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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Domingo 20 de enero de 1980

 

"Venga tu Reino"

1. El viernes pasado comenzó la semana anual de oración por la unidad de los cristianos. Quisiera hoy exhortaros también a vosotros, y a todos a quienes llega mi palabra, a unirse a este coro de tantas voces voces de católicos, de ortodoxos, de protestantes― que se elevan unánimemente a nuestro Padre que está en los cielos, en una oración concorde y ferviente.

La oración por la unidad de los cristianos está registrando, efectivamente, una difusión creciente en todo el mundo, sobre todo en esta semana, y también durante la semana de Pentecostés, como sucede en algunos países del hemisferio sur.

Gracias a Dios hay cada vez más conciencia de que la unidad de los cristianos es aún más urgente en nuestro tiempo, para que la Iglesia pueda desarrollar con mayor eficacia su misión y dar su testimonio de plena fidelidad al Señor y de proclamación del Evangelio. La división ―nos ha advertido el Decreto conciliar sobre el ecumenismo― "contradice abiertamente la voluntad de Cristo, es un escándalo para el mundo, daña la causa santísima de la predicación del Evangelio a toda criatura" (Unitatis redintegratio, I).

También yo oro cada día por la unidad. Y en el pasado año he tenido muchas ocasiones de orar fraternalmente junto con representantes de otras Iglesias y comunidades eclesiales. ¿Cómo no recordar la oración que tuve la alegría de elevar al Señor en unión con el Patriarca Ecuménico Dimitrios I, en Constantinopla, el día de San Andrés, hermano de Pedro? ¿O cómo olvidar la oración con los representantes de otras Iglesias durante mi viaje a Irlanda y a los Estados Unidos de América?

Pero también aquí, en Roma, en circunstancias particulares ―como la fiesta de San Pedro y San Pablo― y en mis audiencias semanales, frecuentemente se unen a la reflexión común y a la oración miembros de otras Iglesias, a quienes veo siempre con gran afecto y gratitud. El encuentro en la oración es el encuentro más auténtico. Es el encuentro ante el Señor. Es el encuentro en el Señor, que nos ha llamado a todos a entrar en su Reino.

2. "Venga tu reino". Es el tema sobre el que los cristianos de todo el mundo reflexionan y oran este año por la unidad plena.

La unidad de todos nosotros que hemos acogido a Cristo como Señor, y que por el bautismo hemos sido incorporados a Él, hemos sido revestidos de Él, está en la línea de la realización de las exigencias del Reino de Dios.

A la restauración de la unidad deben tender, pues, y colaborar todos los cristianos que quieren ser coherentes con la propia vocación y la propia misión. A este fin la búsqueda de la unidad "debe, en cierto sentido, convertirse en un componente integral de los programas pastorales" de la Iglesia católica y de las otras Iglesias cristianas (Alocución en la audiencia general del 5 de diciembre de 1979; L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 9 de diciembre de 1979, pág. 3).

3. La oración, que en todo el mundo se eleva a Dios durante esta semana por la unidad de los cristianos afianzará ciertamente el compromiso de todos, según la propia función y los dones recibidos, para dar la propia aportación a esta búsqueda, avivará el corazón y la esperanza para proseguir con alegría y confianza en los caminos del Señor, que nos llevan ciertamente a la plena unidad y a su Reino.

Por esto también nosotros, aquí, ahora, rezamos a la Theotokos, a la Madre de Dios que nos ha traído a Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, el Príncipe de la paz, el que realiza en nosotros, con su Espíritu, el Reino de Dios.


Después del Ángelus

Dirijo ahora mi saludo cordial a los numerosos grupos de muchachos y niños de Acción Católica de la diócesis de Roma, quienes, entre las varias manifestaciones espirituales, culturales y deportivas a que se dedican en sus respectivas parroquias, han querido organizar en común la "caravana de la paz"; así demuestran haber acogido con entusiasmo la indicación: "la verdad, fuerza de la paz", que he propuesto en el Mensaje para la "Jornada mundial de la Paz"; y dan fe públicamente de haber comprendido la exigencia de solidaridad fraterna con los menos favorecidos por la vida.

Al agradeceros vuestra presencia, queridísimos hijos, deseo estimularos a inspirar siempre vuestros pensamientos y vuestras acciones en Dios, Verdad y Amor infinito, para contribuir a la edificación de una sociedad más justa y serena. En la convivencia humana, hoy desgraciadamente tan tensa, sabed vencer las tentaciones del egoísmo y de la indiferencia para dar testimonio en todas partes de la caridad de Cristo.

Invoco la asistencia divina sobre vuestros propósitos generosos, y os bendigo de corazón, extendiendo la bendición apostólica a todos vuestros seres queridos.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana 

 

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