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PEREGRINACIÓN
DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
A TIERRA SANTA
(8-15 DE MAYO DE 2009)

VISITA A LA ANTIGUA BASÍLICA DEL MEMORIAL DE MOISÉS

DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Monte Nebo
Sábado 9 de mayo de 2009

 

Padre ministro general;
padre custodio; queridos amigos:

En este santo lugar, consagrado por la memoria de Moisés, os saludo a todos con afecto en nuestro Señor Jesucristo. Agradezco al padre José Rodríguez Carballo sus cordiales palabras de bienvenida. Asimismo, aprovecho la ocasión para renovar mi gratitud, y la de toda la Iglesia, a los Frailes Menores de la Custodia por su presencia secular en estas tierras, por su gozosa fidelidad al carisma de san Francisco, así como por su generosa solicitud por el bienestar espiritual y material de las comunidades cristianas locales y de los innumerables peregrinos que visitan cada año Tierra Santa.

Aquí deseo recordar también, con particular gratitud, al padre Michele Piccirillo, que en paz descanse, el cual dedicó su vida al estudio de las antigüedades cristianas y se encuentra sepultado en este santuario, que amó tan intensamente.

Es apropiado que mi peregrinación comience en este monte, donde Moisés contempló desde lejos la Tierra prometida. El magnífico escenario que se abre desde la explanada de este santuario nos invita a considerar cómo la visión profética abarcaba misteriosamente el gran plan de la salvación que Dios había preparado para su pueblo. Por eso, en el valle del Jordán, que se extiende bajo nosotros, en la plenitud de los tiempos Juan Bautista vino a preparar el camino del Señor. En las aguas del río Jordán Jesús, después de ser bautizado por Juan, fue revelado como Hijo predilecto del Padre y, ungido por el Espíritu Santo, inauguró su ministerio público. También desde el Jordán se difundió el Evangelio, primero mediante la predicación y los milagros de Cristo, y luego, después de su resurrección y de la venida del Espíritu en Pentecostés, fue llevado por sus discípulos hasta los confines de la tierra.

Aquí, en las alturas del monte Nebo, la memoria de Moisés nos invita a "elevar los ojos" para abrazar con gratitud no sólo las grandes hazañas realizadas por Dios en el pasado, sino también para mirar con fe y esperanza al futuro que él nos tiene reservado a nosotros y al mundo entero. Como Moisés, también nosotros hemos sido llamados por nuestro nombre, invitados a emprender un éxodo diario desde el pecado y la esclavitud hacia la vida y la libertad, y se nos da una promesa inquebrantable para orientar nuestro camino.

En las aguas del Bautismo hemos pasado de la esclavitud del pecado a una nueva vida y a una nueva esperanza. En la comunión de la Iglesia, Cuerpo de Cristo, gozamos anticipadamente de la visión de la ciudad celestial, la nueva Jerusalén, en la que Dios será todo en todos. Desde este santo monte Moisés orienta nuestra mirada hacia lo alto, hacia el cumplimiento de todas las promesas de Dios en Cristo.

Moisés contempló desde lejos la Tierra prometida, al final de su peregrinación terrena. Su ejemplo nos recuerda que también nosotros formamos parte de la peregrinación sin tiempo del pueblo de Dios a lo largo de la historia. Siguiendo las huellas de los profetas, de los Apóstoles y de los santos, estamos llamados a caminar con el Señor, a proseguir su misión, a dar testimonio del Evangelio del amor y de la misericordia universales de Dios.

Estamos llamados a acoger la venida del reino de Cristo mediante nuestra caridad, nuestro servicio a los pobres y nuestros esfuerzos por ser levadura de reconciliación, de perdón y de paz en el mundo que nos rodea. Sabemos que, como Moisés, en el arco de nuestra vida no veremos el pleno cumplimiento del plan de Dios; y, sin embargo, confiamos en que, haciendo lo poco que está de nuestra parte, con la fidelidad a la vocación que cada uno ha recibido, contribuiremos a preparar los caminos del Señor y acoger el alba de su Reino. Sabemos que el Dios que reveló su nombre a Moisés como prenda de que estaría siempre con nosotros (cf.Ex 3, 14) nos dará la fuerza para perseverar en gozosa esperanza incluso entre sufrimientos, pruebas y tribulaciones.

Ya desde los primeros tiempos, los cristianos han venido en peregrinación a los lugares vinculados a la historia del pueblo elegido, a los acontecimientos de la vida de Cristo y de la Iglesia naciente. Esta gran tradición, que mi peregrinación quiere continuar y confirmar, se basa en el deseo de ver, tocar y gustar en oración y en contemplación los lugares bendecidos por la presencia física de nuestro Salvador, de su Madre bendita, de los Apóstoles y de los primeros discípulos, que lo vieron resucitado de entre los muertos.

Aquí, siguiendo las huellas de los innumerables peregrinos que nos han precedido a lo largo de los siglos, nos sentimos impulsados a apreciar más plenamente el don de nuestra fe y a crecer en la comunión que trasciende todo límite de lengua, raza y cultura.

La antigua tradición de la peregrinación a los santos lugares nos recuerda, además, el vínculo inseparable que une a la Iglesia con el pueblo judío. Ya desde los inicios, la Iglesia en estas tierras ha conmemorado en su liturgia las grandes figuras de los patriarcas y los profetas, como signo de su profundo aprecio por la unidad de los dos Testamentos. Ojalá que nuestro encuentro de hoy inspire en nosotros un renovado amor al canon de la Sagrada Escritura y el deseo de superar cualquier obstáculo que se interponga a la reconciliación entre cristianos y judíos, en el respeto recíproco y en la cooperación al servicio de la paz a la que nos llama la Palabra de Dios.

Queridos amigos, reunidos en este santo lugar, elevemos los ojos y el corazón al Padre. Mientras nos disponemos a rezar la oración que Jesús nos enseñó, invoquémoslo para que apresure la llegada de su reino, de forma que podamos ver el cumplimiento de su plan de salvación y experimentar, con san Francisco y todos los peregrinos que nos han precedido en el signo de la fe, el don de la paz inefable —pax et bonum— que nos espera en la Jerusalén celestial.

 

© Copyright 2009 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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