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DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
A LOS OBISPOS DE HUNGRÍA EN VISITA "AD LIMINA"


Sábado 10 de mayo de 2008

 

Queridos y venerados hermanos en el episcopado: 

Con gran alegría os acojo a todos vosotros, pastores de la Iglesia que está en Hungría, con ocasión de vuestra visita ad limina Apostolorum. Os saludo con afecto y doy las gracias al cardenal Péter Erdo por las palabras que me ha dirigido en nombre de toda la Conferencia episcopal. Además de manifestarme vuestros sentimientos fraternos, que os agradezco cordialmente, ha esbozado con claridad las características más destacadas de la comunidad católica y de la sociedad en vuestro país, resumiendo cuanto he podido percibir durante estos días en mis encuentros con cada uno de vosotros. Así, queridos hermanos, el pueblo encomendado a vosotros está ahora espiritualmente ante nosotros, con sus alegrías y sus proyectos, sus dolores, sus problemas y sus esperanzas. Y nosotros oramos ante todo para que, por intercesión de san Pedro y san Pablo, los fieles encuentren, también con la ayuda de esta Sede apostólica que preside en la caridad, la fuerza para perseverar en su camino hacia la plenitud del reino de Dios.

Por desgracia, el largo período del régimen comunista ha marcado fuertemente a la población húngara, de modo que aún hoy se notan sus consecuencias:  en particular, se percibe en muchos cierta dificultad para fiarse de los demás, típica de quien ha vivido durante mucho tiempo en un clima de sospecha. Además, el sentido de inseguridad se acentúa a causa de la difícil coyuntura económica, que un consumismo desconsiderado no contribuye a mejorar. En general, las personas, incluidos los católicos, sufren la "debilidad" de pensamiento y de voluntad bastante común en nuestros tiempos.

Como vosotros mismos habéis observado, hoy a menudo resulta difícil programar una seria profundización teológica y espiritual, porque con frecuencia son insuficientes, por una parte, la preparación intelectual y, por otra, la referencia objetiva a la verdad de la fe. En este contexto, la Iglesia debe ser ciertamente maestra, pero mostrándose siempre y ante todo como madre, a fin de favorecer una mayor confianza recíproca y la promoción de la esperanza.

La primera realidad que, por desgracia, sufre las consecuencias de la secularización generalizada es la familia, que también en Hungría atraviesa una grave crisis. Sus síntomas son la notable disminución del número de matrimonios y el impresionante aumento de divorcios, muy a menudo también precoces. Se multiplican las así llamadas "parejas de hecho". Habéis criticado, con razón, el reconocimiento público de las uniones homosexuales, porque no sólo es contrario a la enseñanza de la Iglesia, sino también a la misma Constitución húngara. Esta situación, unida a la carencia de subsidios para las familias numerosas, ha llevado a una drástica disminución de los nacimientos, que resulta aún más dramática a causa de la práctica generalizada del aborto.

Naturalmente, la crisis de la familia constituye un enorme desafío para la Iglesia. Está en juego la fidelidad conyugal y, más en general, los valores en los que se funda la sociedad. Por eso, es evidente que, después de la familia, son los jóvenes quienes experimentan esta dificultad. En las ciudades son atraídos por nuevas formas de diversión, y en los pueblos a menudo quedan abandonados a sí mismos.

Por tanto, expreso mi más profundo aprecio por las múltiples iniciativas que promueve la Iglesia, aun con los medios limitados de que dispone, para animar el mundo de los jóvenes con momentos de formación y de amistad que estimulen su responsabilidad. Pienso, por ejemplo, en la actividad de los coros, que se inserta en el laudable compromiso de las parroquias de incentivar la difusión de la música sacra.

De igual modo, en la perspectiva de la atención a las nuevas generaciones, es meritorio el apoyo que brindáis a la escuela católica, en particular a la Universidad católica de Budapest, que deseo custodie y desarrolle siempre su identidad originaria. Os aliento a proseguir los esfuerzos por la pastoral escolar y universitaria, así como, más en general, por la evangelización de la cultura, que en nuestros días se vale también de los medios de comunicación social, en cuyo campo vuestra Iglesia ha hecho últimamente progresos significativos.

Venerados hermanos, para mantener viva la fe del pueblo, con razón tratáis de valorar y actualizar iniciativas tradicionales como las peregrinaciones y las manifestaciones de devoción a los santos húngaros, en particular a santa Isabel, san Emerico y, naturalmente, san Esteban. A propósito de peregrinaciones, aprecio que se conserve la costumbre de peregrinar a la Sede de Pedro (significativamente, en la basílica del Apóstol existe una sugestiva capilla húngara). Y me ha complacido saber que son cada vez más frecuentes las peregrinaciones a Mariazell, Czestochowa, Lourdes, Fátima y al nuevo santuario de la Misericordia Divina en Cracovia, donde vuestra Conferencia episcopal erigió recientemente una "capilla húngara". En el siglo XX no faltaron en vuestra comunidad testigos heroicos de la fe. Os exhorto a conservar su memoria, para que los sufrimientos que padecieron con espíritu cristiano sigan siendo un estímulo a la valentía y a la fidelidad de los creyentes y de cuantos se comprometen en favor de la verdad y la justicia.

Hay otra preocupación que comparto con vosotros:  la falta de sacerdotes y la consecuente sobrecarga de trabajo pastoral para los actuales ministros de la Iglesia. Es un problema que se observa en muchos países de Europa. Sin embargo, es necesario lograr que los sacerdotes alimenten adecuadamente su vida espiritual para que, a pesar de las dificultades y del trabajo agobiante, no pierdan el centro de su existencia y de su ministerio y, en consecuencia, sepan discernir lo esencial de lo secundario, identificando las debidas prioridades en la actividad diaria.

Es necesario reafirmar que la adhesión gozosa a Cristo, testimoniada por el sacerdote en medio de sus fieles, sigue siendo el estímulo más eficaz para despertar en los jóvenes la sensibilidad ante una posible llamada de Dios. En particular, es fundamental que ante todo los mismos sacerdotes se acerquen con la máxima asiduidad y devoción a los sacramentos de la Eucaristía y de la Penitencia, y luego los administren con generosidad a los fieles.

Además, es indispensable el ejercicio de la fraternidad presbiteral, para evitar cualquier aislamiento peligroso. De igual modo, es importante fomentar relaciones positivas y respetuosas entre los presbíteros y los fieles laicos, según la enseñanza del decreto conciliar Presbyterorum ordinis. También conviene incrementar aún más las buenas relaciones entre el clero y los religiosos. A este propósito, deseo expresar mi aliento a las congregaciones religiosas femeninas, que con humilde discreción realizan valiosas actividades en medio de los más pobres.

Venerados hermanos, a pesar de la secularización, la Iglesia católica sigue siendo para muchísimos húngaros la comunidad religiosa de pertenencia o, por lo menos, un punto de referencia significativo. Por eso, es de desear que las relaciones con las autoridades estatales se caractericen por una colaboración respetuosa, también gracias a los Acuerdos bilaterales, sobre cuyo correcto cumplimiento vigila una Comisión paritaria específica. Esto producirá beneficios para toda la sociedad húngara, en particular en el campo de la instrucción y de la cultura. Y puesto que la Iglesia, gracias a su compromiso en las escuelas y en el servicio social, da una notable contribución a la comunidad civil, ¿cómo no desear que sus actividades sean sostenidas por las instituciones públicas, sobre todo en beneficio de las clases sociales menos favorecidas? La Iglesia, a pesar de las dificultades económicas generales del momento actual, seguirá comprometiéndose en el servicio a quienes se encuentran en situaciones de necesidad.

Por último, venerados hermanos, quiero deciros que la unidad que os caracteriza al seguir las enseñanzas de la Iglesia es para mí motivo de serenidad y de consuelo. Quiera Dios que se mantenga y se desarrolle siempre. Además, me complace que hayáis incrementado últimamente los contactos con las Conferencias episcopales de los países vecinos, sobre todo con las de Eslovaquia y Rumanía, donde hay minorías húngaras. Os felicito de corazón por esta línea de acción, animada por un sincero espíritu evangélico y al mismo tiempo por una sabia preocupación por la convivencia armoniosa.

Ciertamente, las tensiones no son fáciles de superar, pero el camino emprendido por la Iglesia es adecuado y prometedor. Para ese camino, y para cualquier otra iniciativa pastoral, os aseguro mi apoyo. En este momento pienso, en particular, en el "Año de la Biblia", que muy oportunamente habéis promovido en 2008, en consonancia con la próxima Asamblea ordinaria del Sínodo de los obispos. Esta es también para vosotros una óptima ocasión para profundizar las buenas relaciones que existen con los hermanos cristianos de las otras confesiones.

Dando gracias a Dios por su constante asistencia, invoco sobre vosotros y sobre vuestro ministerio la protección materna de María santísima. Por mi parte, os acompaño con la oración, a la vez que con afecto os imparto la bendición apostólica, que extiendo de buen grado a vuestras comunidades diocesanas y a toda la nación húngara.

 

© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana

 

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