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JUAN PABLO II

ÁNGELUS

Domingo 17 de julio de 1983


1. "Haced lo que Él os diga" (Jn 2, 5). Con estas palabras la Madre de Jesús, que asistía a las bodas celebradas un día en Caná de Galilea (cf. Jn 2, 1-12), sugería a los servidores del banquete que hiciesen cuanto Jesús les mandaba.

La espiritualidad del Antiguo Testamento puede ofrecernos una pista para precisar el origen remoto de esta exhortación de María.

En efecto, en el Monte Sinaí, el Señor por medio de Moisés invitó al pueblo de Israel a entrar en su Alianza (cf. Ex 18, 3-7). Respondiendo al ofrecimiento divino, todo el pueblo exclamó con una sola voz: "Nosotros haremos todo cuanto ha dicho Yavé" (Ex 19, 8; cf. 24, 3. 7).

Puede afirmarse que todas las generaciones del pueblo elegido han hecho memoria de esa inmediata declaración de obediencia, pronunciada en "el día de la asamblea" (Dt 4, 10), al pie del Sinaí. Pensando nuevamente en ella, Israel se complacía en redescubrir la frescura del primer amor (cf. Jer 2, 2; Os 2, 17 b). De hecho, el contenido de esta misma frase era repetido puntualmente cada vez que el pueblo, guiado por sus jefes, renovaba los compromisos de la Alianza sinaítica, a lo largo de la historia del Antiguo Testamento (cf. Jos 24, 24; Esd 10, 12; Neh 5, 12...).

2. Ahora bien ―comentaba mi venerado predecesor Pablo VI en su Exhortación Apostólica Marialis cultus (2 febrero 1974: AAS 66, 1974, págs. 166-167, n. 57)―, las palabras que la Virgen dirigió a los servidores de las bodas de Caná "...se limitan en apariencia al deseo de poner remedio a la incómoda situación de un banquete, pero en la perspectiva del cuarto Evangelio son una voz que parece como una resonancia de la fórmula usada por el pueblo de Israel para ratificar la Alianza del Sinaí (cf. Ex 19, 8; 24, 3. 7; Dt 5, 27), o para renovar los compromisos (cf. Jos 24, 24; Esd 10, 12; Neh 5, 12), y son una voz que concuerda con la del Padre en la teofanía del Tabor: "Escuchadle" (Mt 17, 5).

Hoy, los servidores de las bodas somos nosotros, queridos hermanos y hermanas. La Virgen no cesa de repetirnos a cada uno de nosotros, sus hijos e hijas, lo que dijo en Caná. Esa consigna podría llamarse su testamento espiritual. Es, en efecto, la última palabra que de Ella, Madre Santa, nos han transmitido los Evangelios. ¡Recojámosla y conservémosla en el corazón!


Después del Ángelus

Con particular afecto saludo ahora a los numerosos grupos, familias y personas de lengua española que han venido para unirse a esta cita de oración. ¡Gracias por vuestra presencia!

Como recuerdo de esta visita, os aliento a ser fieles al Señor. Que la devoción a la Madre de Jesús y nuestra aumente vuestra solidez en el camino de la vida cristiana.

A vosotros y a vuestros hogares imparto mi cordial Bendición.

© Copyright 1983 - Libreria Editrice Vaticana

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