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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Domingo 25 de enero de 1981

 

1. "El Ángel del Señor anunció a María, y concibió por obra del Espíritu Santo".

Cuando hoy, al final del octavario de oraciones por la unidad de los cristianos, recordamos este misterio, nuestros pensamientos y nuestros corazones se dirigen, a través de María, al Espíritu Santo, por obra del cual el Hijo de Dios se hizo hombre.

Por obra del Espíritu Santo fue concebida la Iglesia en el Cenáculo el día de Pentecostés, la Iglesia, a la que el Apóstol Pablo llama Cuerpo de Cristo. "El Espíritu habita en la Iglesia... Él guía a la Iglesia a toda la verdad (cf. Jn 16, 13), la unifica en la comunión y en el ministerio...", como leemos en la Constitución Dogmática Lumen gentium (núm. 4).

Por esto nos hemos dirigido y continuaremos dirigiéndonos al Espíritu Santo en nuestras oraciones y en nuestros esfuerzos, que tienen como meta la unidad de los cristianos. "Hay diversidad de dones, pero uno mismo es el Espíritu... Un solo cuerpo" (cf. 1 Cor 12, 3-13). Así dice el tema del octavario de oraciones de este año, que terminamos hoy, 25 de enero, día en que la Iglesia conmemora también la Conversión de San Pablo. Precisamente son sus palabras las que hemos elegido como hilo conductor del octavario, para darnos cuenta todavía más profundamente de que la unidad del Cuerpo de Cristo se realiza por medio del Espíritu Santo, y que todos los múltiples dones que hay en nosotros deben servir a esa unidad.

Deseamos llevar con nosotros esta idea-guía durante todo el año actual, en el que se cumple el 1600 aniversario del I Concilio Constantinopolitano. Cada vez que, según la enseñanza de este Concilio, confesamos creer "en el Espíritu Santo, Señor y Dador de vida..., que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas...", al mismo tiempo, lo invocamos para que realice y lleve a cumplimiento definitivo la obra de la unidad, que sólo Él puede llevar a cabo. Efectivamente, sólo por Él, por su medio, pueden ser superados en nosotros y entre nosotros esos obstáculos que hacen difícil el camino de la unión: sólo por Él, por obra suya, pueden ser coronados con el éxito todos nuestros esfuerzos, que tienen como meta la unidad de la Iglesia. Esta unidad no puede ser, en definitiva, más que un don. Nosotros repetimos frecuentemente: ¡La comunión del Espíritu Santo...! Y precisamente hoy, al final del octavario, deseo dirigir una vez más a los que en todo el mundo participan en él, las palabras: "La comunión del Espíritu Santo esté con todos vosotros" (cf. 2 Cor 13, 13).

Y que estas palabras se deduzcan una vez más del misterio que hemos venido a meditar aquí juntos:

"El Ángel del Señor anunció a María, y concibió por obra del Espíritu Santo".

2. Ahora quisiera invitaros a dirigir el pensamiento y la mirada hacia Birmania, una nación y una Iglesia que forman parte del área geográfica asiática, adonde iré durante mi próximo viaje pastoral, aun cuando no está prevista una visita a esa nación.

Hace algún tiempo, tuve la alegría de recibir a cuatro obispos, que venían también en nombre de todo el Episcopado de ese noble país, para realizar la visita "ad Limina".

En un ambiente predominantemente budista, la fervorosa comunidad católica de Birmania cuenta 9 circunscripciones eclesiásticas y casi 375 mil fieles. Aun a veces entre algunas dificultades, prevalecen los motivos de esperanza y consuelo, y hacen esperar bastante para el futuro: la práctica religiosa es ferviente, el laicado trabaja con entusiasmo en la obra de evangelización, van en aumento las vocaciones al sacerdocio, las instituciones de la Iglesia dan una aportación eficaz a la promoción humana y social del país.

Os invito ahora a confiar a la materna intercesión de la Virgen Santa, Reina de las misiones, todas las intenciones que preocupan particularmente a la Iglesia y a los católicos de Birmania.


Después del Ángelus

Participo vivamente en la indecible angustia de los padres y familiares del joven Francesco Coppola, de Pinelamare, secuestrado en Nápoles hace 9 meses, y renuevo, con voz suplicante, mi apremiante llamada a los secuestradores, a fin de que dejen prevalecer en sus almas sentimientos de piedad, de humanidad, de comprensión. En nombre de Dios les pido que quieran poner fin a este tormento y remediar el mal realizado, devolviendo la paz a una familia.

En unión con vosotros, aquí presentes, elevo mi ferviente oración a la Virgen Santa de Pompeya, Reina de las Victorias, a fin de que obtenga la suspirada gracia de la libertad para el oprimido joven, y el don de la serenidad a sus seres queridos, desgarrados por una prueba tan prolongada.

(A un grupo de estudiantes de Chile)

Saludo ahora al grupo de estudiantes de la Pontificia Universidad Católica de Chile, aquí presente.

Os deseo que la permanencia en Roma sirva para consolidar los fundamentos de vuestra fe cristiana, que oriente siempre vuestra visión del hombre y del mundo. Pido a Dios que os ayude en este camino y os imparto una especial bendición.

(Sobre la Jornada mundial de los Leprosos)

Como sabéis, se celebra hoy la Jornada mundial en favor de los leprosos. La diócesis de Roma, como preparación a este acontecimiento, ha dado a conocer el plan de trabajo que intenta realizar para salir al encuentro de las necesidades morales y materiales de casi 10.000 leprosos, internados en los dispensarios de Etiopía.

Sé que, en los años pasados, los romanos han sido muy sensibles y han realizado gestos humanitarios laudables; pero, este año, en el que la atención de todos se dirige a los minusválidos, hay un motivo más para expresar con generosidad mayor la solidaridad humana y cristiana hacia estos pobres hermanos nuestros. A ejemplo de Jesús, que jamás cesó de mostrar su benevolencia y su ayuda a los leprosos que encontraba en su ministerio público, sea también nuestra caridad pródiga en contribuir, como sea posible, para aliviar situaciones dolorosas de cuantos sufren esta enfermedad.

Bendigo de corazón a todos los que se comprometerán en esta noble causa.

 

© Copyright 1981 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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