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DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
A LA COMUNIDAD DEL VENERABLE COLEGIO INGLÉS DE ROMA


Sala Clementina
Lunes 3 de diciembre de 2012

 

Eminencia,
queridos hermanos obispos,
 monseñor Hudson,
alumnos y personal del Venerable Colegio Inglés:

Es para mí un gran placer acogeros hoy en el palacio apostólico, en la casa de Pedro. Saludo a mi venerable hermano, cardenal Cormac Murphy-O’Connor, antiguo rector del Colegio, y agradezco al arzobispo Vincent Nichols sus cordiales palabras pronunciadas en nombre de todos los presentes. También yo miro con gran acción de gracias en el corazón hacia las jornadas que pasé en vuestro país en septiembre de 2010. En efecto, me dio alegría encontrar a algunos de vosotros en el «Oscott College» en aquella ocasión, y rezo para que el Señor siga suscitando muchas vocaciones santas al sacerdocio y a la vida religiosa en vuestra patria.

Por gracia de Dios, la comunidad católica en Inglaterra y en Gales ha sido bendecida con una larga tradición de celo por la fe y de lealtad a la Sede apostólica. Más o menos en el mismo tiempo en que vuestros antepasados sajones construían la Schola Saxonum, estableciendo una presencia en Roma cerca de la tumba de Pedro, san Bonifacio estaba comprometido en evangelizar a los pueblos de Alemania. Por tanto, habiendo sido sacerdote y arzobispo de la sede de Múnich y Freising, que debe su fundación a este gran misionero inglés, soy consciente de que mi ascendencia espiritual está vinculada a la vuestra. Aun antes naturalmente, mi predecesor el Papa Gregorio Magno había sido impulsado a enviar a Agustín de Canterbury a vuestras costas para plantar la semilla de la fe cristiana en suelo anglosajón. Los frutos de aquel compromiso misionero son muy evidentes en los seiscientos cincuenta años de historia de fe y de martirio que caracteriza al Hospicio de los Ingleses de Santo Tomás Becket y del Venerable Colegio Inglés, que surgió de él.

Potius hodie quam cras, como dijo san Ralph Sherwin cuando le pidieron que emitiera una promesa misionera, «mejor hoy que mañana». Estas palabras transmiten bien su ardiente deseo de mantener viva la llama de la fe en Inglaterra, a cualquier precio personal. Aquellos que en verdad han encontrado a Cristo son incapaces de callar sobre Él. Como dijo san Pedro mismo a los ancianos y a los escribas de Jerusalén: «Nosotros no podemos callar lo que hemos visto y oído» (Hch 4, 20). San Bonifacio, san Agustín de Canterbury, san Francisco Javier, cuya memoria celebramos hoy, y muchos otros santos misioneros, nos muestran cómo el amor profundo por el Señor suscita el deseo intenso de hacer que otros le conozcan. También vosotros, mientras seguís las huellas de los mártires del Colegio, sois hombres que Dios ha elegido para difundir hoy el mensaje del Evangelio, en Inglaterra y en Gales, en Canadá, en Escandinavia. Vuestros predecesores afrontaron la posibilidad concreta del martirio, y es bueno y justo que veneréis la gloriosa memoria de aquellos cuarenta y cuatro exalumnos del Colegio que derramaron su sangre por Cristo. Estáis llamados a imitar su amor por el Señor y dar a conocer su celo, potius hodie quam cras. Las consecuencias, los frutos, los podéis poner con confianza en las manos de Dios.

Vuestra primera tarea, pues, es conocer vosotros mismos a Cristo, y el tiempo que pasáis en el seminario os ofrece una oportunidad privilegiada para hacerlo. Aprended a rezar cada día, especialmente en presencia del Santísimo Sacramento, escuchando atentamente la Palabra de Dios y permitiendo al corazón hablar al corazón, como diría el beato John Henry Newman. Recordad a los dos discípulos del primer capítulo del Evangelio de Juan, que seguían a Cristo y querían saber dónde vivía, y, como ellos, responded con ardor a su invitación: «Venid y veréis» (cf. Jn 1, 37-39). Permitid a la fascinación de su persona capturar vuestra imaginación y caldear vuestro corazón. Os ha elegido para que seáis sus amigos y no sus siervos, y os invita a participar en su obra sacerdotal de realizar la salvación del mundo. Poneos totalmente a su disposición y permitidle que os forme para cualquier tarea que pueda tener en mente para vosotros.

Habéis oído hablar mucho de la nueva evangelización, la proclamación de Cristo en aquella parte del mundo donde el Evangelio ya ha sido predicado, pero donde, en mayor o menor medida, la brasa de la fe se ha enfriado y ahora tiene necesidad de ser alimentada nuevamente para transformarse en llama. El lema de vuestro Colegio habla del deseo de Cristo de traer fuego a la tierra, y vuestra misión es la de servir como sus instrumentos para reavivar la fe en vuestros respectivos países. En la Sagrada Escritura, el fuego sirve a menudo para indicar la presencia divina, ya sea la zarza ardiente desde la cual Dios reveló su nombre a Moisés, ya sea la columna de fuego que guió al pueblo de Israel en su camino de la esclavitud a la libertad, o las lenguas de fuego posadas sobre los Apóstoles en Pentecostés, permitiéndoles ir, con la fuerza del Espíritu, a proclamar el Evangelio hasta los confines de la tierra. Precisamente como un pequeño fuego puede incendiar un gran bosque (cf. St 3, 5), de igual modo el testimonio fiel de pocos puede liberar la potencia purificadora y transformadora del amor de Dios para que se difunda en una comunidad o en una nación. Como los mártires de Inglaterra y de Gales, por tanto, permitid a vuestros corazones arder de amor por Cristo, por la Iglesia y por la misa.

Durante mi visita al Reino Unido constaté directamente que entre las personas hay una gran hambre espiritual. Llevadles el alimento auténtico que viene de conocer, amar y servir a Cristo. Decidles la verdad del Evangelio con amor. Ofrecedles el agua viva de la fe cristiana y encaminadlas hacia el pan de vida, para que su hambre y su sed se sacien. Pero sobre todo permitid a la luz de Cristo resplandecer a través de vosotros, viviendo una vida de santidad, siguiendo las huellas de los numerosos y grandes santos de Inglaterra y Gales, los hombres y las mujeres santos que dieron testimonio del amor de Dios también a costa de su vida. El Colegio, del que formáis parte, el ambiente en que vivís y estudiáis, la tradición de fe y el testimonio cristiano que os ha formado: todas estas cosas son santificadas por la presencia de muchos santos. ¡Que vuestra aspiración sea la de ser incluidos entre ellos!

Os aseguro mi afectuoso recuerdo en las oraciones por vosotros y por todos los exalumnos del Venerable Colegio Inglés. Hago mío el saludo tan a menudo oído de los labios de un gran amigo y vecino del Colegio, san Felipe Neri, Salvete, flores martyrum! Encomendándoos a vosotros, y a todos aquellos a quienes el Señor os manda, a la intercesión amorosa de Nuestra Señora de Walsingham, imparto con gusto mi bendición apostólica, como prenda de paz y de alegría en el Señor Jesucristo. Gracias.

 

 

© Copyright 2012 - Libreria Editrice Vaticana

  

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