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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Domingo 30 de noviembre de 1980

 

1. "Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre, y le descubre la sublimidad de su vocación" (Gaudium et spes, 22).

Hoy, primer domingo de Adviento, quiero recordar estas palabras de la Constitución pastoral Gaudium et spes. Efectivamente, con el Adviento comienza, por así decir, siempre de nuevo ese cortejo de los corazones humanos hacia Cristo, que les revela el misterio del Padre y de su amor. Y por esto, he deseado mucho que con el primer domingo de Adviento coincidiese el anuncio de la Encíclica "Dives in misericordia", cuya principal finalidad es recordar el Amor del Padre, revelado en toda la misión mesiánica de Cristo, comenzando desde su venida al mundo hasta el misterio pascual de su cruz y de la resurrección.

Esta Encíclica, que lleva la fecha de hoy, aun cuando será publicada dentro de algunos días, tiene como tema la misericordia de Dios. La Iglesia y el mundo tienen necesidad de la misericordia, la cual expresa el amor más fuerte que el pecado y que todo mal en que está envuelto el hombre y su existencia terrena.

2. También hoy nuestros pensamientos y nuestros corazones se dirigen hacia las regiones de Italia, que han sido azotadas por la catástrofe del terremoto. Lo exige la dimensión de la desgracia, que se ha abatido sobre muchísimos hermanos y hermanas nuestros, quitando la vida a algunos millares de personas y llevando el luto a tantas familias. Numerosos heridos se encuentran en los hospitales. Son adultos, jóvenes, niños. Millares de familias han perdido la casa y necesitan ser protegidas, mucho más en la presente estación.

Resultaría difícil no advertir, con verdadera edificación, en medio de todos estos sufrimientos, los múltiples esfuerzos que provienen de la solidaridad humana y del amor cristiano al prójimo, para salir al encuentro de las necesidades de nuestros hermanos y hermanas tan probados. A este propósito deseo manifestar particular aprecio a aquellas familias italianas y a las instituciones religiosas que, con caridad cristiana y laudable generosidad, han abierto las puertas de sus casas para acoger a algunos de los hermanos azotados por el terremoto, ofreciéndoles temporalmente un amparo.

El Señor bendiga a cuantos dan o darán hospitalidad -en la medida de las propias posibilidades- en la intimidad de su hogar a las personas probadas por el sismo, especialmente a quienes, por su edad o por sus condiciones de salud, sufren más.

Al encomendar a Dios, en este momento tan difícil de sus vidas, a todos los hermanos y hermanas de las zonas devastadas por el terremoto, pidamos que la generosidad de los corazones y la solidaridad de toda la sociedad puedan corresponder plenamente a las exigencias del momento.

3. Quisiera dirigir hoy un recuerdo particular a los hermanos y hermanas de la Iglesia católica que viven en la Federación de Malasia, en la República de Singapur y en la Sultanía de Borneo, florecientes países del Sudeste Asiático. Hace algún tiempo, los obispos de esas regiones realizaron la visita "ad Limina Apostolorum".

Fue para mí una particular alegría poderme encontrar con esos celosos Pastores. La comunidad católica cuenta con siete circunscripciones eclesiásticas y cerca de 450.000 fieles, llamados a dar testimonio del Evangelio en un ambiente caracterizado por multiplicidad de razas, culturas y credos religiosos. Esos católicos representan una energía joven y dinámica, que da una aportación nada indiferente al bien de los propios países, incluso en el campo educativo y asistencial.

Es cierto que no faltan algunas dificultades debidas a veces a incomprensiones y defecto de tolerancia religiosa. Pero estoy seguro de que esas Iglesias sabrán estar a la altura de su vocación en la profesión de su fe y en el compromiso de solidaridad humana dentro del ámbito de las propias comunidades locales.

Formulo también el deseo de que las vocaciones sacerdotales y religiosas puedan crecer y confío estos deseos a la intercesión de la Virgen, Reina de las misiones.

¡Alabado sea Jesucristo!


Después del Ángelus

Tengo la satisfacción de presentar ahora un afectuoso saludo a los jóvenes de cinco ayuntamientos de la provincia de Belluno, que tanto me recuerda a mi venerado predecesor Juan Pablo I, los cuales, acompañados por el alcalde de Sédico, están presentes en la plaza de San Pedro con sus instrumentos musicales. Queridísimos hijos, al daros las gracias por vuestro homenaje, os exhorto a hacer cada vez más operante vuestro buen ejemplo fundado en la fe cristiana. Con mi bendición apostólica.

No podemos olvidar que hoy, primer domingo de Adviento, coincide con la fiesta de San Andrés. Ya sabemos que San Andrés era hermano del Apóstol Pedro; y por ello, estando yo en el lugar de Pedro aquí en Roma, quiero saludar sobre todo a la Iglesia hermana que celebra hoy el día de San Andrés: la Iglesia de Constantinopla, de la que l hace un año fui huésped precisamente en esta fiesta de San Andrés.

Como de costumbre, también este año una Delegación de la Santa Sede, presidida por el cardenal Willebrands, toma parte en la fiesta de la Iglesia constantinopolitana.

Además, quisiera aprovechar esta circunstancia para felicitar muy cordialmente a cuantos llevan el nombre de este Santo, el nombre de Andrés. Y expreso también votos cordiales a todos los que están presentes hoy en la plaza de San Pedro, a cuantos han participado de nuestra oración común del "Angelus Domini".

¡Alabado sea Jesucristo!

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana 

 

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