acompañe siempre. De corazón os bendigo a todos y os deseo buenas noches

© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana

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