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VISITA PASTORAL A SAVONA Y GÉNOVA

ENCUENTRO CON EL CABILDO DE LA CATEDRAL
Y A LOS CONSAGRADOS EN GÉNOVA

DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Domingo 18 de mayo de 2008

Señores cardenales;
queridos miembros del cabildo de la catedral;
queridos religiosos y religiosas:

En esta breve pero intensa visita pastoral a Génova no podía faltar una etapa en vuestra insigne catedral, dedicada a San Lorenzo, que custodia las reliquias del Precursor de Jesús, san Juan Bautista. Y me alegra encontrarme con los canónigos del venerado cabildo metropolitano y con los religiosos y las religiosas presentes y activos en la archidiócesis.

Este templo, rodeado por numerosas callejuelas, parece ser el punto de confluencia y de llegada de todos los caminos: como si de la sombra de las calles estrechas los hombres quisieran salir a la luz de su catedral, como si quisieran salir a la luz de Dios, que a todos acoge, abraza, ilumina y conforta. Os saludo cordialmente a cada uno; en particular, a monseñor Mario Grone, deán del cabildo de la catedral, y al padre Domenico Rossi, delegado diocesano para la vida consagrada, que se han hecho intérpretes de vuestros sentimientos de devoción.

En los siglos pasados, la Iglesia de Génova conoció una rica tradición de santidad y de servicio generoso a los hermanos, gracias a la obra de celosos sacerdotes, religiosos y religiosas de vida activa y contemplativa. En este lugar vienen a la mente los nombres de varios santos y beatos: Antonio María Gianelli, Agustín Roscelli, Tomás Reggio, Francisco María de Camporosso, Catalina Fieschi Adorno, Virginia Centurione Bracelli, Paula Frassinetti, Eugenia Ravasco, María Repetto y Benedicta Cambiagio Frassinello.

Pero también ahora, a pesar de las dificultades que la sociedad está atravesando, es fuerte el celo evangelizador en vuestras comunidades. En particular, ha aumentado el deseo común de entablar relaciones de entendimiento cada vez más fraterno para colaborar en la acción misionera, promovida en toda la archidiócesis. En efecto, siguiendo las orientaciones de la Conferencia episcopal italiana, queréis vivir en estado de misión permanente, como testimonio de la alegría del Evangelio y como invitación explícita, dirigida a todos, a encontrar a Jesucristo. Heme aquí entre vosotros, queridos amigos, para alentaros a caminar en esta dirección.

En particular, quisiera señalaros como ejemplo al apóstol san Pablo, cuyo jubileo especial nos disponemos a celebrar con ocasión del bimilenario de su nacimiento. Convertido a Cristo en el camino de Damasco, se dedicó totalmente a la causa del Evangelio. Por Cristo afrontó pruebas de todo tipo, y permaneció fiel a él hasta sacrificar su vida. Al llegar al final de su peregrinación terrena, escribió así a su fiel discípulo Timoteo: "Yo estoy a punto de ser derramado en libación y el momento de mi partida es inminente. He competido en la noble competición, he llegado a la meta en la carrera, he conservado la fe" (2 Tm 4, 6-7). Cada uno de nosotros, queridos hermanos y hermanas, debería poder decir lo mismo en el último día de su vida. Para que esto suceda —y es lo que el Señor espera de sus amigos—, es preciso que cultivemos el mismo espíritu misionero que animó a san Pablo, con una constante formación espiritual, ascética y pastoral. Sobre todo, es necesario que nos convirtamos en "especialistas" en la escucha de Dios y en ejemplos creíbles de una santidad que se traduzca en fidelidad al Evangelio, sin ceder al espíritu del mundo.

Como escribió el cardenal Giuseppe Siri, pastor celoso de esta archidiócesis durante varios decenios, y ahora enterrado en vuestra catedral, "la vida religiosa gira en torno a Dios y lo dispone todo en torno a Dios; por tanto, es un testimonio de Dios y una llamada de Dios" (Carta a todas las religiosas que oran y trabajan en la diócesis de Génova sobre el congreso del "Culto del Señor", 15 de agosto de 1953).

Vosotros, queridos miembros del cabildo de los canónigos de la catedral, al cuidar las acciones litúrgicas que se realizan aquí, recordáis que nosotros sacamos fuerzas de la oración personal y litúrgica. El cardenal Siri también subrayó que "la acción más venerada y más santa, digna de toda consideración y respeto, de todo honor y distinción que se realiza en una diócesis, es la celebración solemne de la liturgia divina, o sea, lo que hacéis vosotros. (...) Toda la diócesis, y en cierto sentido toda la Iglesia, reza a través de vuestros labios. La deuda de la familia diocesana de los fieles se paga a Dios ante todo con esta oración vuestra" (Hacia el congreso del "Culto del Señor". Carta pastoral a los canónigos, 24 de enero de 1953).

Amadísimos hermanos y hermanas, os agradezco en particular a vosotros, personas consagradas, vuestra presencia. Es una presencia antigua y siempre nueva, a pesar de que ha disminuido en número y fuerzas. Pero tened confianza: nuestros tiempos son diferentes a los de Dios y su Providencia. Es necesario orar y crecer en la santidad personal y comunitaria. El Señor provee. Os ruego que nunca os consideréis como si estuvierais en el "ocaso" de la vida: Cristo es el alba perenne, nuestra luz.

Continuad vuestras obras, pero, sobre todo, vuestra presencia: la disminución de vuestras comunidades os empobrece a vosotros, pero también a Génova. Los pobres, los enfermos, las familias, los niños, nuestras parroquias, todo es un campo valioso de servicio y de don para construir la Iglesia y servir a los hombres.

Os recomiendo sobre todo la educación de los muchachos y los jóvenes. Como sabéis, el desafío educativo es el más urgente, porque sin una auténtica educación del hombre no se va lejos. Y todos vosotros, aunque de diversos modos, tenéis una experiencia educativa histórica. Debemos ayudar a los padres en su extraordinaria y difícil misión educativa; debemos ayudar a las parroquias y a los grupos; debemos continuar, incluso con grandes sacrificios, las escuelas católicas, gran tesoro de la comunidad cristiana y verdadero recurso para el país.

Queridos canónigos y queridos religiosos y religiosas, la larga tradición espiritual de Génova cuenta con seis Papas, de los cuales recuerdo sobre todo a Benedicto XV de venerada memoria, el Papa de la paz. En la encíclica Humani generis redemptionem escribió que "lo que hace a la palabra humana capaz de beneficiar a las almas es la gracia de Dios". No olvidemos nunca que lo que nos une a todos es el hecho de estar llamados a anunciar juntos la alegría de Cristo y la belleza de la Iglesia. Esta alegría y esta belleza, que provienen del Espíritu, son don y signo de la presencia de Dios en nuestra alma.

Para ser testigos y heraldos del mensaje salvífico no podemos contar sólo con nuestras energías humanas. La fidelidad de Dios es la que estimula y conforma nuestra fidelidad a él; por eso, dejémonos guiar por el Espíritu de verdad y de amor. Esta es la invitación que dirijo a cada uno de vosotros, confirmándola con un recuerdo especial en la oración. Os encomiendo a todos a la Virgen de la Guardia, a san Lorenzo, a san Juan Bautista y a vuestros santos protectores. Con estos sentimientos, os bendigo de corazón.

© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana

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