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VIAJE APOSTÓLICO
A FRANCIA CON OCASIÓN DEL 150 ANIVERSARIO
DE LAS APARICIONES DE LOURDES
(12 - 15 DE SEPTIEMBRE DE 2008)

ENCUENTRO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
CON LOS PERIODISTAS DURANTE EL VUELO HACIA PARÍS

Viernes 12 de septiembre de 2008

 

En 1980, Juan Pablo II, durante su primer viaje, preguntó:  "Francia, ¿eres fiel a las promesas de tu bautismo?". Hoy, ¿cuál será su  mensaje  a  los franceses? ¿Piensa que, a causa de la laicidad, Francia está a punto de perder su identidad cristiana?

Hoy me parece evidente que la laicidad, de por sí, no está en contradicción con la fe. Diría incluso que es un fruto de la fe, puesto que la fe cristiana, desde sus comienzos, era una religión universal y, por tanto, no identificable con un Estado; es una religión presente en todos los Estados y diferente de cada Estado. Para los cristianos ha sido siempre claro que la religión y la fe no están en la esfera política, sino en otra esfera de la vida humana... La política, el Estado no es una religión, sino una realidad profana con una misión específica. Las dos realidades deben estar abiertas una a la otra. En este sentido, diría que para los franceses, y no solamente para los franceses, para nosotros los cristianos en este mundo secularizado de hoy, es importante vivir con alegría la libertad de nuestra fe, vivir la belleza de la fe y hacer visible en el mundo de hoy que es hermoso conocer a Dios, al Dios con rostro humano en Jesucristo. Así pues, mostrar la posibilidad de ser creyentes hoy y también la necesidad de que en la sociedad de hoy haya hombres que conozcan a Dios y, por tanto, puedan vivir según los valores que él nos ha dado, contribuyendo a la presencia de los valores que son fundamentales para la construcción y para la supervivencia de nuestros Estados y de nuestras sociedades.

Usted ama y conoce Francia. ¿Qué lo une más particularmente a este país? ¿Cuáles son los autores franceses, laicos o cristianos, que le han impresionado más o los recuerdos más emotivos que conserva de Francia?

No me atrevo a decir que conozco bien Francia. La conozco un poco, pero amo a Francia, la gran cultura francesa, sobre todo, naturalmente, las grandes catedrales, y también el gran arte francés, la gran teología que comienza con san Ireneo de Lyon hasta el siglo XIII; yo estudié la Universidad de París del siglo XIII:  san Buenaventura, santo Tomás de Aquino. Esta teología fue decisiva para el desarrollo de la teología en Occidente. Y, naturalmente, la teología del siglo en que se desarrolló el concilio Vaticano II. Tuve el gran honor y la alegría de ser amigo del padre De Lubac, una de las figuras principales del siglo pasado, pero también tuve buenos contactos de trabajo con el padre Congar, con Jean Daniélou y otros.

Mantuve relaciones personales muy buenas con Étienne Gilson y Henri-Irénée Maroux. Por tanto, tuve realmente un contacto muy profundo, muy personal y enriquecedor con la gran cultura teológica y filosófica de Francia. Esto fue realmente decisivo para el desarrollo de mi pensamiento. Pero también el redescubrimiento del canto gregoriano original con Solesmes, la gran cultura monástica y, naturalmente, la gran poesía. Siendo un hombre del barroco, me gusta mucho Paul Claudel, con su alegría de vivir, y también Bernanos y los grandes poetas de Francia del siglo pasado. Por consiguiente, es una cultura que realmente determinó mi desarrollo personal, teológico, filosófico y humano.

¿Qué dice a los que, en Francia, temen que el motu proprio "Summorum pontificum" sea una involución con respecto a las grandes intuiciones del concilio Vaticano II? ¿Cómo puede tranquilizarlos?

Es un temor infundado, puesto que este motu proprio es simplemente un acto de tolerancia, con una finalidad pastoral, para personas que se han formado en esa liturgia, que les gusta, la conocen y quieren vivir con esa liturgia. Es un grupo pequeño, pues supone una formación en la lengua latina, una formación en una cierta cultura. Pero tener por estas personas el amor y la tolerancia que les permita vivir con esa liturgia me parece una exigencia normal de la fe y de la pastoral de un obispo de nuestra Iglesia. No hay ninguna oposición entre la liturgia renovada por el concilio Vaticano II y esa liturgia.

Cada día (del Concilio, n.d.r.) los padres conciliares celebraban la misa según el rito antiguo y, al mismo tiempo, concebían un desarrollo natural para la liturgia durante todo este siglo, dado que la liturgia es una realidad viva que se desarrolla y, en su desarrollo, conserva su identidad. Así pues, ciertamente hay aspectos diferentes, pero, sin embargo, existe una identidad fundamental que excluye una contradicción, una oposición entre la liturgia renovada y la liturgia precedente. En cualquier caso, creo que existe una posibilidad de enriquecimiento en ambas partes. Por un lado, los amigos de la liturgia antigua pueden y deben conocer los nuevos santos, los nuevos prefacios de la liturgia, etc.; por otro, la nueva liturgia subraya más la participación común, pero no es simplemente una asamblea de una cierta comunidad, sino siempre un acto de la Iglesia universal, en comunión con todos los creyentes de todos los tiempos, y un acto de adoración. En este sentido, me parece que hay un enriquecimiento recíproco, y está claro que la liturgia renovada es la liturgia ordinaria de nuestro tiempo.

¿Con qué espíritu comienza su peregrinación a Lourdes? ¿Ya ha estado en Lourdes?

Estuve en Lourdes para el Congreso eucarístico internacional, en 1981, después del atentado contra el Santo Padre (Juan Pablo II, n.d.r.). Y el cardenal Gantin era el delegado del Santo Padre. Para mí es un recuerdo muy hermoso.

El día de la fiesta de santa Bernardita es también el día de mi nacimiento. Por eso me siento muy cercano a esta pequeña santa, a esta muchacha pura, humilde, con la que habló la Virgen.

Encontrar esta realidad, esta presencia de la Virgen en nuestro tiempo, ver las huellas de esta muchacha que fue amiga de la Virgen y, por otra parte, encontrarme con la Virgen, su Madre, es para mí un acontecimiento muy importante. Naturalmente, no voy para encontrar milagros. Voy a Lourdes para encontrar el amor de nuestra Madre, que es la verdadera curación de todas las enfermedades, de todos los dolores. Voy para ser solidario con todos los que sufren; voy en el signo del amor a nuestra Madre. Esto me parece un signo muy importante para nuestra época.

 

© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana

 

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